25.2.2026.- Pacho G. Castilla le ha entrevistado para lavanguardia.com: El veterano periodista regresa a la televisión pública presentando el programa divulgativo ‘La gran aventura de la lengua española’ y la docuserie ‘El exilio’
Para Gabilondo, mantener “un estado de curiosidad, de expectación vital, aunque estés cansado” es imprescindible, y sostiene que “la vida hay que vivirla en tres dimensiones: recordar, vivir el presente y soñar”-
“Iñaki, siempre que habla, dice algo”. La frase la pronunció Ángel Gabilondo —actual Defensor del Pueblo—, sobre su hermano, en Primicia, programa dedicado a entrevistar a los periodistas más relevantes de España en La 2, de TVE. En la misma televisión pública a la que ahora el popular periodista regresa, 31 años después, con dos proyectos: La gran aventura de la lengua española, un programa a modo de “recorrido divulgativo”, y la docuserie El exilio. Y lo hace con “un papel secundario”, como “simple” presentador de ambos.
Una posición poco habitual para alguien acostumbrado a ocupar el centro del relato. Porque Iñaki no solo ha sido una de las figuras más respetadas del periodismo español, sino que también ha ejercido como el privilegiado narrador del último medio siglo de nuestra historia: durante casi 20 años, fue la inconfundible voz del Hoy por hoy (Cadena SER), programa referencia de la radio española. Y, sobre todo, sigue conservando la posición de un profesional cuya opinión siempre se tiene en cuenta.
Sí, siempre que Iñaki Gabilondo (Donostia, 1942) habla, dice algo, y algo que nunca deja indiferente. Lo hace, eso sí, tras meditar cada una de sus palabras, y siendo plenamente consciente de que “a una persona normal le caben casi todas las dudas”. Por algo ha elegido, para su perfil de WhatsApp, una foto donde aparece con un signo de interrogación en la cabeza. “Se parece mucho a como me veo”, reconoce.
Iñaki, ¿por qué los mayores solemos empeñarnos en dar siempre consejos a los más jóvenes?
Se dice que los viejos damos buenos consejos, porque ya no podemos dar malos ejemplos, que es lo que nos gustaría. La gente vieja siempre está convencida de que llegan generaciones que no paran de cometer errores y los inflan a consejos. Es un clásico. No soy muy aficionado a dar consejos a los jóvenes. No me fío de su utilidad, porque los que vienen de las personas mayores nunca son obedecidos. Se presta atención a ellos como quien oye llover, pero… bueno, al menos se presta atención.
¿Daría algún consejo a los periodistas más jóvenes?
El pecado habitual de la juventud es creer que sabe más de lo que sabe. Pero a medida que te vas haciendo y te ves mayor, y más desde que apareció Internet, descubrimos la inmensidad de nuestra ignorancia. Los jóvenes, en cambio, no son conscientes de que son ignorantes. Y creo que para trabajar en periodismo es bueno acercarse a las cosas sabiendo que, humildemente, sabes menos del tema. Toda la vida me he encontrado entrevistando a personas que sabían más que yo del tema que nos ocupaba. Y los jóvenes se manejan ahí con una mayor inconsciencia.
¿No le da pena ver cómo en radios y televisiones se insultan hasta unos periodistas a otros?
Hace 25 años también se insultaba mucho. A mí me han insultado a punta de pala. Federico Jiménez Losantos lo hacía todos los días. En la guerra de medios de los años 90, los insultos eran habituales. Pero ahora, con la aparición de la extrema derecha, los temas han pasado a un terreno más peligroso. Antes se trataba de descalificar al contrario; ahora hay quienes consideran que una parte de la sociedad no debería existir. No se trata de que “quiero que pierdas”, sino que “sobras, eres material a eliminar”. Es la evidencia de que una parte de España ve a la otra como gente que no debería estar allí.
Leo algunas declaraciones suyas recientes: “Me cuesta mucho tener esperanza” o “no encuentro manera de evitar el pesimismo”. ¿Ya no es posible otro mundo mejor?
Una de las cosas que suele mover a la gente es la ilusión de que las cosas pueden transformarse. Pero ahora, frente a los colosales poderes tecnológicos y macroeconómicos, se ha instalado la sensación de que ya no es posible corregir las injusticias que existen en el mundo. La desigualdad crece, es más escandalosa, y la ostentación de los ultrapoderosos es cada vez más descarada y menos impúdica. Se pierde la esperanza, porque cuesta imaginar que ese poder pueda ser doblegado o transformado. Pero las cosas suelen poder cambiar; también parecía imposible que pudiera cambiar el comunismo en los bloques del Este o el franquismo.
También hay una exhibición de ideas más radicales, ¿no?
La expansión de la extrema derecha en todo el mundo se trata de un movimiento corrector que no deja claro qué quiere, pero sí lo que no quiere. En España, Vox todavía no ha explicado qué haría con esto o aquello. Muchos se aproximan a estas formaciones por rechazo: impugnan esta democracia que no resuelve los problemas y votan la formulación más radical porque “dice las verdades”. Pero decir la verdad no basta. Puedes seguir a un profesor, a un sociólogo o a un maestro por sus verdades, pero a un político solo lo sigues si ofrece soluciones a los problemas que denuncia.
¿Cuántas veces se ha —o le han— jubilado?
Cuando llevas mucho tiempo, te lo dicen muchas veces. Lo que ocurre es que, en este oficio, uno no se jubila mientras haya gente que le ofrece algo. Y no sé muy bien por qué, pero a mí nunca me han dejado de llamar.
Pero tampoco quiere dejarlo.
En el trabajo, casi siempre tienes menos de lo que necesitas o más de lo que puedes gestionar. No quería estar parado, pero a veces estoy un poquito desbordado.
Y ahora tiene dos proyectos para Televisión Española.
Sí. Se ha hablado como si fuera una aventura profesional mía, pero solo colaboro como simple presentador de dos programas documentales. Es la primera vez en mi vida que no hago un programa, ni lo dirijo, guionizo o firmo. Uno de ellos es sobre la historia de la lengua española, y el otro sobre la historia del exilio. Creo que son programas que se tienen que hacer.
¿Y por qué cree que son tan necesarias series documentales como estas?
Hubo un momento en que se cuestionaba la existencia de medios públicos: “¿Para qué tiene que existir Radio Nacional?”. Y yo, que no he trabajado en Radio Nacional, decía: para que no se muera Beethoven. A un medio público le toca contribuir al apuntalamiento de los elementos de la cultura heredada, porque, como se lo dejes al mercado, se olvidará de Beethoven, el Camino de Santiago, el gótico, el románico navarro… Alguien tiene que ocuparse de cuidar los elementos de la memoria, la historia, la vida, la cultura. Por eso hay museos y se conservan piedras, porque, si no, se habrían tirado y usado para hacer casas.
¿Teme que genere polémica hablar de estos temas?
Ahora no hay ningún asunto en el que metas un dedo y que automáticamente no desencadene la Guerra Mundial. Hacer un programa sobre la lengua española es tocar territorios que, para algunos, son resbaladizos. Y lo del exilio, ni te digo. Pero las cosas pasan como pasan: se fueron los que se fueron y no se fueron los que no se fueron. Y eso forma parte de nuestra historia. Ahora, las posibilidades de que la gente monte un gorigori por algo… Espero que no demasiado, porque son programas de audiencia reducida. Pero, aun así, capaz es el mundo de organizar un lío de aúpa.
Cuando nos hacemos mayores, ¿nos volvemos más conservadores o más tozudos porque no queremos renunciar a lo que nos ha definido?
Ingmar Bergman decía que envejecer es como subir un monte. Cada paso que das te cuesta más, pero ves más claro el paisaje. Y en ocasiones ves más claro el paisaje y en otras, puede más el cansancio del paso. A menudo, lo que dicen los viejos parece fruto de la sabiduría de quien ve el paisaje cada vez más alto. A veces es así, pero otras, simplemente están agotados, y por mucho que el panorama sea claro, ya está con el bofe caído. Creo que cuando te haces mayor, relativizas más las cosas, valoras mejor lo que de verdad tiene valor y te vas despegando de los elementos que solo merecen batallas de menor cuantía. En la vejez, además, te vas despidiendo; desaparecen capacidades, amigos, mundos, realidades, y te vas quedando más con el corazón de las cosas.
¿Pero uno se vuelve más conservador?
La sociedad pone etiquetas: conservador, progresista… Pero para una cuestión eres conservador y para otra, progresista… O de repente eres valiente, y luego te rajas… Al hacerte mayor, no dejas de pasar por fases de contradicción. Lo que sí eres es más frágil, y de la fragilidad se derivan unas cuantas inseguridades que antes no tenías.
¿Cuándo empezó a sentir esa fragilidad?
En mi caso, se agravó por el COVID. Antes sabía que era una persona mayor; pero entonces me descubrí realmente viejo, porque apareció como una enfermedad gerontófoba. A la gente de nuestra edad se la estaba quitando de encima a escobazos. Tuve la sensación de material sobrante. No me considero sobrante, ni viejo, ni leches, pero es lo que creo que soy objetivamente en la sociedad en la que vivo.
¿Y esa fragilidad también cambia la manera de vivir las emociones?
Además de tener una salud y una situación económica razonables, porque sin esas dos cosas estás en otra situación, lo fundamental es tener un equilibrio afectivo. Yo estoy muy felizmente casado. Pero un elemento de dolor —no completamente nuevo, pero que de repente se ve con mayor claridad— está en el hecho de que vas a tener que separarte de la persona a la que quieres. Cuando te dicen: “Hasta que la muerte os separe”, por aquí te entra y por aquí te sale. Pero ese día te han dicho: “Porque un día os separará”. Y eso aparece de pronto muy claro, al tiempo que aparece también muy visible la importancia de tener una buena relación afectiva.
Hablando de esas “despedidas” de facultades que comentaba, ¿cuál es el último achaque que ha tenido?
Tengo muy aceptada desde hace muchos años la existencia del tiempo, de la enfermedad, de la fugacidad de la vida. No me produce angustia. Y esa evidencia que he tenido de la muerte me ha ayudado a valorar aún más el milagro de estar vivo. Incluso no entiendo cómo se pueden valorar con lucidez y con consciencia las cosas magníficas de la vida, si no te das cuenta de que son fugaces. Por eso los achaques que van llegando los recibo como quien recibe a alguien que sabía que iba a llegar. Pero me encuentro muy bien en general, aunque me canso más.
¿De qué manera se cuida? ¿Va, por ejemplo, al gimnasio?
Procuro andar; camino bastante y me gusta hacerlo rápido. Luego, una vez a la semana, desde hace años, viene una fisio a casa. Tengo pequeños achaques cardíacos, que son algo familiar: mi madre, todos, varios hermanos hemos tenido. Creo que, si no me atropella un trolebús, me moriré por algún tema relacionado con el corazón, arritmias o cosas de esas.
¿Qué situaciones provocan que salga lo peor de usted?
Las afirmaciones gratuitas me ponen muy nervioso. Soy un hombre que he dudado mucho. Me cuesta mucho hacer afirmaciones muy rotundas, porque siempre he tenido la sensación de que sabía menos de lo que necesitaba saber. Eso no me ha impedido expresar un punto de vista, pero dando por supuesto que puedo estar equivocado o que hay elementos que a lo mejor me faltan. He vivido de y con las palabras toda mi vida. Las palabras merecen respeto, tienen que decirse con conciencia. Cuando has hablado con un micrófono, ante mucha gente y durante muchos años, te acostumbras a medir tus palabras, a no decir alegremente cualquier cosa, y marcar mucho la diferencia entre “creo” o “me gustaría”. Y me llama la atención que la gente diga con tanta seguridad cosas que son confusas, complejas, extrañas, duras de pelar.
¿Y no le importa recular cuando da alguna opinión?
Hay una frase, “me estás llevando la contraria”, que me pone un poquito nervioso. No significa simplemente que alguien exprese una opinión distinta; implica mala fe, porque cuesta aceptar que otro pueda tener un punto de vista diferente si no es por mala intención o mala uva. Si no, ¿cómo podría alguien tener una opinión distinta a la nuestra? Lo cual, de algún modo, resulta levemente fascista. Y otra frase que también me pone muy nervioso es “no me cabe la menor duda”. Una persona a la que no le cabe la menor duda es peligrosísima, porque una persona normal, inteligente, no es que no le quepa la menor duda; es que le caben casi todas. Son dos expresiones que, para mí, dejan en muy mal lugar al interlocutor.
¿En qué recuerdos se suele refugiar?
Creo que la vida hay que vivirla en tres dimensiones: recordar, vivir el presente y soñar. Recuerdo cada vez más la vida en mi tierra. Siempre he tenido nostalgia de San Sebastián y del País Vasco, y a medida que va pasando el tiempo, tira más ese recuerdo, pero ya no ese recuerdo de cuando eras pequeño, sino un recuerdo familiar. Somos muchos hermanos, nos llevamos muy bien, estamos muy unidos por el recuerdo de nuestros padres. Por eso, mis recuerdos están muy vinculados a mi ciudad y a mi familia.
En la mayoría de las entrevistas, incluso esta, los periodistas le pedimos consejos sobre la vida, la profesión, la política. Es decir, no permitimos que se relaje. Pero, ¿Cuál es su parte frívola?
Me relaja mucho el fútbol, pero, sobre todo, la música. Hubiera querido ser músico. Es lo que más me gusta, me entusiasma y me emociona. Lo que más me llega. La música me atropella.
Música clásica, entiendo.
Todas las músicas. Pero, sobre todo, música clásica, sí. Me gusta mucho la ópera; mi mujer y yo solemos ir fuera de España a ver óperas. Pero también me gusta la música no clásica. La que es buena. A mí Bruno Mars, por ejemplo, me gusta un huevo, y Queen y los Beatles… Y la chavala esta que ha ganado el Grammy, Eilish…
Billie Eilish.
Una canción que se llama Wild Flower. Joder, es una preciosidad. Y ayer leí una entrevista con un chaval que ni sabía que existía. Rusowsky. Me fui a buscarle en YouTube, y escuché una canción, Dolores, que me pareció una maravilla. Jorge Drexler me parece extraordinario. No creo en la aristocracia de nada, ni siquiera en la del periodismo; en esa idea de que, por entrevistar a políticos, yo soy de primer nivel, y tú, como haces la entrevista sobre decoración, eres un tío de segunda… El ser humano es un complejo al que le importan muchísimo las verdades metafísicas, la política, los presidentes del Gobierno y que le combine la corbata con la chaqueta. Y en el tema de la música no puedo entender que, si te gusta Bach, ya no te pueda gustar Bruno Mars. De todas maneras, antes se me ha olvidado decirte una cosa.
¿Cuál?
Lo que más te llama la atención cuando te vas haciendo viejo es que siempre estás viviendo en la más absoluta ignorancia respecto a la situación en la que estás. Vivir es un debut tras otro. En la vida, primero te dan el título y luego empiezas la carrera. Eres padre. No sabes lo que supone, y a la mañana siguiente ya tienes el título. Vas enfrentándote a situaciones totalmente inaugurales, en las que estás de pardillo, de debutante total, de no tener ni puñetera idea. Yo sé lo que es tener treinta, pero no me sirve de nada, porque ya no los tengo, y de tener ochenta no tengo ni idea. Estoy empezando a enterarme ahora. Y ese es un elemento muy curioso, que me ayuda a mantener un estado de curiosidad, de expectación vital, aunque estés cansado, porque sabes que la vida está a un minuto todavía de descubrirte algo que no sabes. Cada día es nuevo, y eso da también aliciente a la vida.
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