Nota: «La Última Frecuencia» es, en realidad, una célebre ficción de radio de misterio (un falso documental o radioshow de terror) creada por el periodista y experto en fenómenos paranormales José Manuel García Bautista. El relato sitúa la historia en una emisora ficticia o inspirada en los cierres de los años 2000 para dotar a la leyenda urbana de mayor realismo y misticismo, jugando con la nostalgia de las madrugadas radiofónicas de 1994.
14.10.2026.- José Manuel García Bautista escribe en andaluciainformacion.es que un técnico de sonido y un veterano locutor aseguraron haber visto, durante una emisión nocturna, la figura de un antiguo trabajador fallecido años atrás. Lo más inquietante no fue su aparición, sino lo que quedó registrado en una cinta que nadie supo explicar.
Sevilla, noviembre de 1994. Eran aproximadamente las dos y diecisiete de la madrugada cuando un extraño suceso interrumpió la tranquilidad de los estudios de la radio, una pequeña emisora sevillana que llevaba más de dos décadas emitiendo desde un antiguo edificio del centro de la ciudad y que desaparecería años después.
Aquella noche, el locutor Manuel Pérez y el técnico de sonido Rafael Cano afirmaron haber presenciado algo que jamás consiguieron olvidar como era la figura de un antiguo compañero, fallecido tres años antes, permanecía inmóvil al otro lado del cristal que separaba el estudio de emisión del pasillo de acceso.
Según sus testimonios, aquel hombre tenía el mismo rostro, la misma ropa y hasta la misma expresión que recordaban de sus últimos días de trabajo. Pero había un detalle imposible de ignorar: Antonio Salcedo llevaba muerto desde febrero de 1991.
Lo que ocurrió durante los siguientes minutos se convertiría en una de esas historias que, según esta reconstrucción ficticia, circularon durante años entre los antiguos profesionales de la radio sevillana.
Una madrugada de noviembre y una presencia detrás del cristal
Los estudios de la radio ocupaban la segunda planta de un edificio antiguo, de largos corredores, puertas de madera y habitaciones acondicionadas como estudios de grabación.
Durante el día, las instalaciones permanecían con los locutores y periodistas, colaboradores y personal técnico. Sin embargo, después de medianoche, únicamente quedaban el locutor encargado del programa nocturno y un técnico que controlaba la mesa de mezclas. A veces hasta se hacía el locutor autorradio.
Aquella madrugada, Manuel conducía “La última frecuencia”, un espacio dedicado a las llamadas de los oyentes, las historias de Sevilla y la música de madrugada.
Rafael Cano, situado frente a la consola, comprobaba los niveles de sonido cuando escuchó tres golpes procedentes del pasillo.
Al principio no les dio importancia. Pensó que podía tratarse de una puerta mal cerrada o de alguna vibración del sistema de ventilación. Pero los golpes volvieron a repetirse. Tres golpes secos. Siempre con la misma separación.
“Recuerdo que miré el reloj de pared. Eran las dos y diecisiete. Manuel estaba hablando por el micrófono y yo escuché perfectamente cómo alguien golpeaba la puerta del pasillo. Me levanté pensando que sería el vigilante, pero cuando abrí no había nadie”.
Así describía Cano lo ocurrido en una entrevista realizada años después, de acuerdo con esta recreación periodística.
El técnico regresó a su asiento sin comentar nada. No quería interrumpir el programa.
Apenas unos minutos más tarde, mientras ajustaba uno de los canales de la mesa, percibió un movimiento detrás del cristal. Al levantar la cabeza, vio a un hombre situado en el corredor que comunicaba con el antiguo estudio de grabación.
Vestía una camisa clara, pantalones oscuros y una chaqueta abierta. Su figura parecía ligeramente desdibujada, como si estuviera contemplándola a través de un cristal empañado. Cano se quedó inmóvil. Reconoció inmediatamente aquel rostro. Era Luis, el mismo Luis García cuyo entierro había presenciado tres años antes.
“Manuel, no te vuelvas de golpe. Hay alguien detrás de nosotros»”
El técnico aseguró que durante varios segundos fue incapaz de reaccionar. La figura permanecía quieta, con los brazos caídos y la mirada dirigida hacia el interior del estudio. No parecía amenazante. Tampoco hacía ningún gesto. Simplemente observaba.
Rafael Cano se quitó lentamente uno de los auriculares y llamó la atención del locutor, que continuaba hablando ante el micrófono.
“Le hice una señal para que cortara. Manuel pensó que teníamos algún problema técnico, pero cuando le dije que mirara hacia el cristal se quedó completamente blanco”.
El locutor introdujo una canción y giró su silla. Entonces también lo vio. A unos dos metros y medio de distancia, separado de ellos por el ventanal, se encontraba la figura de su antiguo compañero.
Según ambos testimonios, el hombre parecía medir aproximadamente un metro setenta y cinco y llevaba una vestimenta idéntica a la que Luis García solía utilizar cuando trabajaba en la emisora.
“Lo reconocí por la forma de colocar la cabeza. Luis tenía la costumbre de inclinarla ligeramente cuando escuchaba a alguien. Aquello era exactamente igual. No era alguien que se le pareciera. Para mí era Luis”.
La declaración atribuida a Manuel añadía un detalle especialmente perturbador. La figura parecía tener una consistencia extraña. A través de su cuerpo podían distinguirse débilmente los contornos de la puerta situada al fondo del corredor.
“No era transparente como un cristal, pero tampoco parecía una persona de carne y hueso. Era como si estuviera allí y, al mismo tiempo, no terminara de estarlo”.
Los dos hombres afirmaron que la aparición permaneció visible durante unos veinte segundos. Después, la figura giró lentamente hacia la izquierda y comenzó a caminar por el pasillo. Rafael salió inmediatamente del estudio.
Cuando llegó al corredor, no encontró a nadie. La puerta de acceso a la escalera permanecía cerrada. Las luces estaban encendidas. Y al fondo, junto al antiguo archivo sonoro, se escucharon nuevamente tres golpes.
El trabajador que había muerto tres años antes
Luis García había sido uno de los técnicos más antiguos de la radio. Comenzó a trabajar en la emisora a finales de los años setenta y durante más de una década se encargó del mantenimiento de los equipos, las grabaciones y el montaje de los programas especiales.
Sus compañeros lo recordaban como un hombre reservado, meticuloso y profundamente unido a la radio. Era habitual encontrarlo en los estudios incluso después de terminar su jornada. En febrero de 1991 falleció repentinamente a causa de un problema cardíaco. Tenía 49 años.
Su muerte afectó especialmente a Manuel, con quien había compartido numerosas madrugadas de emisión.
Pero existía una circunstancia que ambos testigos recordarían después del encuentro. Durante los últimos meses de su vida, Luis había trabajado en la reparación de un magnetófono situado en el pequeño archivo de la emisora.
Aquel aparato, utilizado para reproducir cintas de bobina abierta, permanecía desconectado desde hacía tiempo.
Y fue precisamente junto a esa habitación donde los dos trabajadores escucharon los golpes aquella noche.
La grabación que nadie consiguió explicar
Al día siguiente, Rafael Cano revisó la cinta utilizada para registrar el programa nocturno.
Era una práctica habitual en la emisora: determinadas emisiones quedaban grabadas para su archivo y posterior revisión.
El técnico quería comprobar si los golpes que había escuchado se habían filtrado a través de alguno de los micrófonos. Durante los primeros minutos, la grabación no presentaba ninguna anomalía. La voz del locutor se escuchaba con normalidad. También la música y las intervenciones de los oyentes.
Sin embargo, al llegar al momento aproximado de la aparición, Rafael detectó un sonido de fondo. Primero se escuchaban tres golpes. Después, un breve silencio. Y finalmente, una voz masculina, muy débil, que parecía pronunciar una frase.
Cano rebobinó varias veces. Subió el volumen. Intentó limpiar el ruido utilizando los medios técnicos de los que disponía. Según su posterior relato, la voz parecía decir: “Todavía estoy aquí”.
Manuel escuchó aquella grabación esa misma tarde. Su reacción fue inmediata: “No puedo asegurar que fuera su voz, pero tenía el mismo tono que Luis. Lo que más me impresionó fue que parecía hablar desde muy lejos, como si hubiera otro micrófono abierto en algún lugar del edificio”.
No existía ningún micrófono conectado en el pasillo. Tampoco se había detectado una entrada de señal procedente de otra fuente. La grabación fue escuchada por otros dos trabajadores de la emisora, aunque ninguno pudo confirmar con seguridad las palabras. Uno de ellos aseguró que únicamente distinguía ruido eléctrico. El otro creyó escuchar una respiración y una voz ininteligible. Nunca hubo una explicación concluyente.
Los pasos que se escuchaban después del cierre
La supuesta aparición no fue el único episodio extraño que los trabajadores asociaron con aquella zona del edificio. En los meses siguientes, algunos empleados comenzaron a comentar que escuchaban pasos en el corredor cuando los estudios estaban vacíos.
Una antigua administrativa, Carmen Varela, habría recordado un episodio ocurrido durante una tarde de diciembre: “Estaba recogiendo unos documentos cuando escuché a alguien caminar hacia el archivo. Pensé que era Rafael. Lo llamé dos veces, pero no contestó. Cuando fui a buscarlo, aquella parte de la emisora estaba completamente vacía”.
Otro trabajador aseguró haber encontrado encendida la luz del antiguo estudio de grabación después de apagarla personalmente. Los sucesos nunca llegaron a investigarse de manera formal.
Algunos empleados los atribuyeron al deterioro de las instalaciones, los ruidos propios de un edificio antiguo y la sugestión provocada por el fallecimiento de Luis.
Otros, sin embargo, evitaron volver a recorrer solos aquel pasillo durante las emisiones nocturnas.
Manuel continuó trabajando en la radio hasta finales de los años noventa. Nunca volvió a afirmar que hubiera visto al antiguo técnico. Hasta épocas recientes. Rafael Cano tampoco aseguró haber presenciado una segunda aparición.
El último sonido de una emisora que dejó de existir
La radio cerró definitivamente sus estudios a comienzos de los años 2000. La oficina fue vaciada y gran parte del material técnico terminó almacenado, vendido o desechado. Entre los objetos que desaparecieron durante el traslado se encontraba la cinta que supuestamente contenía aquella extraña voz. Nadie pudo determinar qué ocurrió con ella.
Años después, durante una conversación con un antiguo compañero, Rafael Cano habría vuelto a recordar el episodio. Su interlocutor le preguntó si todavía creía que había visto un fantasma. El técnico permaneció unos segundos en silencio. Después respondió: “Yo no sé lo que vimos. Lo único que puedo decirte es que Luis estaba allí, detrás del cristal. Manuel también lo vio. Y cuando salí a buscarlo, no había nadie”.
Pero lo más desconcertante de su testimonio llegaría a continuación. Cano aseguró que, días después de aquella madrugada, había encontrado sobre la mesa de mezclas una pequeña etiqueta de papel amarillento.
Era una de las etiquetas que Luis García utilizaba para identificar las cintas del archivo. En ella había una fecha escrita a mano: 14 de noviembre de 1994. La misma noche de la aparición. Y debajo, con una caligrafía que Rafael creyó reconocer, figuraban únicamente tres palabras: “FIN DE EMISIÓN”.
Si tienes alguna experiencia extraña o paranormal no dudes en escribirnos a: correodecontacto.garciabautista@gmail.com
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