La accesibilidad, la asignatura pendiente de la radio digital

Escuchar la radio en el móvil se ha convertido en una carrera de obstáculos para millones de oyentes con discapacidad visual, motora o auditiva, y eso ocurre justo cuando el smartphone se ha consolidado en España como la principal puerta de entrada al audio en directo. El motivo es sencillo y a la vez incómodo: las apps de las grandes cadenas y los agregadores de emisoras pelean por diseño llamativo y por monetización publicitaria, pero rara vez por cumplir los criterios mínimos que permitirían a una persona ciega, a un usuario con temblor de manos o a alguien con hipoacusia darle al play sin pedir ayuda.

Llama la atención porque otros sectores digitales sí han tenido que ponerse al día: la banca móvil revisó sus interfaces tras varias sentencias en Europa, y las plataformas de juego online, sometidas a una de las regulaciones más estrictas del entorno digital español, llevan años obligadas a auditorías de usabilidad que incluyen criterios de accesibilidad. La radio, en cambio, navega sin ese viento en contra.

El asunto lleva años sobre la mesa y los técnicos en accesibilidad digital lo repiten sin descanso: las recomendaciones internacionales son meridianas desde hace más de una década y vienen a decir que lo que sirve para una web sirve para una app, lo que se traduce en contraste suficiente, tamaños de toque adecuados y compatibilidad con lectores de pantalla. El W3C mantiene actualizadas las directrices de accesibilidad móvil, aplicables hoy a aplicaciones nativas e híbridas.

Una interfaz pensada sin contar con todos

La radio debería ser, paradoja mediante, el medio más fácil de adaptar, porque es solo audio y no exige ni subtítulos ni gráficos. Y, sin embargo, la mayoría de aplicaciones obliga a navegar entre carruseles infinitos, banners modales y botones diminutos antes de llegar a la emisora, de manera que solo quedan capas de adorno entre el oyente y el dial.

Quien usa VoiceOver en iOS o TalkBack en Android lo sufre a diario, pues hay apps muy descargadas en las que los botones de play, pausa o cambio de emisora ni siquiera llevan etiqueta accesible: el lector anuncia «botón» o «imagen» y al usuario le toca adivinar. Otras meten anuncios a pantalla completa cuya equis de cierre es invisible para el sistema de accesibilidad, así que, para apagar el anuncio, toca cerrar la app entera.

Vuelve la comparación incómoda si pensamos en el ecosistema del entretenimiento digital regulado, donde las plataformas de apuestas deportivas o los operadores de juego en línea trabajan bajo la vigilancia de la Dirección General de Ordenación del Juego, que exige requisitos técnicos verificables y aplica consecuencias inmediatas a quien los incumple; una emisora, en cambio, puede sacar una app coja y nadie le pide cuentas.

La existencia de un órgano regulador facilita la inclusión de la mayoría de las personas, ya que todas las plataformas deben contar con los requisitos ordenados por el regulador. De esta forma y siguiendo con el ejemplo de antes, podemos ver cómo los casinos móviles con Eye-Able permiten el juego a personas con problemas; o cómo las aplicaciones de banca digital han incorporado compatibilidad con lectores de pantalla, tamaños de texto adaptables y sistemas de navegación simplificados tras años de exigencias regulatorias y auditorías de accesibilidad

Cada categoría desarrolla sus propios estándares de usabilidad y, mientras no haya una regulación que apriete, la accesibilidad queda relegada; sin embargo, es precisamente esa libertad de elección y la facilidad de navegación lo que ha permitido que el ciudadano recupere el control sobre cómo y cuándo decide gestionar su tiempo y su ocio. 

La comparación escuece porque demuestra que el sector sabe hacerlo bien cuando le conviene: las plataformas que mueven dinero invierten en interfaces limpias, navegación predecible y soporte para lectores de pantalla porque la normativa europea y la regulación nacional las vigilan de cerca, mientras que la radio, salvo excepciones, vive de un consumo masivo pero gratuito y trata la accesibilidad como un extra simpático.

Que una emisora pública o una gran cadena lance una app inaccesible en 2026 resulta indefendible, y no por falta de recursos, sino por falta de prioridad, porque los criterios técnicos están publicados, las herramientas de auditoría son gratuitas y la guía de accesibilidad de aplicaciones móviles del sector público español se lee en una tarde.

El chip FM, la solución olvidada

La cuestión técnica se enreda más cuando el oyente intenta huir del streaming, porque durante años el chip FM integrado en muchos smartphones permitía sintonizar la radio sin gastar datos ni depender de cobertura, funcionaba con los auriculares de cable haciendo de antena y suponía una solución barata, sobria y, ante todo, fiable cuando internet se caía. Apple lo eliminó hace tiempo y muchos fabricantes Android lo dejaron desactivado por software aunque el hardware siguiera bajo el chasis, con la consecuencia brutal, para una persona mayor con visión reducida, de que la opción más sencilla ha sido sustituida por aplicaciones repletas de menús anidados.

El apagón eléctrico que recorrió la Península Ibérica en abril de 2025 lo dejó nítido: cuando el wifi y los datos móviles cayeron, las únicas radios que siguieron funcionando fueron las que captaban FM directamente, de modo que quienes tenían un móvil con chip activo y supieron localizarlo recuperaron información en cuestión de minutos, mientras el resto se quedaba a oscuras también en sentido informativo. La paradoja es que muchos terminales todavía esconden esa función bajo capas de menús sin etiquetar; en el caso de los Samsung Galaxy, activar la radio FM oculta en el móvil requiere apenas unos pasos, y el procedimiento sirve de referencia para entender qué hay debajo del capó en la mayoría de Android.

Las personas mayores son otro colectivo olvidado: constituyen una parte enorme de la audiencia tradicional de la radio y son, al mismo tiempo, quienes peor se desenvuelven con interfaces táctiles densas, porque necesitan tipografías grandes, opciones por defecto sensatas y la posibilidad de ampliar el texto sin que la maquetación se desmorone, algo que casi ninguna app generalista ofrece sin que el usuario tenga que pelearse con los ajustes del sistema operativo.

El usuario sordo o con hipoacusia plantea un desafío distinto que casi nadie aborda: la radio es un medio sonoro, de acuerdo, pero la transcripción automática lleva años funcionando con una calidad razonable, así que el hecho de que en 2026 ninguna gran emisora española ofrezca subtitulado en vivo dentro de su propia app dice mucho del lugar que ocupa este público en la lista de prioridades de la industria.

Y aquí viene la incomodidad: si la radio se presenta como el medio más íntimo, más cercano y más universal, ¿por qué su salto al móvil deja fuera precisamente a quienes más la necesitan?

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