Isidoro Martín Pascual (Radio España de Barcelona), un sayagués en la onda media

Isidoro Martín Pascual

26.1.2026.- Tersa Sanz Nieto escribe en elnortedecastilla.es que Isidoro Martín Pascual nació en 1921 en Tamame, un pueblo de Sayago. Por entonces había 140 casas abiertas y cerca de 460 habitantes. Veinte años más tarde, cuando él se marchó del pueblo, quedaban 360; hoy, solo sesenta. Como otros muchos, Isidoro dejó su tierra atrás para no volver, porque antes las distancias eran profundas. Con poco más de veinte años ya trabajaba en la radio, primero en Madrid y después en Radio España de Barcelona, que fue su verdadera casa. En Wikipedia, Isidoro aparece con una americana de rayas que le está un poco grande, y con camisa y corbata clara. Mira de abajo arriba, como hacen los tímidos, y sujeta en sus manos un premio. Pero lo que más llama la atención es un gran tupé de pelo fuerte y ondulado, que eleva su cabeza unos cuantos centímetros.

La voz de Isidoro era clara y sonora, como esas voces que salían de los aparatos de radio con dial iluminado que tenían los abuelos en un vasar alto, como si fuera un altar orientado hacia la Bola del Mundo, el mítico repetidor de Navacerrada. Habla con entusiasmo y rigor de su trabajo y, aunque dirigió programas dramáticos, tan de moda en la época, se define sobre todo como un montador musical. Era un auténtico experto en construir mundos radiofónicos, en ensamblar voces, y crear planos con música y sonidos. Tenía clasificados cientos de efectos sonoros en discos que marcaba con un lápiz blanco, desde un caballo relinchando hasta una mezcladora de cemento, pasando por el periscopio de un submarino. Y hacía acotaciones interminables en libretas, que rellenaba con letra menuda: amoroso, galope, bélico, silvestre… Todo tan artesano que no es raro que Isidoro calificara la llegada de la cinta magnetofónica como «un maldito invento. Ahora todo es jauja, prefabricado», se lamentaba.

Pocos meses después de aquella entrevista, un jueves de diciembre de 1980, Isidoro falleció de un infarto, a los 59 años. En su obituario indicaban que era periodista radiofónico y también subcomisario de policía destinado a servicios de aduanas del aeropuerto de Barcelona, el periodismo nunca ha estado muy bien pagado.

Yo no hubiera sabido nada de él si no me hubiera tropezado con el único libro que publicó, El guión radiofónico, un manual primoroso sobre el arte al que dedicó toda su energía. En el preámbulo, un compañero escribe que nunca le vio «ni triste, ni peinado», siempre atento a lo que ocurría en el estudio, en «una aceptación de su misión, como si de ella dependiera el porvenir de la radio». Y, justo ahora que Radio Nacional también ha dejado de emitir en la onda media, pienso en esas voces con las que aprendimos a oír la radio, la EAJ-64 de Segovia, la EAJ-47 de Valladolid o la EAJ-15 de Barcelona, en la que aprendió todo Isidoro. Puede que todavía se le pueda escuchar en las noches despejadas, porque la OM no sonaba tan nítida como la FM, pero llegaba mucho más lejos.

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