Xavier Grasset (Catalunya Ràdio), periodista: “Me compré un Tesla hace más de cuatro años, cuando Elon Musk era diferente a lo que representa ahora; pero estoy satisfecho con el coche”

Xavier Grasset

12.1.2026.- Eduard Buil le ha entrevistado en lavanguardia.com: El también escritor explica que durante años le daba reparo tener un BMW, hasta que en el boom de la construcción vio a compañeros de escuela, albañiles o peones, que se ganaban muy bien la vida y llevaban uno: “Entonces pensé que yo también trabajaba y quería tener el mío”

Xavier Grasset i Foraster, antes Xavier Graset, nació en Vila-seca, Tarragona, en 1963 y estudió Ciencias de la Información en la Universitat Autònoma de Barcelona. Comenzó su carrera en la prensa comarcal, en emisoras como Ràdio Salou y Ràdio Reus, donde aprendió a escuchar y a contar lo que pasaba a su alrededor. Con el tiempo colaboró con medios como El Temps, El Periódico de Catalunya, La Vanguardia, Metro o El Punt Avui, y poco a poco fue consolidando su presencia en el mundo de la comunicación catalana. Desde 2006 ha dirigido y presentado L’Oracle en Catalunya Ràdio, Més 324 en el canal 3/24 y, actualmente, acompaña a la audiencia catalana todas las tardes con el programa La Selva, un espacio que combina secciones de actualidad, entretenimiento, cultura y estilo de vida con mucho acierto.

Xavier ha escrito varios libros: en La pausa dels dies reúne textos personales elaborados a lo largo de años que son un reflejo de su mirada sobre la vida y la cultura; además, está previsto que en este mismo año publique su nueva obra, El bon gust. Ha recibido el Premi Nacional de Comunicació y la Petxina Daurada, mientras sigue combinando televisión, escritura y prensa escrita.

El periodista ha escrito varios libros; el próximo, titulado ‘El bon gust’, está previsto que se publique este mismo año
Para Xavier, los desplazamientos forman parte de su día a día: trayectos, viajes por trabajo, recorridos que acompañan su manera de observar y pensar, y hoy vamos a descubrir su historia de la mejor manera: a través de esos caminos.

Xavier, cuando conduces, ¿tu concentración es la misma que cuando preparas tu programa de TV3, La Selva, o la radio ocupa tu mente?
No, la concentración cambia porque realizar algo de forma sistemática y regular acaba relajándote un poco. Alguna vez me ha pasado que, si tenía que tomar la salida 31 de la AP-7, ya estaba llegando a la 32, porque tras llevar casi una hora al volante, te evades sin darte cuenta. A veces, conducir se vuelve rutina y ahí es donde aparece el peligro. Con el trabajo ocurre algo parecido, aunque la cabeza, mientras hago un programa de tele, no funciona de manera automática pese a ser diario, ya que tenemos ciertos tics y el cerebro busca referencias claras como la pausa de publicidad o ver caras concretas. Al volante sucede algo similar. Me gusta mucho conducir porque me da ese rato, más o menos de una hora larga, que aprovecho para hablar por teléfono, resolviendo temas que habían quedado colgados o, si no, escuchando música.

¿Qué sueles escuchar en el coche?
Varía mucho según el momento y mi estado de ánimo. A veces me pongo música clásica para despejar la cabeza, pero también tiro hacia Oques Grasses o Antònia Font, grupos cercanos a lo que siento.

Sé que has pasado muchas horas viajando por trabajo. ¿Cuántas ideas para una entrevista han salido de trayectos en coche?
Muchas, la verdad. Sobre todo, ese rato me sirve para revisar lo que he hecho, analizar cómo ha ido el programa, detectar dónde hemos fallado, qué podríamos haber mejorado, qué ha salido especialmente bien y qué me ha acabado sorprendiendo. Además, escucho bastante la radio y ahí aparecen detalles que quizá no tenía tan claros y que, gracias al trabajo de otros compañeros, acaban generando nuevas ideas, vamos, cosas que escucho y pienso que también podrían funcionar en un plató de televisión, así que se convierte en un suministro constante de propuestas.

¿Cómo aprendiste a conducir?
Me saqué el carnet en la Autoescuela 2000, en mi pueblo, Vila-seca, justo en la época del aniversario del 23F, que fue bastante sonado. Aunque aprendí en este centro, también me ayudaba mirar cómo conducían mi padre y mis hermanos.

¿Qué coches tenía tu familia?
Me acuerdo del carro que teníamos en los bajos de la casa del pueblo. Luego llegaron los coches de mi padre: el primero, un Citroën. Luego tuvimos varios modelos; saltamos directamente al 850 sin pasar por el 600 y de ahí al 127, el 350 y el Supermirafiori. Mi padre tenía obsesión por los diésel pequeños, y fue de los primeros en comprar un Golf de gasóleo, que le duró muchos años. Era más caro, pero salía más a cuenta por su bajo consumo de combustible.

¿Y cuál fue tu primer automóvil?
Al ser el pequeño de cuatro hermanos -el mayor me sacaba dieciocho años, Pep quince y mi hermana Pilar tres-, acabé heredando los coches que ellos iban dejando. Mi primer vehículo fue un Mehari de segunda, tercera o cuarta mano, ya ni lo sé. Me acuerdo de que, cuando frenaba, el culo se me adelantaba; era divertidísimo.

¿Echas de menos esos coches?
No especialmente. Tuve suerte de trabajar en la costa como recepcionista. Los turistas extranjeros llegaban y me tocaba trasladarlos a sus apartamentos en sus coches. Escuchar cómo se cerraba la puerta de un BMW era un sonido que para mí representaba el estado del bienestar. Aquella gente del norte, tan pulida y tan limpia, me parecía una maravilla, primero por ese golpe seco al cerrar y luego por la sensación de confort dentro, así que al sentarme con ellos durante el trayecto, ese ruido se me quedó grabado.
Durante años tuve cierto reparo con la idea de tener un BMW, hasta que en la época del boom de la construcción vi a compañeros de escuela, albañiles o peones, que se ganaban muy bien la vida y llevaban uno; entonces pensé que yo también trabajaba y quería ser yo quien cerrara esa puerta y que ese sonido fuera mío. Cuando pude, me compré un BMW, después de pasar por un Delmar, un Peugeot 205 y un Seat Ritmo, que, después de una noche de fiesta, dejé clavado en una rotonda entre Salou y La Pineda. Más adelante tuve un X3 y luego un X1 hasta llegar al coche que tengo ahora, que es un Tesla.

Coches muy distintos…
¡Totalmente! Compré el Tesla hace algo más de cuatro años, así que el peso de la figura de Elon Musk en aquel momento era completamente diferente a lo que representa ahora o a lo que ha sido durante estos últimos años. Lo adquirí porque es un vehículo que descarboniza el entorno y, sinceramente, estoy muy satisfecho. Tiene cuatrocientos caballos de potencia; nunca había tenido nada parecido, con un reprise impresionante y una asistencia a la conducción que ayuda muchísimo en trayectos tan repetitivos, así que la experiencia es muy positiva.

¿Y tienes moto?
No, y es una espina que tengo clavada, porque mi hermano Pep se compró una Honda Revere y quería dejármela, pero yo no tenía el carnet. Al final me limité a utilizar el vespino de cuarenta y nueve centímetros cúbicos que no necesitaba licencia. Una anécdota de relacionada con las motocicletas es que teníamos una Moto Guzzi y mis hermanos, que eran bastante gamberros, un día intentaron comprobar si quedaba gasolina en el depósito acercando una vela, con el resultado de que desaparecieron nuestras cejas.

Vamos atrás: ¿Qué recuerdas de tus primeros viajes en coche?
Recuerdo viajes muy marcados por el humo dentro del habitáculo, con el cristal bajado porque el mareo resultaba tremendo. Íbamos a Zaragoza, al Monasterio de Piedra o a Navarra, todo eso, en un 850 haciendo rutas familiares.
Con amigos, la verdad, pasé casi directamente al avión. Cuando fui corresponsal de Catalunya Ràdio en Madrid, tenía allí un Peugeot 205 con la matrícula antigua. El portero del edificio donde vivía pensaba que la T de Tarragona de la placa correspondía a Teruel. Me acuerdo recorrer los seiscientos kilómetros entre Tarragona y Madrid en unas seis horas.
Después, durante vacaciones, aprovechaba para moverme por zonas de Catalunya que conocía menos, subir al Pirineo, descubrir restaurantes y hacer rutas por la Garrotxa, pasando por Ripoll. Alguna vez también bajé hasta Valencia, aunque mi recorrido principal siempre ha sido Tarragona-Barcelona. Incluso recuerdo, viviendo en Barcelona en un piso de estudiantes, meterme por error en un carril bus en la Ronda de Sant Antoni y explicarle al urbano que me paró que era la primera vez que veía ese carril… Cuando se lo dije, me pareció que colaba…

¿Coló?
No, no coló.

Por más que seamos personas sensatas, las retenciones y, en ocasiones, otros conductores, tienen la virtud de sacar una parte de nosotros poco conocida, incluso oculta. ¿Cómo es la tuya?
Siempre tengo la sensación de estar en el carril equivocado, como si eligiera mal de entrada. Me coloco a la izquierda, convencido de que avanzo y, de repente, resulta que el rápido es el de la derecha o el del centro. Entonces cambio y, justo en ese momento, ese carril pasa a ser el más lento. Ahí aparece la pregunta inevitable sobre qué demonios está ocurriendo y quién me está puteando.

Vamos a soñar: El Coche fantástico, la furgo del Equipo A, el DeLorean de Regreso al futuro o el Ferrari de Magnum P.I… Puedes escoger uno, ¿con cuál te quedas?
Me quedo con el Coche Fantástico. Es un sueño, una máquina que, de algún modo, refleja hacia dónde ha ido la automoción en ciertos aspectos. Todos los asistentes de conducción que tenemos hoy, el hecho de abrir el coche con el móvil en lugar de la llave, o incluso que el coche pueda moverse sin usar el pedal -yo tengo esa función activada aunque mi Tesla sea un modelo más sencillo- hacen que todo sea realmente fantástico. Las cámaras y sensores necesarios para la conducción automática permiten que el vehículo sepa por dónde va. Ya en Barcelona existen recorridos de autobús sin conductor, y a la larga, todo apunta a que viviremos una experiencia similar, conducción sin intervención directa, como si fuese un tren, pero en un coche.

Conduciendo, hay decisiones que requieren de reflejos rápidos. ¿Se parecen a las decisiones que tomas cuando estás en directo?
Sí, totalmente. En directo, también necesitas reflejos rápidos, como al volante. Además, la conducción de un programa tiene sus matices: hay un subdirector, un editor en el control que sabe si entra un invitado por Skype o si alguien tiene un problema y no puede estar en el plató, información que tú no puedes gestionar estando en directo. Te van guiando por auriculares, avisándote de retrasos o cambios de tema, y ahí necesitas la misma flexibilidad y capacidad de reacción que al conducir.

¿En qué notas que ha cambiado la movilidad a través de los años?
En la movilidad eléctrica, porque además en casa apostamos por ella. Seguramente, en el futuro, descubrirán un combustible verde que hará que el motor de explosión no desaparezca del todo y que no contaminará, pero yo creo que el principal cambio va hacia aquí. También, el tener conciencia de que no estás solo, de que tú conduces por unas vías en las que hay otra gente y tienes que estar alerta. El hecho de ser padre, de tener hijos, también contribuye. Tengo un sobrino, Dani, que tuvo un accidente de moto y se quedó en silla de ruedas. Son elementos que pesan mucho en tu bagaje personal y que te hacen dar cuenta de que no es ninguna broma.

Ahora tengo hijos adolescentes, de 16 años; seguro que pronto querrán conducir y, bueno, es un elemento más de tensión porque, sí ha mejorado mucho el parque automovilístico, pero hay un exceso de camiones y, seguramente, de conductores que no son del ámbito europeo, que no acaban de controlar la manera de conducir de aquí y que aumentan el riesgo en las vías que se suelen transitar.
He viajado mucho, he estado en la India, Kenia, Vietnam y en varios países de América Latina, y sus carreteras no se parecen en nada a las nuestras. De pequeño ya notaba cambios impresionantes, por ejemplo al entrar en Navarra, porque allí las carreteras dependían de la Diputación Foral y parecía que pasaras a Alemania: el asfalto, el diseño, todo era diferente. Se nota lo importante que es que los ingenieros tracen bien las carreteras y autopistas, porque de eso depende nuestra seguridad y la vida misma.

Cuando viajamos en tren o en avión, en ocasiones, podemos observar sin que nos vean. ¿Alguna vez has encontrado ideas para un programa?
¡Sí! He abordado a posibles invitados ofreciéndoles la oportunidad de hacer una entrevista, aprovechando que coincidimos tan cerca y que era el momento ideal para plantearlo.

Preguntar cuál ha sido o es el viaje de tu vida es un clásico, pero, en tu caso: ¿Qué es lo más grande que has sentido viajando?
Me ha gustado mucho viajar a lugares sobre los que tenía que hablar por trabajo. Fui corresponsal, delegado en Madrid de Catalunya Ràdio durante la época de Felipe González, y eso me permitió cubrir muchos viajes oficiales del presidente del Gobierno a países como India, China, Japón o Israel. En algunos casos incluso prolongaba la estancia, como en Israel, para poder ver de cerca los escenarios de los que hablábamos habitualmente.
En lo personal, cada año he viajado en pareja o con la familia. Este año fuimos a Nápoles, y otros años hemos estado en Escocia, Múnich, París, Londres, Roma, Venecia, Milán o Madrid, ciudades que también me permiten fijarme en cómo se mueve el tráfico. En Nápoles, por ejemplo, van tres en una moto, la policía al lado y fumando; el claxon es omnipresente, como en India o América Latina. Allí he viajado bastante en autobús, y recuerdo también la sensación del combustible en Brasil, que olía distinto al de hoy. En Nueva York, por ejemplo, llegamos en avión y seguimos en tren; en otros países hemos alquilado coches, como con mi amigo Iñaki en California y México. Entramos en un parking en Los Ángeles con unas cuchillas que se abatían al salir y, al no entender que era la salida, pinchamos las ruedas.

Xavier, ¿Qué prefieres? ¿Un plato de pasta en el Trastévere, un goulash servido bien caliente en un restaurante casero de Budapest, una sopa de cebolla gratinada en un bistró escondido del Marais o un sushi recién preparado en un pequeño local de Shibuya, en Tokio?
La pasta, sin duda. La pasta siempre funciona, especialmente un buen plato en el Trastevere. No he estado todavía en Budapest, aunque este año casi cae como destino, pero la pasta siempre gana. Me encanta la cocina mediterránea, igual que en Grecia o en Italia, y también disfruto la comida francesa cuando estoy en París. He probado platos por todo el mundo -en Marruecos o Túnez con sus sabores magrebíes como la shakshuka, en Brasil, Argentina, Chile, Venezuela, Colombia o Nicaragua- y siempre vuelvo a algo mediterráneo. Además, he estado en Estados Unidos, Kenia, Alemania, Austria y Polonia, y en cada sitio hay experiencias únicas, pero si tengo que elegir entre la pasta romana, un goulash húngaro bien caliente servido con pan o una sopa de cebolla gratinada en París, la pasta gana por goleada.

¿Alguna vez te has metido en un lío durante un viaje?
En Jamaica, aunque no pasó nada grave. Íbamos tres amigos en taxi y unos señores se pusieron al lado del vehículo. No entendíamos bien lo que decían, así que lo mejor fue mirar al frente y esperar a que el taxi cambiase de ruta, porque la situación no pintaba nada bien. Aun así, en general no he tenido problemas viajando por el mundo; la prudencia siempre ha sido mi característica principal: nunca me meto en líos.

¿Cómo es Xavier Grasset cuando se pone en “modo avión”?
Esto casi no sucede, porque estoy hiperconectado, siempre pendiente del móvil. Mi familia se queja: ¿Cómo vamos a decirles a los niños que no miren el teléfono si su padre está todo el día revisando el último push, la última noticia, a qué hora comparece tal persona, cómo me ha funcionado esto? Aun así, intento darme algunas horas de desconexión. Tres cosas me ayudan a no estar tan pendiente del móvil: ir al teatro, porque durante esas dos horas no puedo mirar nada y es totalmente salvífico; viajar en avión, que suele ser un buen momento de descompresión; y pasar tiempo en el campo haciendo trabajo físico, como coger una azada o unas tijeras de podar. Cambiar de actividad, dedicarme a algo manual y físico, realmente me oxigena y me permite entrar en modo avión aunque el móvil siga conmigo.

Si pudieras escoger un personaje de toda la historia, esté vivo o no, para hacer un largo viaje, ¿Quién sería?
Hombre, Jaume I, el conquistador. Me gustaría acompañarle. Mi hijo se llama Bernat porque Sant Bernat Calvó, jurista, fue asesor del rey Jaume I en sus conquistas de Mallorca y Valencia, así que igual me habría gustado ocupar el papel de Sant Bernat o sumarme a esa tropa. Tiene que ser un cambio realmente impresionante. Salieron de las costas de Tarragona, de Salou, y llegaron a Calvià y Mallorca, donde expandieron un modelo turístico que sigue presente a día de hoy, tanto en Calvià como en Salou.

Si tuvieras que comparar esta charla a una forma de conducir: ¿Cuál sería?
Una conducción segura, plácida y agradable. Esta conversación es justo eso.

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