Recordando los consultorios de Elena Francis y Montserrat Fortuny



Articulo publicado en Bereshit: la reconstrucció de Barcelona i altres mons deEnric H. March el 4 de octubre de 2012.

Elena Francis
Durante la posguerra, la España negra retratada por Goya, Gutiérrez Solana o Buñuel, aquella España miserable y analfabeta que a golpes de crucifijo y de alzamientos militares apartó una buena parte de la población del Humanismo y de la Ilustración y que convirtió el país en el rincón folclórico de Europa, tuvo su continuidad en la radio y en el quiosco vestida de cultura popular. Por un lado, El Caso (que tan bien nos ha descrito Sícoris) se convertía en el máximo exponente de la crónica negra, que los periódicos convencionales adscritos a la Prensa del Movimiento encargaba de abrillantar para hacernos creer que vivíamos en un país normal. Por otro, las radionovelas perpetuaban los dramas de los folletines y la literatura de caña y cordel, y los consultorios sentimentales y de belleza ponían capas de maquillaje a la realidad diaria de miles de mujeres que pedían consejo para justificar unas vidas con poco margen de maniobra, dentro de una sociedad profundamente machista que les daba el matrimonio y la maternidad como únicos valores y esperanzas.

En este contexto de posguerra, en noviembre de 1947 nacía el Consultorio de Elena Francis, un espacio radiofónico dirigido al público femenino, que se estructuraba alrededor de la correspondencia que dirigían las radioyentes a una supuesta experta, Elena Francis, que contestaba las dudas, consultas y confidencias que se planteaban. Las consultas iban desde temas estrictamente domésticos, como cocina, jardinería, salud y belleza, hasta los problemas que gozaban de una mayor expectación y dramatismo: los sentimentales y los psicológicos.

La idea del consultorio la inspiró Francisca Elena Bes, que pertenecía a una familia con negocios en el mundo de la cosmética, propietarios, junto con su marido Josep Fradera, del Instituto Francis y los laboratorios del mismo nombre. Situados inicialmente en la calle Pelayo, 56 (Barcelona), se trasladaron los años 60 en la Ronda de Sant Pere, 18, en el edificio diseñado por el arquitecto Nilo Tusquets, donde continúa todavía hoy. El nombre Elena Francis proviene de invertir el apelativo familiar de la empresaria.

El consultorio comenzó las emisiones en Radio Barcelona, ​​desde donde emitió hasta 1966, y posteriormente pasó a Radio Peninsular y en Radio Intercontinental, hasta la cancelación del programa, en 1984, por baja audiencia. Algo había cambiado en el país. La educación y la bonanza económica había transformado los intereses y las aspiraciones del público potencial, a pesar de que las revistas del corazón continuaban teniendo un público fiel que se reflejaba en las vidas, los vestidos y las casas de los famosos, que inspiraban ilusiones y esperanzas desde las pantallas del cine o desde las cortes reales europeas y orientales, llenas de princesas glamorosas: Soraia, la «princesa de los ojos tristes», repudiada por Sha de Persia, que después se casó con Farah Diva; Grace Kelly, casada con el príncipe Rainiero de Mónaco; Rita Hayworth, segunda esposa de Alí Khan, príncipe de los ismaïlitas; o Fabiola, hermana del desheredado Jaime de Mora y Aragón, que se convirtió en reina de los belgas cuando se casó con Balduino. Espejos donde se reflejaban la mediocridad y los sueños.

Del consultorio de Elena Francis, en la memoria popular ha quedado, sobre todo, la sintonía del programa: el Indian Summer, de Victor Herbert, que en la radio sonaba en la versión de André Kostelanetz, con una letra adaptada al contenido del consultorio. Y al igual que la música, en el recuerdo queda la voz de la locutora Maruja Fernández, que después de María Garriga y tres locutores más fue la voz de Francis de 1962 hasta el último día.

Inicialmente, las respuestas a las consultas (unas siete en cada emisión diaria) eran redactadas por un equipo de guionistas, pero a partir de 1966 se hizo cargo el periodista y crítico taurino Juan Soto Viñolo. Elena Francis no sólo no existía sino que era un hombre. La noticia se hizo pública en 1982 cuando Gerard Imbert publicó Elena Francis, un consultorio para la transición. El descubrimiento causó una gran conmoción en muchas mujeres, tanto por el hecho de no existir como por el hecho de haber puesto su intimidad a manos de un hombre. De todos modos, el programa ya era un moribundo y dos años más tarde pasó a mejor vida. Desmantelado el espacio, el material desapareció de la emisora, hasta que una parte de las cartas y algunos guiones fue encontrados en Can Tirel, una masía de Cornellà de Llobregat propiedad de la familia Fradera: 70.000 documentos del período comprendido entre 1951 y 1972, y que desde 2007 están en el Archivo Comarcal del Baix Llobregat.

Las sorpresas, sin embargo, no acaban aquí. A mediados de la década de 1990, la amiga de una amiga (lamento no recordar su nombre) estaba haciendo su tesis de antropología sobre el consultorio de Elena Francis (gracias a ella tengo grabados en una cassette algunos programas, entre ellos el último, emitido el 1 de febrero de 1984). Poco después, conocí Juan Soto Viñolo, que hacía poco que había publicado Querida Elena Francis (Barcelona: Grijalbo, 1995). Por cuestiones profesionales editoriales tuve la oportunidad de compartir experiencias y confidencias radiofónicas con él.

Tanto la investigación de los materiales para la tesis con el mismo Juan Soto confirmaron que el gris de los consultorios escondían más de una tragedia. Cientos de cartas nunca fueron emitidas por antena. Muchas, porque no tenían suficiente interés y había que hacer una selección; otros, porque su contenido reflejaba absolutas tragedias: maltrato físico y psicológico, acoso, violaciones, incestos y embarazos no deseados a causa de estos abusos (muchos de estos casos venían de Galicia, lugar donde el estupro con la hija siempre ha sido elevado, por causas diversas); dramas personales y familiares diversos, y delitos de todo tipo que testimoniaban que la realidad es aparente… excepto para quien la vive y la padece.

Pero deberíamos esperar hasta 2008 para que Pietat Estany, que trabajó durante ocho años en el consultorio radiofónico de Elena Francis, nos lo explicara en el libro Estimadas Amigas. El último escrito de una Doña Elena Francis silenciosa y silenciada (Barcelona: Dèria Editors / RBA, 2008). Pietata Estany fue la encargada, durante este tiempo, de contestar por escrito las cartas que no pasaban la selección del programa; ella fue la encargada de dar consuelo a las voces que gritaban auxilio, y ahora su relato nos ayuda a reconstruir un escenario que, todavía, está lleno de huecos, de sombras y de oscuridad.

Montserrat Fortuny
Pero en casa éramos más del otro consultorio que rivalizaba con la Francis, el Consultorio femenino de Doña Montserrat Fortuny, de Radio Reloj de Radio España (EAJ 15), que más tarde se convertiría Cadena Catalana. Las razones son históricas, como veremos, pero había una que nos llamaba la atención: el patrocinador del programa era Laboratorios Eupartol (después LRT, de Laboratorios Ricardo Trilla), que tenían su sede en la calle Xifré 48 (entre Provenza y Mallorca), en el barrio del Clot de Barcelona, ​​justo al lado de casa.

Tiempo después, cuando derribaron el edificio, aquel solar se convirtió en un descampado de desechos de los laboratorios, que despertaron la curiosidad de los niños que íbamos a jugar. Los laboratorios producían medicamentos y material de ginecología y obstetricia, como pudimos comprobar inspeccionando los restos, entre ellas pinzas umbilicales, nuevas y usadas. Usadas significa que había con restos de tejidos, no sé si de bebés o de quién sabe qué animales, que seguramente servían para comprobar la fiabilidad del instrumental de una empresa que se anunciaba en la radio con una voz que decía: «Eupartol alivia el dolor de los problemas de la mujer».

El consultorio de Montserrat Fortuny tiene sus orígenes en el Consultorio femenino de belleza Eupartol, que Radio Barcelona emitía en 1935 en el programa Radiofémina. El año siguiente el consultorio pasa a Ràdio Asociació de Catalunya, que después de la guerra sería reconvertida en Radio España, «la emisora ​​de las Ramblas». Y sería en 1945 que el consultorio tomaba el nombre de Montserrat Fortuny.

Montserrat Fortuny era un seudónimo, pero detrás se escondía una persona real: Emilia Saez de Tejada, esposa de Ricard Trilla, dueño de los laboratorios. De todos modos, quien ponía la voz y la presencia en la radio fue, durante muchos años, la actriz Mercedes Laspra (Asturias, 1915) hasta que cuando se jubiló (1981) la sustituyó Carmen Nubiola.

El consultorio de Montserrat Fortuny terminó también en 1984, pero por alguna razón no ha generado la misma expectación que Elena Francis. Es posible que la discreción de los trabajadores de la radio y la prudencia y el control de los laboratorios haya hecho que no se extendiera hacia leyenda sobre el contenido de las cartas. La emisión local del consultorio también habrá ayudado, aunque esto no quiere decir que no haya una Catalunya negra. No se han escrito libros, ni tesis, y la pervivencia resto sólo en la memoria sin hacer mucho ruido.

A muchos de nosotros, sin embargo, nos dejó el recuerdo imborrable de sintonía y de alguna de las cuñas musicales. El carácter oral de la radio ha propiciado la retención memorística de canciones, anuncios y de las voces de los locutores. La sintonía la podemos tararear, pero no sé el nombre; parece un vals. Otra sintonía del programa era la Marcha del Coronel Bogey, la melodía militar británica que los soldados del coronel Nicholson silbaban cuando desfilaban en la película El puente sobre el río Kwai. Pero sobre todo, nunca he olvidado una canción encantadora que me emociona de forma totalmente irracional, el Dichas-moi, de Ngan y Jorome, de la película South Pacific (1958).

Ignoro si ahora hay consultorios sentimentales en la radio. Me da igual; osaría escucharlos. Durante la infancia aquella narración tenía el mismo valor de ficción que las radionovelas. El tiempo nos ha hecho descubrir que aquellos relatos no eran ficción que la realidad de la calle y eran la consecuencia natural del ambiente histórico y social en que vivíamos. Y nuestras madres lo sabían, claro.

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