Rafa Latorre (Onda Cero), el periodista que no se cree nada: «Puede que llamarnos zoquetes desde un ministerio nos aporte un prestigio que habíamos perdido»

Rafa Latorre

24.4.2026.- Esther Mucientes le ha entrevistado para elmundo.es: Desde hace cuatro años (y cinco temporadas), Rafa Latorre es la voz de La Brújula, uno de los programas más longevos de la radio. Por él han pasado los grandes periodistas y locutores de ahora. Este periodista, primero cronista, después columnista y ahora locutor y director es de los más escépticos de hoy en día. Dudar de todo es su sello.

La primera crónica que Rafa Latorre, hoy conductor y director de La Brújula de Onda Cero, escribió en un periódico -El diario de Pontevedra- era sobre una exposición de castillos de arena en Boeu. Se la recordamos antes de comenzar la entrevista y sus ojos delatan lo que nos confesará después: «Lo que más echo de menos del periodismo escrito es la crónica: ver, oír y contar. ¿Qué puede haber más libre que esto?».

Porque si Rafa Latorre pudiera «coger el Delorean de Regreso al futuro» y visitar a aquel chaval que se convirtió aquel verano en el becario que cubriría toda la información de la localidad gallega le diría: «Si me leyeras ahora mismo no me entenderías o probablemente me despreciarías, pero mira, todo lo que he opinado, que han sido cosas muy distintas a lo largo de mi carrera, lo he hecho desde la libertad y desde el convencimiento. Nunca he dicho nada de lo que no esté convencido. Jamás. Y eso es la libertad».

Fue el 1 de septiembre de 2022 cuando Rafa Latorre se colocó frente al micrófono por el que antes habían hablado Juan Ramón Lucas, Carlos Alsina, Victoria Prego o Concha García Campoy. Desde su llegada, el programa ha experimentado un notable crecimiento de audiencia. En el último Estudio General de Medios (EGM), publicado la semana pasada, La Brujula superó los 550.000 oyentes, creciendo en un año un 38%.

Aquella tarde, en la que acababa el periodo estival, cuando en el estudio de La Brújula se encendió la luz de En el aire fue la primera vez en la carrera radiofónica de Latorre en la que se notó «nervioso». Creía que lo iba a asumir con «más tranquilidad», pues la radio no era nada nuevo para él -con 27 años fue subdirector del programa Protagonistas de Luis del Olmo-, pero volver a ponerse al frente de un equipo, de un programa con tanta historia, con tantas voces sobre sus espaldas le llevaron a vivir una sensación inédita para él en esto de las ondas. Le duró poco, dice que que lo mismo que duró La Portada de aquel programa. Eso sí, cuando aquella noche se apagó el micrófono deLa Brújula Rafa Latorre sintió que no acababa de hacer un programa «sino una temporada entera», y pensó con cierto escalofrío, «mañana hay que hacer otro».

El fichaje de Rafa Latorre para ponerse al frente de La Brújula no fue una cosa de la noche a la mañana. Se fue cociendo lentamente, «trabajándolo durante bastante tiempo». Cuando le llega la oferta, LaTorre tenía «algunas dificultades» que había que superar. «Tenía una vida maravillosa, estupenda; era el gestor de mi propio tiempo , hacía lo que me daba la gana, porque la vida del colaborador es fabulosa, y no me daba vértigo dirigir un programa, sino dirigir de nuevo un equipo». Y aquí Rafa Latorre es muy claro: «Ya no era dueño únicamente de mis propios errores, sino que mis errores iban a influir en otros y los errores de otros en mi». La suerte es que dio «de forma azarosa» con un equipo «tan excepcional que nunca he trabajado con uno igual».

Desde entonces, cada tarde a partir de las 19.00 horas Latorre, ya sin los nervios de aquel primer programa, hace una radio que, seguramente, por su ADN de entregado cronista, necesita que esté esté en constante movimiento. De hecho, le pone tener que levantar una escaleta porque «cuando un programa funciona mejor es cuando algo trastoca los planes iniciales y tienes que tirar mucho trabajo que has hecho previamente, pero, ¡bendito sea!, porque eso indica que estás vivo».

«El esceptismo tiene que ser una cualidad inherente al periodista, a cualquiera, aunque luego tengas tus sesgos. Pero tienes que tener una posición de dudar de todo lo que se te está ofreciendo»

Desde el minuto uno se sintió cómodo porque La Brújula es «el programa ideal porque no tienes que inventar nada, sólo tienes que hacerlo tuyo y eso lo haces desde el micrófono». Sus directrices no son otras «el programa que haces cada día».

«Hay que dejar un margen de incertidumbre», nos dice, probablemente muy relacionado con una de las características de Latorre, su esceptismo ante todo y ante todos. «El esceptismo tiene que ser una cualidad inherente al periodista, a cualquiera, aunque luego tengas tus sesgos. Pero tienes que tener una posición de dudar de todo lo que se te está ofreciendo», asegura. De ahí, que cada tarde incite al oyente a que valore que sus prejuicios pueden estar equivocados, evitando alimentar cámaras de eco. En sus monólogos de La Brújula, suele desmenuzar las estrategias de comunicación política y las contradicciones de los discursos públicos desde una posición de incredulidad preventiva.

Concibió su llegada a La Brújula, sin olvidar nunca el legado de sus predecesores, «casi pensando en que iba a ser un reality informativos». Es decir, «que no le íbamo a ocultar al oyente cómo éramos». A lo que se refiere es que si una tarde el equipo de La Brújula está cansado de la actualidad, «vamos a transmitirle al oyente ese clima emocional que está rodeando el programa, porque es la única manera de crear una atmósfera en la que ese oyente se sienta cómplice».

Siempre pensó que La Brújula tenía que ser «el lugar donde quieres estar·. Un lugar «acogedor» en el que «pones la radio y el que está al otro lado es alguien al que le gusta estar contigo, unos amigos con los que comentar la actualidad, con los que disentir, con los que discrepar y con los que a veces coincides y otras veces no».

Asume que «la radio tiene una memoria muy corta» y que cuando uno se va y apaga el micrófono al segundo programa «es como si nunca hubieras estado». Pero esto, al periodista que nunca se cree nada, le gusta, porque si la memoria de la radio es corta, el legado es eterno. Habla de Juan Pablo Colmenarejo, uno de los directores del programa en estos 30 años, y habla de Carlos Alsina, desde hace 10 años al frente de Más de Uno, del que asegura «fue una especie de refundador de La Brújula, en la medida en la que Felipe González lo fue del PSOE».

«Aquí he venido yo durante los años que sean, pero ustedes van a encontrar su casa», sentencia. Y es que Rafa Latorre siempre quiso darle continuidad a La Brújula, pero poniendo su sello. Porque desconfía de lo que considera «un vicio de nuestra generación -tiene 45 años-, que es esto de llegar y querer creer que vas a reinventar todo»: «El adanismo es terrible».

¿Qué tiene la radio que no tiene la prensa escrita?
A la radio nunca he ido a hacer un programa ni cansado, ni descontento, ni triste. No debería decirlo, pero la radio es lo menos parecido a un trabajo que he tenido jamás. Lo disfruto cada minuto. Me siento seguro dentro del estudio. No veo un entorno de amenaza sino que la radio me ha dado una conexión con los oyentes que yo no he percibido en ningún otro medio.
Esa conexión va más allá que una voz y alguien escuchando al otro lado. Hace unas semanas, nos cuenta Latorre, iba por la calle y una mujer se le acercó -«se llama Gloria»-. Y aquella mujer le dijo: «Vengo de recibir una noticia buenísima y quería compartirla contigo porque he pacedido momento terribles con un cáncer de páncreas y quería decirte que ha salido todo bien y que me habéis hecho muchísima compañía en esos momentos». «Me desarmó», confiesa Latorre. «Al final es que hacemos radio para eso», añade.

¿Y el periodismo escrito que no tiene la radio?
El periódico es otra cosa. Es un trabajo más intelectual en el que hay más distancia necesariamente con el lector. Tú puedes interpelar al lector, pero difícilmente el lector se puede sentir interpelado. He hecho muchas cosas de menos del periódico -sigue como columnista en EL MUNDO-, pero si dejase de hacer radio sería enormemente infeliz.

¿Eres de los que crees que el periodismo está en uno de sus mejores momentos?
Sí. Yo me siento muy orgulloso de mi periódico y lo digo siempre. Creo, además, que hay algo muy alentador en el hecho de lo que mejor funcione es lo que mejor hecho está. El periodismo es como el teatro, su sino es pasarlo mal y decir que estás en crisis. El teatro lleva en crisis desde Esquilo y el periodismo nunca va a salir de la crisis, pero creo que nos hemos curado de nuestras afecciones de 2008 y que ya no vamos por la vida lamentándonos de nosotros mismos.

¿Y los periodistas?
Sabíamos que el momento en el que periodista viviría asediado por el feedback iba a llegar, pero creo que hay mucha pluralidad. Hay muchísima gente capaz de vencer el vértigo a la respuesta. ¿El ambiente es intimidatorio? Sí. Siempre va a haber gente que quiere intimidar, pero se puede vencer. Sé que la víctima es el héroe y el mejor reclamo de nuestro tiempo, pero los periodistas no somos víctimas. Tú vas a vivir presión y tienes que vencer la presión.
Con su respuesta Rafa Latorre no está negando la realidad: «El poder político se ha desinibido completamente. Ahora tenemos a ministros llamando zoquete a un periodista, pero eso le hace más daño a la política que al periodismo. Puede que llamarnos zoquetes desde un ministerio nos aporte un prestigio que habíamos perdido».

En estos cuatro años, ¿Cuál ha sido la entrevista más dura y el programa más duro?
La entrevista más dura fue a Óscar Puente. Llamó su equipo porque quería entrar en el programa cuando informamos acerca de la auditoría de transportes con las amigas de Ábalos. Yo sabía que iba a ser una entrevista dura porque el mensaje que nosotros recibimos era un mensaje desafiante. Tuve que prepararme muy bien, pero a veces en esos momentos de tensión es cuando uno da la mejor medida de sí mismo. Revisada aquella entrevista creo que tuvo mucho valor y que conseguimos que el personaje se retratara a sí mismo. Es que yo no creo en las entrevistas a cara de perro. Me hace mucha gracia cuando los oyentes dicen eso de «salió vivo».

¿Esto se dice más ahora que antes?
Sí, porque ahora quieren que les mates (risas). Hay gente que concibe los medios como lugares de salvación política. Te ven como si fueras el pelotón de soldados que va a salvar la civilización. Nosotros tenemos una responsabilidad muy grande, pero una fuerza muy limitada. Una aproximación más agresiva no te va a garantizar un mejor trabajo; una entrevista amable puede ser incluso más desarmante. Aquí también entra en juego la vanidad.

¿La vanidad?
Sí, la vanidad de los que se piensan que lo importante de la entrevista es cómo han estado ellos y no el entrevistado. Es decir, lo que el oyente saca de ellos y no del entrevistado. Y eso es una perspectiva aberrante. El importante es el que viene, es al que tú tienes que extraer la información y el que la gente te vea a ti más heroico es pura vanidad.

¿Crees que eres el periodista con el que soñabas ser?
Voy a pensar en el chaval que publicó aquella crónica de los castillos de arena. Escribo en el periódico que leía y hablo por la radio que escuchaba, por tanto, si no soy el periodista que soñaba ser, se parece mucho.

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