Federico Jiménez Losantos (esRadio): “Los periodistas y los políticos somos enemigos”

Federico Jiménez Losantos

Retrato de un caballero. La reproducción de ese cuadro domina el despacho hasta que entra Federico Jiménez Losantos. Al término de Es la mañana en esRadio, el locutor no empuña espada alguna, sino su termo habitual. Se hace tarde con las preguntas de Eduardo Fernández para El Mundo, diario que da voz cada semana a sus  comentarios liberales. Por ejemplo, podría desviarse la charla hacia las ficciones de televisión -Jiménez Losantos domina incluso el catálogo de series rodadas en Europa del Este-, pero se centra en cómo suena la realidad española a través de la radio.

Dice que falla el EGM.
Hay un dato más representativo: las descargas. El año que viene van a comenzar a medirlas. ¿Por qué no lo hacen ya? Por la corrupción. No hay tantos millones de personas escuchando la radio. No es verdad que haya cinco millones oyendo la SER. Eso significa que hay 15 millones de personas oyendo la radio cada mañana. Eso es falso rigurosamente. El dato se multiplica por un acuerdo con las centrales de medios. Hay una omertà conveniente para todos menos para los nuevos, a los que les van admitiendo poco a poco. Además, hay animadversiones, y yo toda la vida he dicho que el EGM es una porquería. Ojalá tuviéramos mediciones de verdad.

¿Cuánta esRadio hay más allá de internet?
Tenemos 70 emisoras. Pero, de esas adjudicaciones, sólo tenemos una frecuencia en Madrid y cinco en Galicia. Lo demás viene de contratos de explotación con unas 60 emisoras más: en Sevilla, Castilla y León, Galicia, Zaragoza, Valencia… En los acuerdos con las emisoras locales, ellos ponen la información y se llevan la publicidad local, y nosotros la nacional. Con la crisis, se vendieron muchas cadenas locales.

¿Se ha desincentivado el desarrollo en internet de la radio y la televisión para mantener un sistema de adjudicación de licencias que posibilite cierta presión gubernamental?
Absolutamente. En España está prohibida la propiedad privada de televisiones y radios. Es siempre una concesión temporal del poder político, que se ha reservado un control dictatorial sobre las concesiones. Con la creación de grandes grupos multimedia se ha llegado a una alianza nefasta, entre los multimedia y los multigobierno. Se han hecho concentraciones clamorosamente ilegales, mediante prevaricación continuada. La absorción de La Sexta por Antena 3 es un caso de prevaricación descarada; ya lo fue la de Cuatro por Telecinco. Y antes se permitió el antenicidio: la segunda cadena [SER a través de Prisa] compra la primera [Antena 3 Radio] y la cierra. Queda una libertad disidente, pero es un pésimo negocio: te cuesta Dios y ayuda, no es tuya, te la pueden quitar, te persiguen, te  discriminan… Para eso invierto en chirucas. Con Franco, el Estado controlaba una televisión y una radio; ahora, las controla todas. Esto es una dictadura matizada por la corrupción.

Cuando se adjudicaron licencias de televisión locales en la Comunidad de Madrid, Enrique Cerezo obtuvo 10, la Iglesia cinco; usted, cuatro…
¿Y a la SER, que ya tenía Localia y la Cuatro?

En esa ocasión en concreto no le concedieron nada.
La televisión local ha sido una ruina; también para nosotros (…) Tuvimos que vender las televisiones porque cambiaron el régimen de publicidad después de concedernos las licencias. Y todos tuvimos que cerrar. La pauta publicitaria [única] servía a las pequeñas para sobrevivir con la publicidad de las grandes [con interrupciones publicitarias negociadas y emitidas conjuntamente].

La pregunta es: ¿se benefició el grupo que lidera, Libertad Digital, del reparto de licencias en la Comunidad de Madrid, por mayor afinidad ideológica?
Evidente. En el momento en el que estableces que el poder político da las licencias, se acaba la libertad y entras en un grado de complacencia. Pero el único concurso fructífero para Libertad Digital ha sido el de las radios en Galicia, sin que yo hablara con Alberto Núñez Feijóo, ni antes ni después. Lo hicieron porque no éramos ni socialistas ni nacionalistas. Yo soy un disidente de lujo, un marginal de lujo. Cuando tenía más poder ya me machacaron lo suficiente.

En una de las entrevistas de esta serie, al respecto de lo que ha llamado ‘antenicidio’, en los primeros años 90, Iñaki Gabilondo se preguntaba por qué Antena 3 Radio se puso a la venta. ¿Quiere responderle?
No se quiso vender: Banesto, a través de Mario Conde, le ofreció a [Jesús de] Polanco y a [Antonio] Asensio a través de Felipe González pagar lo que fuera por cerrar su competidor. [Javier] Godó necesitaba dinero. Conde pone el dinero de Banesto al servicio de Polanco para comprar Antena 3 y cerrarla. Además les regala el edificio de Gran Vía. En una operación de corrupción se cierra la única voz disidente que había en la radio. Gabilondo fue el primer beneficiario. Antena 3 Radio ganaba dinero y no estaba a la venta.

Vender, vendieron…
Ilegalmente. El Supremo lo condenó. [Javier] Godó tendría que haberlo comunicado al mercado. No vendieron: fueron raptados. Era plata o plomo. Y Godó dijo plata. No fue una compra, sino un atraco. Y, cuando el Supremo dio la orden de que la SER devolviera las emisoras, no lo hizo. Prisa, lo que roba, se lo queda.

‘Carmena, tienes que hacer esto’; ‘Mariano, eres lo otro’… ¿De dónde viene ese estilo directo que maneja?
Lo inventa [José María] García para el deporte, cuando decía lo de Pablo, Pablito, Pablete, pero luego lo aplica Antonio Herrero. A él le daba por la imprecación directa y a mí por hacer neologismos, sobre todo porque, como la izquierda presume de culta y son medio analfabetos, me divierte machacar su incultura. El presente directo lo inventa Antonio Herrero y tiene una función: que la gente que tiene miedo se sienta representada por alguien que no tenga miedo o que, si lo tiene, se lo guarde. El desvalido se identifica con el que se enfrenta solo al poder. Ya no es estar de acuerdo o no, sino identificarte con el que se enfrenta al poder.

¿Cómo acaba la radio clásica?
Carlos Herrera y yo somos los últimos. La radio es el elemento de referencia en la creación de opinión de España. Es el único país donde sucede. Ha tenido más inversión que nadie, se modernizó a la primera, fue pionera en meter periodistas de prensa… La televisión tiende a la dualidad y el bloqueo. La radio tiende a la dispersión de opiniones, que es lo natural. Un cierto caos hace que la sociedad siga funcionando.

Con 65, ¿sabe vivir sin radio?
Perfectamente. Para mí es una extensión de mi actividad intelectual. En los medios descubrí la posibilidad de defender una serie de valores a un nivel popular, que es a lo que aspira cualquier intelectual, pero resulta difícil no quedarte con el personaje público, no convertirte en un marhuinda [ficción entre Francisco Marhuenda y Eduardo Inda]. Dependerá del físico. Yo sigo siendo el niño que tenía la obligación de ser y estudiar lo que mis padres no habían podido. Con los años, ves que ese superyó sigue vivo y es lo que te mueve. Podía dedicarme a hacer haikus en mi pueblo, pero voy a ver lo que duro. El primer día que alguien en mi casa me diga: ‘Yo creo que es el momento de que lo dejes’, lo dejaría.

¿Qué físico exige el micrófono?
Tengo buen ADN y la suerte del biorritmo diurno. ¡Mi abuela vivió 107 años!

Aseguran que se cuida.
Me cuido mucho, soy abstemio, no fumo… Voy al fisio un día a la semana. ¿Deporte? Aquí no puedes, porque enseguida quieren hacerse un selfie. Que te hagan un selfie sudando es una cosa lamentable. El selfie es una agresión continua.

Le interrumpe al turolense una llamada gratificante. “Dos libros italianos sobre los mencheviques”, se excusa contento. Prepara el volumen Memoria del comunismo (La esfera de los libros), después de que, en una revuelta de cajones propiciada por una gotera, se reencontrara con unos ensayos que daba por perdidos. El libro no obvia, sino que aprovecha, su propio camino ideológico desde la izquierda. “Yo pierdo la fe, se muere mi padre y me hago del Partido, con 16 para 17”, recuerda.
Reordenaron sus coordenadas Aleksandr Solzhenitsyn, con su Archipiélago Gulag, y una joven china a la que escuchó cantar en castellano “al atardecer en las afueras de Pekín”. Jiménez Losantos viajó allí en 1976, con tour incluido por un campo de reeducación en el que, al parecer, algo de él quedó atrapado para siempre. Entona con nostalgia aquella copla republicana, Puente de los franceses, y cuenta: “Creía que me iría con esa mujer al día siguiente”.

Poco después, del 78 al 80, escribe en ‘El País’, diario que luego ha tachado de “liberticida”. ¿Cambió ‘El País’ o cambió Jiménez Losantos?
El País era totalmente distinto, tan distinto que publica un domingo una doble página con un capítulo de mi primer libro, Lo que queda de España, un libro que critica a la izquierda por haber perdido la idea nacional de España. Era la primavera del 79, en la época de oro de El País y yo el niño mimado de Javier Pradera.
El País defendía una línea españolista liberal. Cambia al sacar su edición catalana; entonces, liquida todo lo que era antinacionalista.

¿Qué desencadena la salida?
Una pelea con [Fernando] Savater. Me había convertido en un símbolo desagradable. Para sacar la edición catalana, hicieron la purga. Me fui a Diario 16. Me llamó [Fernando Sánchez] Dragó. Llegaba Pedro J. [Ramírez], que me abduce y me pone de jefe de Opinión tras el atentado del 81 [terroristas de Terra Lliure amordazaron y dispararon en una pierna a Jiménez Losantos].

¿Ha vuelto a esos lugares?
No soy morboso. Volví un par de veces a Barcelona, pero ya no voy. Cuando se desnazifique, volveré. Hace años estuve de nuevo para enseñar dónde vivía [carrer d’En Robador, acaso la calle menos enseñable de la ciudad].

También dejó ‘ABC’. En su libro ‘El linchamiento’ señala a José Antonio Zarzalejos como responsable.
Propugnaba aceptar la legitimidad de Zapatero. La COPE, El Mundo y luego Libertad Digital manteníamos que había que buscar la verdad del 11-M. El ABC de Zarzalejos se enfrentaba todas las mañanas con la COPE, la radio que oían todos los lectores de ABC [y en la que trabajó Jiménez Losantos de 1993 a 2009]. Él hacía el trabajo sucio de la derecha. Yo había estado 10 años en ABC, así que este chico que venía de El Correo no podía darme clases de ABC, y menos para que el PP se convirtiera en marca blanca del PSOE. Es una operación política que culmina con el juicio que me pone Alberto Ruiz-Gallardón con el respaldo de todos los medios, menos El Mundo.
Ocho años han pasado para que el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo me dé la razón. Hace unos meses, me mandó un mensaje Gallardón, a través de Inda, para hacer las paces… Antes, que me pida perdón públicamente.

¿Cuántos pleitos tiene abiertos?
Ninguno.

¡Pero si Carolina Bescansa anunció públicamente su demanda!
Ahora que la han echado de la política no sé si sigue la demanda. [El comisario José Manuel] Villarejo presenta algo cada semana. Me manda mensajes… que quita las demandas, pero que cenemos. Yo no ceno con él.

Por el ‘caso Lezo’ han salido a la luz supuestas presiones de periodistas a políticos. ¿Son habituales?
El fondo es cierto, pero no puedes publicar cosas filtradas si no te dan la conversación completa. Con Felipe González nos grababan a todos, pero la Policía tenía la obligación de transcribir la llamada íntegra y pasar la grabación al juez, así que yo siempre metía algo que sabía o me inventaba: ‘Por cierto, ¿te has enterado del último escándalo de Narcís Serra?’ o ‘Es mucho más grave lo de Felipe’. Así borraban todo. ¿Por qué Cristina Cifuentes dice que no la han presionado? Porque el partido no quiere admitirlo. Mauricio Casals [presidente de ‘La Razón’] es parte del poder del PP; es Soraya. Todo es un problema entre familias.

Ha llamado a Albert Rivera “papanatas de provincias”, un político al que había respaldado. En su día también apoyó al PP, posteriormente blanco de sus críticas, por no hablar del PSOE o de Podemos. ¿Ha minado así sus fuentes en el poder?
La idea de que el periodismo depende del poder político como fuente es nefasta, una mala costumbre que viene de la Transición. Con lo que eran fuentes y ahora filtraciones, nos estamos cargando las garantías básicas de un Estado de derecho. Hay políticos que tienen jueces que a su vez tienen medios, o policías corruptos que son fuentes de periodistas que publican lo que les pasan. No puede ser que alguien, a quien digan que van a imputar, se convierta en apestado. Creas un régimen chequista. No puede ser que La Sexta sea la que detiene a los imputados (…) Eso de que periodistas y políticos están en el mismo bando… No. Somos enemigos.
Jamás he entrevistado a un etarra ni a uno de Podemos. Son criminales o los apoyan.

¿Rechazaría una entrevista a Pablo Iglesias?
Una vez me lo encontré y le dije: ‘Me recuerdas a mí cuando era un gilipollas’. Con una diferencia: yo no era una mala persona y él si lo es, por estar apoyando a los terroristas.

‘La casta política se entiende perfectamente con la casta mediática’. ¿Autor de la frase?
Podría ser yo [efectivamente].

Parece dicha por Iglesias.
No, porque él ahora es casta. Por eso ahora habla de la trama. Iglesias sí ha entendido lo mismo que entendí yo: hay que estar en los medios para transmitir tus ideas. La comunicación es la política moderna. En un régimen de opinión pública que pasa por las urnas, o estás en los medios o no existes. El único grupo que lo ha entendido es el de Podemos. La derecha no lo entiende; no le cabe en la cabeza que es más importante un ‘telediario’ que un decreto ley.

¿Quién es Lucía Pariente?
¡Hombre! La madre de Alba [Carrillo, modelo y participante del programa Supervivientes].

¿Ve más ‘Sálvame’ o ‘El objetivo’?
Nunca he visto ‘El objetivo’ (…) De ‘Sálvame’ veo trozos, porque hacemos ‘crónica rosa’ en el programa.

¿Qué interés tiene?
Es muy entretenida, porque crea personajes disparatados, absurdos, alguno conmovedor, que te dejan atónitos. Como no hacen daño a nadie, porque no te tocan los impuestos ni te meten en la cárcel…Ellos mismos se consumen.

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