Àngel Casas (ex Radio Barcelona): «Asumo que pasaré a la historia de la tele por los ‘striptease’ y no me parece mal»



Ángel Casas. Foto: Jordi Soteas

Àngel Casas. Barcelona, 1946. Ha firmado algunas de las mejores entrevistas jamás hechas en la tele española, aunque se le recuerda sobre todo por colar stripteases en los minutos de oro. Ya jubilado, ahora se dedica a escribir cuentos. Le ha entrevistado Javier Blanquez para El Mundo.

  • Esta entrevista teníamos que haberla hecho en diciembre, pero se canceló porque le ingresaron en el hospital. ¿Cómo está de salud?
  • Bien, bien. Si no ahondamos demasiado, va bien. Ahora, si vamos al detalle, entonces…
  • Se jubiló hace cuatro años. Llevará bien lo de no tener que trabajar, imagino.
  • La vida de jubilado es perfecta, tendría que haber nacido ya con la jubilación. Controlo mi tiempo como quiero. Hasta hace poco no podía. No he dejado de ser periodista, escribo libros y un artículo a la semana, catálogos para alguna exposición. Me distraigo… pero siempre decido yo.
  • ¿En qué emplea más el tiempo?
  • Mi idea es escribir una novela por año, como Woody Allen hace una película al año. Tengo mucho material iniciado. Mi último libro de cuentos lo acabé en agosto de 2017, pero habrá más. Tengo ideas para cuentos, y alguna hasta daría para novela.
  • Su obra literaria, de momento, se ha publicado en catalán. ¿Se traducirá al castellano?
  • El último libro, Carta d’una dessasosegada (Quaderns Crema, 2019) está traducido, tengo un agente literario que está trabajando para que se publique en español. A pesar de que salen algunos temas políticos, no es un libro político, y aunque haya alguna que otra denuncia, tampoco es un libro de denuncia.
    Me ha parecido que trata con mucha acidez el tema del engaño -nos engañan continuamente-, y que es un ajuste de cuentas con bastante mala leche contra cosas que no le gustan.
    Hay una denuncia de las apariencias. Muchos personajes fingen ser lo que no son, como esas chicas de la alta burguesía que se dedican a okupar pisos por afición.
  • Hay un cuento en el que imagina una ucronía española en la que Franco siguió viviendo conectado a la máquina hasta 1992, sin que nadie se diera cuenta. ¿Es su manera de decir que tenemos a Franco hasta en la sopa, que no se muere nunca?
  • El tema este del sarcófago, que si se le saca, que si ahora no, es lo que hace que esté vivo. Además de la ideología que está volviendo en según qué sectores. El cuento es política-ficción, pero que bien pudiera haber sucedido -que aquel mantenerlo vivo artificialmente se hubiera prolongado al máximo-, y que me permite explicar cómo habría sido una España distinta.
  • Otro tema del debate público que se cuela en libro es el del «género líquido», hay una señora que está convencida de que es un hombre y le expone su problema a Elena Francis.
  • Se me ocurrió yendo en el AVE y nace de un hecho real que yo viví. A principios de los 70 era jefe de musicales de la SER en Catalunya, en Radio Barcelona, y me llegaban muchas cartas que abría mi secretaria. Un día llegó una por error a Elena Francis, que tenía el programa en Radio Nacional, y que se hacía en la esquina de enfrente. En esa época mucha gente confiaba absolutamente en Elena Francis, sin saber que no existía, que era un equipo de guionistas. Le confiaba un mal trago: su marido le pegaba y no sabía a quién acudir. Aquello se me quedó grabado, y se me ocurrió una confesión más contemporánea que una mujer de hoy podría haber escrito por carta.
  • Usted fue uno de los primeros críticos musicales de España, dirigió programas en la tele y en la radio, fundó revistas… ¿Sigue enganchado al rock?
  • Estoy vagamente conectado a la actualidad por mis hijas y, sobre todo, por mis nietas, pero la verdad es que con el reggaeton no he podido, y eso que fui uno de los primeros periodistas que empezó a difundir aquí la salsa, allí por el año 73. Me sigo quedando con los oldies, porque el rap me cansa y el reggaton también. Últimamente a lo que he vuelto mucho es al jazz.
  • ¿Sigue fiel al vinilo, o al menos se ha digitalizado con la ayuda de Spotify?
  • La colección de vinilos la vendí, porque ya no me cabían. Llegué a tener más de 7.000, pero me cambié de casa y mover todo aquello era imposible. Se los llevó un amigo de un amigo por una cantidad razonable de dinero, aunque en realidad salí perdiendo porque si los hubiera vendido uno a uno hubiera sacado mucha pasta. Tenía mucha cosa de valor, colecciones enteras de los Beatles, promos de la época, cosas así. Pero muchos discos son un problema y había que evitar eso.
  • Guardará algún que otro CD, imagino.
  • Sí, porque los vinilos los fui reciclando, me fui comprando las ediciones en CD. Pero ahora sobre todo utilizo Spotify, es mucho más práctico. Si me apetece algo de Louis Armstrong, o de Charles Mingus, o de Diana Krall, y ahí está, no hay que buscar mucho.
  • Hay un momento en la vida del crítico musical en la que la obsesión por lo último se atempera, y ya no hay esa urgencia por estar a la última. ¿A usted le pasó?
  • En la década de los 90, sobre todo. Pero mi vida profesional ya había empezado a cambiar algunos años antes. Yo empecé a trabajar en televisión y en prensa en los 70, y por entonces cualquier periódico que se preciara tenía su crítico musical. Lo tenía hasta el ¡Hola! Había mucho trabajo, y yo encima me desdoblaba: fundé la revista Vibraciones, que años más tarde se convirtió en Rockdelux, y cuando afloró la pasión política estaba en el equipo que fundó El Viejo Topo. Pero cuando llegó el videoclip a la industria, pensé… esto no deja de ser un playback, y empezó a interesarme menos todo aquello porque a mí me gusta ver a la gente tocar, y tomé la decisión de dar un cambio profesional. Fue en 1983, cuando empecé a presentar en TV3 el Àngel Casas Show.
  • Antes de eso ya era un periodista popularísimo gracias a sus entrevistas en la tele, en ‘Musical Exprés’, de Televisión Española. Con eso usted ya hizo mucho callo, lidiando con The Rolling Stones, Frank Zappa y demás grandes del rock.
  • Sí, pero yo no quería ser un viejo rockero. Había estado dirigiendo Musical Exprés en TVE. Cuando planteé aquel programa a la dirección, inicialmente iba a ser un programa de radio. Pero pasó a la tele, porque el director de TVE en Catalumya por entonces había sido mi director en Radio Nacional. Y en el formato inicial ya era un talk show.
  • En aquel tiempo el periodismo musical era más fácil, el acceso a los grandes artistas era continuado, mientras que ahora sería casi imposible leer una entrevista con Bruce Springsteen o Madonna en la prensa española o en la tele. ¡Incluso cuesta entrevistar a mucha gente que empieza!
  • Es cierto, y hay una explicación. Antes las discográficas tenían mucho poder, y los artistas obedecían a lo que se les decía. Los directivos de los sellos era como entrenadores de fútbol… La obligación de los artistas era hacer promoción en los países pactados, así lo decía en su contrato.
  • Entrevistó a los Rolling Stones varias veces.
  • Y a David Bowie. Hoy he colgado en mi muro de Facebook una entrevista que le hice a Alice Cooper en su casa de Beverly Hills, y hace poco otra con David Johansen, el líder de New York Dolls. He estado en la casa de Mike Oldfield, en el estudio de Vangelis, a Mick Jagger recuerdo que lo entrevisté en Viena y a Bob Marley dos veces, la última poco antes de que muriera. La primera entrevista fue bastante curiosa, porque él iba muy fumado, y la otra en la plaza de toros Monumental de Barcelona. Coincidí con Frank Zappa en Roma… Han sido muchas entrevistas.
  • A las que hay que sumar las de televisión. En programas como ‘Un día es un día’ o ‘Tal cual’ también acudían actores, gente del corazón, y que no hacían promo. ¿Era más difícil traer a un estudio a un actor como Anthony Perkins, por ejemplo?
  • Los traíamos porque éramos muy listos. ¿Te acuerdas de lo que decía Guardiola, cuando decía que todo era mérito del equipo porque los jugadores eran muy buenos? Yo tenía un equipo que era buenísimo. Sucedía algo interesante en el mundo, y al martes siguiente teníamos al protagonista en el plató. Cuando Ben Johnson batió el récord del mundo de los 100 metros lisos y causó sensación, lo tuvimos. Luego se demostró que había hecho trampas, pero aún no lo sabíamos y era un protagonista que había que tener. Cuando Cicciolina se sacó una teta en el parlamento italiano… a los pocos días la tuvimos. Que yo recuerde, sólo tuvimos a un entrevistado que hubiera venido porque estaba de ronda de promoción.
  • ¿Quién?
  • Superman, o sea, Christopher Reeve. Le habían contratado para hacer un anuncio de Freixenet, y nos lo ofrecieron, y tampoco vas a decir que no. Pero por lo normal, a los entrevistados los traíamos nosotros, expresamente, convenciéndoles.
  • ¿Cómo se conseguía eso, en un tiempo en el que las comunicaciones eran más lentas?
  • Teníamos una red de agentes de celebrities que trabajaban en Roma, Nueva York, Los Ángeles, Londres y París. Muchas veces, aprovechábamos que algún famoso pasaba por Milán para traerlo a Barcelona, porque había un programa en Italia de Berlusconi que hacía algo parecido. El primer invitado que tuve yo en un talk show fue Albert Hague, que en aquel tiempo era conocido por ser el profesor Shorofsky de la serie Fama. Josep Martí Font, un colega periodista de El País que por entonces estaba viviendo en Los Ángeles de freelancer fue quien me lo propuso.
  • Si hoy siguiera haciendo un programa de entrevistas de ese tipo, ¿quién sería su número uno de la lista de deseos?
  • Siempre he dicho que me gustaría entrevistar al Papa de Roma. El Rey siempre es noticia, pero no me interesa tanto. A ver, si haces un programa periodístico, el interés es evidente. Pero si fecha ni circunstancia, el Papa siempre tiene mucho más que explicar.
  • Parece que esa entrevista la ha conseguido Jordi Évole. ¿Qué le parece que en la televisión de hoy los programas de entrevistas ya apenas estén en ‘prime time’? Salvo El Hormiguero, todas se van al ‘late night’.
  • En Estados Unidos este formato aún funciona, pero creo que ya no se confía en él para el prime time de aquí. En España hubo dos tipos de talk show: uno más de tipo americano, con orquesta, que fue el que hizo José María Íñigo en Estudio Abierto, y otro en el que perseguíamos a los entrevistados que queríamos por todo el mundo, como el que hacíamos nosotros. Y esto ya no se hace. Por ejemplo, El Hormiguero, funciona de otra manera, pues aprovecha las promociones que están en marcha o de paso, y eso hace que esté a la albur de las empresas de cine.
  • ¿Le gusta más lo que hace Andreu Buenafuente, o David Broncano en La Resistencia? Aunque La Resistencia es un ‘talk show’ en el que no hay preguntas, en realidad.
    Andreu Buenafuente me parece buenísimo. Él siempre me ha dicho que no es periodista, pero que siempre quiso hacer un programa de entrevistas porque un día se coló en el plató en el que hacíamos Un día es un día y dijo «yo quiero hacer eso». Creo que lo hace mejor que yo, porque los monólogos que escribe son acojonantes. Él reconoce que lo de ser entrevistador no es lo suyo, y puede ser, su fuerte es el humor. Pero para llenar un programa de este tipo tienes que tener entrevistas, no hay otra manera.
  • Usted se especializó también en entrevistar a mitos eróticos de toda condición: Cicciolina, Estefanía de Mónaco…
  • A Estefanía de Mónaco nunca la entrevisté, aunque mucha gente cree recordar que sí lo hice.
  • ¿En serio? Yo juraría que la vi en el plató, en mi tierna mocedad.
  • Creo que quien consiguió entrevistar a Estefanía fue Pedro Ruiz. Yo me especialicé en otra cosa, y quizá de ahí la confusión, que fue en entrevistar a novios de Estefanía de Mónaco. Creo que fueron como mínimo siete. La última entrevista que hice fue con Fili Hauteman, que era la amante de uno de sus maridos, Daniel Ducruet. Era la señora que estaba con él en aquel famoso vídeo robado en el que estaban haciendo el amor al borde de una piscina.
  • Vaya. Lo recuerdo como si fuera ayer. La representación gráfica perfecta del polvo conejero. Eso ya es especializarse, ¿no?
  • Tenía otra especialidad: novias de Julio Iglesias.
  • ¡La mítica Vaitiare! Pero con ese enfoque se podría llenar un canal 24 horas. ¿Recuerda alguna entrevista especial?
  • Una vez tuvimos en plató a Susan Sontag el mismo día en que teníamos a Xavier Cugat dirigiendo la orquesta del programa. Se me acercó y me preguntó… ¿Ese de ahí es Cugui? Era tan famoso en Estados Unidos que todo el mundo lo conocía como Cugui. Y añadió: ojalá estuviera mi madre aquí. Para aquella generación, Cugat era un ídolo. En aquella época, Cugat vivía en el hotel Ritz, y era donde alojábamos a los entrevistados. Que Cugat viviera ahí nos ayudaba mucho, porque era un extra, todo el mundo lo quería conocer, y de paso hablaba bien del programa. Me vendía como el Johnny Carson de aquí.
  • ¿Cuánta gente trabajaba en los guiones?
  • Había un equipo de guionistas detrás y yo retocaba las preguntas para adaptarlas a cómo hablo. Tenía una norma, que la copié precisamente de Carson: nunca hablaba con los personajes antes de la entrevista.
  • ¿Por superstición?
  • Porque salían peor. Por ejemplo, una vez tuvimos a Christopher Lee y me fui a comer con él. Me contó anécdotas de cuando interpretaba a Drácula en las películas de la Hammer, y que cuando paseaba por Italia la gente lo reconocía y le mostraban ajos y todo eso. Me contó que vivía en Suiza y un día, yendo en coche a casa de unos amigos para cenar, el coche se estropeó y lo dejó tirado en mitad del campo. Vio una casa con luz a unos 300 metros y fue a pedir que le dejaran llamar por teléfono, y en el camino se tropezó, se llenó de barro y cuando llamó a la puerta, le abrió un señor que inmediatamente se desmayó porque había visto una película de terror protagonizada por Lee en la que sucedía exactamente eso y por poco se muere. Luego intenté que me contara la anécdota en la entrevista y no quiso, y decidí que nunca más hablaría con un entrevistado antes de grabar. Había un guionista que se encargaba de estar con ellos, de saber por dónde tirar o qué temas evitar.
  • Le tengo que preguntar por los ‘stripteases’. En 1990, usted introdujo el ‘striptease’ en televisión, en una época en la que el destape ya había quedado superado. ¿Qué le motivó a introducir el erotismo en la tele ‘mainstream’?
  • No había ninguna necesidad, era un deseo personal. Cuando era joven cayó en mis manos un libro de la serie francesa Que sais-je?, que los encontraba en la librería Vergara. Eran sobre todo de cine y teatro, pero había uno dedicado al striptease. Yo había visitado algún local mítico en París, pero en televisión eso no se había hecho. Tenía un agente en París, que fue quien me trajo a Maria Schneider o Alain Delon a los programas, y me puso en contacto con una coreógrafa francesa de striptease para que hiciera uno con desarrollo argumental. No quería que fuera cabaret barato.
  • Eso hoy en la tele no sería posible.
  • Tengo asumido que yo pasaré a la historia de la tele como el primer tipo que programó un striptease, y no me parece mal. Al principio me molestaba, porque iba a poner gasolina al día siguiente del programa, y lo que me decía el de la gasolinera no era qué bien estuvo la entrevista a Richard Gere, sino algo del tipo «qué tía más buena ayer». Que sólo se reconociera eso me jodía un poco. Pero ha pasado el tiempo y lo veo bien, fui un pionero, fue algo rompedor y muy progresista en aquella época. Hoy se vería con otros ojos, claro, pero fue un momento dulce.
  • ¿Es aficionado al erotismo, como lo era Luis García Berlanga?
  • Mi hermana publicó libros eróticos en catalán, en la colección La Piga, y por supuesto que leí muchos, y también los de La Sonrisa Vertical. Pero no me interesaban las películas eróticas. Berlanga era un erotómano, y fui amigo suyo, pero yo no lo era… Se lo dije algunas veces: no soy lo que crees. Lo que sí recuerdo es que los stripteases arrastraban a mucha gente hasta el plató cuando los estábamos grabando. No sé cómo, pero se enteraban los trabajadores de las empresas que estaban por ahí cerca. Yo estaba preocupado por el programa y el striptease ni siquiera me ponía.
  • Me han dicho que usted es el autor de la melodía del anunció de patés La Piara.
  • Tenía una empresa con Josep Maria Bardagí en la que hacíamos jingles de publicidad. Escribimos música para un montón de marcas, para Freixenet, Lois, Bitter Kas, y grabamos con Raqhel Welch, Plácido Domingo o Ana Obregón. Pero cuando Bardagí tenía un bolo con Serrat, porque era su guitarrista, siempre me dejaba tirado y tenía que trabajar con otro músico. Y teníamos que hacer un spot para La Piara, con la letra ya escrita («Patés la Piara, más buenos que el pan»), pero sin la música, y de repente me vino la melodía. Me paré en un chaflán, apunté las notas en un pentagrama y la grabamos. Creo que es el jingle que más tiempo estado sonando en radio y televisión, mucho más que el del negrito del Cola-Cao.
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