Albert Malla (Radio Marca Barcelona): «Cuando te enamoras de la radio, es para siempre»

Albert Malla. Foto: Jordi Cotrina

Tenía siete, ocho años y, desde su pupitre de clase, esperaba que sonara el timbre para salir corriendo. No para ir a jugar con sus amigos o para ir a comer, salía corriendo para llegar a su casa lo antes posible y no haberse perdido gran cosa del cuento “Tambor“. Cada día a esa hora, la radio emitía una historia, con la que Albert Malla (Barcelona, 1957) viajaba allí donde, hasta hoy, ha estado viajando cada día de su vida. Una vida de radio da nombre a la particular historia sonora que ha creado este hombre de radio, locutor, actor de doblaje y DJ, aquel niño que salía a dar vueltas a la manzana simulando con su puño un micro, y dando voz a una locución. Es una entrevista de Carme Escales para El Periodico con foto de Jordi Cortina.

– Me lo imagino. ¿No lo miraba la gente?
– Sí, y algunas vecinas le decían a mi madre: ‘tu hijo no está bien’, pero ella les decía que era mi manera de jugar.

– No se cortaba un pelo, hablaba solo, actuaba en plena calle, un niño valiente.
– No, pero era porque me aislaba tanto que no me daba cuenta, porque yo, en realidad, era tímido, aún lo soy, sin embargo, con un micro en la mano, me olvidaba de todo. En mi primera colaboración en la radio de verdad, en el verano del 71, con Salvador Escamilla en Radio Barcelona, tuve que salir a la calle con el micro y la  grabadora.

– ¿En busca de qué?
– Escamilla me dijo: sal a la plaza de Catalunya y pregúntale a todo el que pase cuál es la canción del verano. Yo tenía 13 años, pero le había pedido tantas veces que me dejara hacer algo en el programa, que cuando me dijo que tendría un cuarto de hora para explicar qué me había dicho la gente en la calle, se me pasó la vergüenza.

– Entró en la radio como espectador…
– Sí, hice incluso campanas en el colegio para ir a la radio. La primera vez me llevó un primo, y para mí fue como ir a Disneyland. Los locutores eran héroes para mí, y quería hacer lo que ellos hacían. No era como hoy que por internet ves cómo es la gente de radio. En aquel tiempo, si querías saberlo, tenías que ir a los programas que hacían cara al público. Alguien inventó entonces el dicho: ‘Si una voz te enamora, no vayas a la emisora’, porque más de una se había llevado una decepción.

– Entrar en la radio fue como entrar en un túnel del que usted aún no ha salido.
– Creo que cuando te enamoras de la radio, es para siempre. Es como si te entrara un gusano, y ya no te abandona nunca.

– Y usted iba locutando, mientras iba recopilando audios históricos.
– Sí, los últimos 34 años he ido seleccionando audios de lo que me ha parecido más importantes, más curiosos, o gazapos también, sí, lo más divertido de la radio de los últimos 60 años, hasta hoy también. Solo mis cuatro amigos más íntimos sabían que estaba haciéndolo, y me animaban a seguir. Hasta el 79 o 80, si un programa no se grababa, se perdía para siempre. Y yo me inventé un sistema para engañar al vídeo de casa y que grabara el audio, desde la salida de la radio, no de la televisión.

– ¿Todos sus programas los grabó?
– Sí. Le dejaba a mi madre todo listo para que solo tuviera que apretar un botón. Sobre todo al principio, las vecinas la paraban por la calle para decirle que me habían escuchado, la radio fue la reina hasta los años 90, y yo pude vivir el final de la mejor etapa. En el programa “La mañana es nuestra“, que hacía con Maytri Borao, de 6 a 10 de la mañana, teníamos hasta 600.000 oyentes diarios, claro que había seis emisoras en Barcelona, y hoy hay un centenar.

– ¿Su historia de la radio (Una vida de radio) se puede consultar libremente?
– Sí, los 126 capítulos están en iVoox.com, y si se pone ‘Una vida de radio’ en google, sale.

– ¿Y como DJ, ¿qué hace?
– Soy DJ Revival, porque mi especialidad es la música de los 60, 70 y 80. Y adapto mi programa de radio –Cocodril Club– a fiestas mayores. El próximo sábado por la noche estaré delante de la catedral de Barcelona, el lunes 14 en Castelldefels, y el 19 en Gràcia. Y cada domingo estoy en la discoteca Barrokos de Barcelona (Aribau,  242).

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