Radio Legaña, la que da más caña «Emisora pirata que emitió en Almería a mediados de los ochenta y sorteó las órdenes gubernamentales de precinto»

Radio Legaña

13.9.2026.- José Manuel Bretones la recuerda desde ideal.es: En julio de 1984, una nueva frecuencia empezó a colarse en los transistores de Almería: «Radio Legaña». Era una emisora pirata; es decir, carecía de licencia oficial para funcionar. Sin embargo, no tardó en ganarse al público. El proyecto atrapaba por su mezcla de rebeldía y conexión comunitaria, coronado por un nombre con un sello identitario tremendamente almeriense: la legaña.

Sintonizar las radios piratas de los ochenta rezumaba una profunda complicidad entre oyentes y locutores. Escucharlas implicaba adentrarse en una clandestinidad compartida a ambos lados del micrófono. Para muchos, aquella era la única oportunidad de conocer de primera mano las realidades y reivindicaciones de los barrios, sin los filtros editoriales de los medios convencionales. Para otros, se convirtió en el refugio perfecto para descubrir géneros y bandas marginadas por las radiofórmulas comerciales. En casi todos los casos, sin embargo, sintonizar el dial clandestino constituía una forma de protesta pacífica contra el control cultural del poder.

Para esquivar a las autoridades, en un constante juego del gato y el ratón, estas emisoras operaban desde los lugares más insospechados: azoteas ocultas, altillos, casas abandonadas o habitaciones alquiladas. El ingenio suplía la falta de medios, hasta el punto de que, en muchas ocasiones, la energía eléctrica necesaria para alimentar los transmisores se obtenía directamente de baterías de coches. Era el sonido de la libertad de los ochenta, capturado a través de una antena casera.

Heredera confesa de otra emisora pirata pionera, Radio Luna Llena, aquella primigenia Radio Legaña iniciaba sus emisiones sobre las diez de la noche. El «boca a boca» era el único algoritmo disponible para captar audiencia; los oyentes se pasaban de unos a otros la coordenada exacta del dial, que fluctuaba según los tiempos entre el 102,2 y el 104,0 de la Frecuencia Modulada. Además, su indicativo era demoledor: «Radio Legaña, la que da más caña».

El gran articulista Antonio Fernández Gil, «Kayros» (+2018), me contó que cuando escribió que en la emisora no había «más que un tocadiscos, un magnetofón, un amplificador y un par de micros», los propios implicados lo pusieron «verde». Las críticas le llovieron tanto en cartas al director como en las tertulias de bar de la época; el motivo de la indignación era porque no hubiese reconocido la enorme virtud de exprimir tan escasos medios y emitir quince horas semanales. Mérito, desde luego, tenía; aun estando al margen de la ley.

La originalidad de Radio Legaña quedó grabada en la memoria local gracias al simulacro de «inauguración» que organizaron sus componentes. Como todos los que allí trabajaban estaban «fuera del orden establecido», tuvieron que valerse de amigos y favores para el acto, que debió de ser un auténtico cachondeo.

Al profesor Gabriel Núñez, por ejemplo, le hicieron intervenir haciéndose pasar por un prestigioso científico checoslovaco, especialista en horóscopos. El culmen de la emisión llegó cuando leyeron en antena el presunto futuro amoroso de una buena mujer, oyente de la emisora: «sus jerséis flipantes -dijo el «experto» checoslovaco- no le dejan libertad de elegir esposo entre sus innumerables pretendientes. En el acierto de su elección estará su dicha. Fíjese bien a quién elige porque, entre la amplia gama de su cohorte, los hay de bajos sentimientos que le conducirán por la senda del precipicio».

El éxito de Radio Legaña fue tal que, a finales de 1985, la estación clandestina amplió su parrilla de lunes a viernes, adueñándose de la franja de nueve a doce de la noche. Fue la época de espacios como «Tonto el que lo escuche», «El Club del Visio», «No corras que es peor», «Invernaderos Agresivos» o «Sensación de urgencia». Entre ellos destacaba también «Cortocircuiti», un escaparate cultural donde guitarristas locales interpretaban temas en directo, desafiando la precariedad técnica del momento.

Había mucha música, pero también noticias sobre ecología, antimilitarismo o movimientos ciudadanos. Los locutores no se mordían la lengua, lo que acrecentaba el afán del gobernador civil, el malagueño Tomás Azorín Muñoz (1942), y del delegado de Gobernación, Emilio Martínez Martínez (1945), por callarlos. Sin duda, Radio Legaña era refugio y altavoz de anarquistas, rebeldes contra el sistema, estudiantes, disidentes, libertarios, objetores de conciencia, ambientalistas, académicos contestatarios y de vecinos inconformes y críticos con la gestión del alcalde socialista, Santiago Martínez Cabrejas (1948-2015). Pero también una novedosa plataforma cultural donde se debatía sobre el Movimiento Indaliano, los poemas de José Ángel Valente (1929-2000) o los ensayos de Juan Goytisolo (1931-2017).

La programación habitual de la emisora (ya con el apellido de «Onda Libre») se entremezclaba con la organización de algunos conciertos o fiestas. En julio de 1985 organizó una en el «Pub Casablanca» de la calle Pedro Jover, donde por 250 pesetas la entrada y una copa se pudieron escuchar a los grupos de música alternativos «Corruptores del Convento», «Ingresado Cadáver», «Traidores», «Stratos», «Amor de Madre», «La Corporación» y el grupo rockero local «Grano de Pus». El evento tenía como objetivo recaudar dinero para aumentar la potencia de emisión y contratar una línea telefónica abierta a la audiencia. También en la caseta de feria 1985 de los objetores de conciencia, Radio Legaña organizó alguna que otra fiesta.

Pero ser «pirata» tenía sus inconvenientes. Y graves. Las emisoras legalmente establecidas se quejaban, y con razón, de que sus empresas debían pagar impuestos a la Hacienda Pública y a la Sociedad General de Autores, mientras que las «libres» o «piratas», no.

En octubre de ese año, un requerimiento del delegado de gobernación de la Junta, Emilio Martínez Martínez, obligaba al cierre y precinto de la emisora, antes del día 26. La respuesta de sus integrantes fue muy dura: comunicados, concentraciones ante las sedes donde se reunían las autoridades, recogida de firmas en la «Plaza de la Leche», pintadas por toda la ciudad, (como la que ilustra este reportaje) o hacer caso omiso al corte de las emisiones. Para no ser descubiertos, sancionados o precintados comenzaron a emitir de forma esporádica y desde lugares diferentes.

El propio jefe de inspección de telecomunicaciones de la Junta, Fidel Martínez, reconoció a la prensa la dificultad para localizar el enclave de la emisora y confesó a los periódicos que todos los intentos para cerrarla fueron infructuosos. Telecomunicaciones no sabía si estaban en las Cuevas de Las Palomas de Pescadería, en La Chanca, en Piedras Redondas o en casas abandonadas de barrios alejados del centro.

Mientras, Radio Legaña argumentaba como defensa su derecho a la libertad de expresión, acusaban a los políticos del PSOE de traidores y contradictorios y reiteraban que sus programas no interferían las frecuencias de las emisoras comerciales legales. Además, vincularon la orden de precinto con el referéndum de permanencia de España en la OTAN, que se iba a celebrar el 12 de marzo de 1986. Hubo distintas manifestaciones en defensa de la emisora, a las que solían asistir responsables de la AA.VV. La Traíña, CNT, Comité Anti OTAN, Grupo Ecologista Mediterráneo, Movimiento Comunista, MCEP, Partido Comunista o Seminario Permanente de Enseñantes por la Paz.

Aquel intento de cierre de la Junta quedó en el aire porque Radio Legaña, para impedir el requerimiento, emitía de forma intermitente. Tras unos meses de incertidumbre, en 1986 y 1987 volvieron las fiestas y las proclamas de radio libre para recaudar fondos, como la del «Pub Miro», en una travesía de la calle Altamira, donde actuaron los grupos «La Santa Espina», «Reincidentes» y «Sendero Luminoso».

No obstante, poco a poco, Radio Legaña fue eliminando sus programas y silenciando sus proclamas hasta que dejó de emitir. Detrás de aquella aventura radiofónica y pirata había cerca de veinte colaboradores. Hace unos años, el cámara de Tv almeriense Julián Peña Marqués (1953) confesó ser uno de los cofundadores de la emisora, pero había más gente: Iván Morales, Ignacio Ruiz, Guillermo Méndez, Nono Cañizares, Juan Leyva, Pepe Lax o Ramón López.

Hoy, las azoteas de Almería ya no esconden baterías de coche ni antenas caseras balanceándose al viento. Aquella clandestinidad romántica y sudorosa, donde la libertad de expresión dependía de un cable bien pelao y del favor de un vecino, fue devorada por el progreso.

Aun así, resulta deliciosamente agradable recordar cómo aquellos indómitos transgresores de Radio Legaña ponían en jaque al gobernador civil con quince horas semanales de rock contestatario, antimilitarismo, ecologismo y científicos checoslovacos inventados. Su indicativo indomable («Radio Legaña, la que da más caña») descansa hoy en la memoria de una generación con canas y que añora, tal vez, la época en que la música en directo sonaba precaria, distorsionada y con interferencias, pero sabía a victoria compartida. Y a rebeldía.

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