Arranca la temporada y con ella vuelve un clásico que no aparece en ninguna escaleta pero que ningún programa deportivo se atreve a suprimir: el momento en que el presentador se gira hacia sus contertulios y pregunta quién va a ganar. Dos minutos de radio, ninguna consecuencia práctica y, sin embargo, uno de los segmentos que más fideliza de toda la parrilla.
El pronóstico lleva tanto tiempo en las ondas españolas que ya nadie recuerda cuándo se convirtió en costumbre. Merece la pena reconstruirlo, porque en su evolución se lee bastante bien la historia de la propia radio deportiva.
De la quiniela de papel al micrófono
El punto de partida es anterior a la radio deportiva tal y como la conocemos. Cuando en 1946 se puso en marcha la quiniela futbolística, España adquirió una costumbre semanal —el boleto del domingo— que necesitaba consejo. Y la radio, que ya era el medio popular por excelencia, fue el lugar natural donde buscarlo.
Con la llegada de los grandes programas de tarde de fin de semana, aquella conversación se institucionalizó. «Carrusel Deportivo», en antena desde mediados de los cincuenta, convirtió el domingo en un ritual sonoro donde el resultado se seguía en directo y el pronóstico previo formaba parte del guion. Décadas después, «Tiempo de Juego» consolidó el mismo esquema desde otra casa, y los programas nocturnos —de «El Larguero» a los actuales magacines deportivos de madrugada— añadieron la capa de debate.
El formato apenas ha cambiado en setenta años: alguien moja, alguien discrepa y el oyente toma nota mentalmente para reprochárselo el lunes.
Por qué funciona tan bien en radio
Hay una razón técnica detrás de su permanencia. El pronóstico es un contenido barato de producir, imposible de agotar y que genera exactamente aquello que persigue cualquier programa: motivo de conversación. No necesita imagen, no necesita despliegue y encaja en cualquier hueco de la escaleta.
Pero sobre todo funciona porque expone a quien lo emite. Un tertuliano que pronostica se retrata, y esa vulnerabilidad —la posibilidad de equivocarse en directo delante de miles de personas— es justamente lo que engancha. El oyente no busca acertar: busca ver quién falla.
De ahí nacen las secciones de recuento de aciertos, las apuestas internas entre colaboradores y las prendas de final de temporada, que en algunas emisoras han llegado a ser tan recordadas como los propios partidos.
El contertulio que pronostica y el que analiza
Con los años se han consolidado dos escuelas bien diferenciadas. La primera es la del pronóstico de intuición: el colaborador que apuesta por el resultado que le dicta el olfato, con argumentos emocionales y una convicción que rara vez se sostiene en datos. Es un perfil que da buena radio porque genera conflicto inmediato en la mesa.
La segunda es la del análisis: el que llega con estadísticas de los últimos enfrentamientos, rendimiento como visitante, bajas y calendario. Aporta rigor y sirve de contrapeso, aunque los programas saben que un pronóstico demasiado razonado también resulta menos radiofónico.
Las escaletas más eficaces suelen combinar ambos perfiles, precisamente porque la fricción entre el instinto y el dato es lo que sostiene el segmento.
La competencia digital que llegó a la mesa
El cambio real de los últimos quince años no está en el estudio, sino en el oyente. Quien escucha la tertulia lleva el teléfono en la mano y puede contrastar en segundos lo que acaba de oír: alineaciones probables, estadísticas avanzadas, historiales y previas publicadas por medios especializados. El pronóstico radiofónico dejó de emitirse en el vacío.
En ese ecosistema conviven desde cuentas de estadística pura hasta portales que publican previas de cada jornada con datos, contexto e ideas con argumentos sobre cómo puede desarrollarse un partido. El oyente compara, y esa comparación ha elevado el listón: hoy un colaborador que pronostica sin fundamentarlo se expone a que media audiencia lo desmienta antes de que termine la frase. Conviene recordar, en todo caso, que todo lo relacionado con la apuesta es una actividad reservada a mayores de 18 años y ajena al valor periodístico de la tertulia.
Lejos de arrinconar a la radio, ese contexto le ha dado un papel distinto. Si el dato está al alcance de cualquiera, lo que aporta valor es la interpretación: la información de vestuario, el criterio del que lleva veinte años cubriendo a un equipo, la lectura que no aparece en ninguna hoja de cálculo.
Un arranque de temporada especialmente propicio
Las primeras jornadas de LaLiga son, en este sentido, el mejor terreno posible. Con dos partidos disputados nadie tiene datos suficientes, todos los equipos siguen siendo una incógnita y la pretemporada permite defender cualquier tesis. Es el momento del año en que el pronóstico está más desnudo y, por tanto, en que resulta más entretenido.
Los programas lo aprovechan: quinielas de campeón, apuestas sobre el primer entrenador destituido, listas de revelaciones y decepciones. Material que se guarda, se archiva y se recupera en mayo para el ajuste de cuentas correspondiente.
Un género menor que sostiene la audiencia
El pronóstico no es periodismo en sentido estricto y ningún programa lo presenta como tal. Es juego, es rito y es una forma de convertir al oyente en parte de la conversación. Y, sin embargo, sobrevive a todos los cambios de formato, de emisora y de generación de locutores.
Ochenta años después de aquel primer boleto, la pregunta sigue siendo la misma cada fin de semana en decenas de estudios: «¿Tú qué dices, quién gana?». Que la respuesta acierte importa bastante menos de lo que parece.
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