La periodista Natza Farré (ex RAC 1) se adentra en el trauma familiar de la heroína: “Quemé todos los diarios después del libro”

Natza Farré

28.9.2026.- Carmen López escribe en eldiario.es que la guionista y humorista publica ‘La última vez que te digo adiós’, sobre cómo la adicción de su hermano la marcó profundamente a ella y a su familia durante décadas.
En la década de los 80 del siglo anterior, la heroína hizo estragos en la población española. El hecho en sí no es ningún secreto, pero muchas familias corrieron un velo más que tupido acerca de lo que sucedía en su seno e intentaron guardar las apariencias. Puede que movidas por la vergüenza o también por la incapacidad de gestionar los sentimientos que generaba una situación tan complicada como la de cuidar a una persona drogodependiente.

Uno de los hermanos mayores de Natza Farré fue uno de esos chavales que se enganchó al ‘caballo’, como se conocía popularmente a esa sustancia, con consecuencias terribles para él y toda la familia. Ella ha contado cómo vivió esa experiencia en el libro L’última vegada que et dic adéu (Angle Editorial), que ahora ha publicado en castellano la editorial Sexto Piso, traducido por Gemma Deza Guil y titulado La última vez que te digo adiós.

Ha llevado consigo esta historia durante décadas, ¿Qué le impulsó a escribirla tanto tiempo después?
Me estaba molestando mucho mentalmente. Siempre he tenido problemas de espalda y hasta me la estaba cargando con ese peso. Tenía una necesidad muy fuerte de sacármelo de encima. Pero el libro no es nada terapéutico. Yo he hecho terapia muchos años y tenía claro que este libro no era para hacer terapia, sino que la terapia tenía que estar hecha y, a partir de ahí, contar la historia bien contada, sin sentimentalismos, porque siempre huyo de ellos.

Pese a ser una historia trágica, el libro destila bastante humor.
En mi vida ha habido mucho drama y creo que me ha salvado siempre el sentido del humor. También me parece realista esta manera de ver la vida tragicómica porque todo el rato estamos en los dos lados. Es una manera de constatar que, si no, no sobreviviríamos ninguno porque quien más quien menos tiene algo trágico en su vida, y sin humor estaríamos todos saltando por los balcones.
Es un libro muy mío, en el que no he evitado meterme en un jardín denso. Y el reto literario era cómo contarlo estando todo el rato en ese límite entre las lágrimas y la risa. Te genera muchas emociones, pero yo tengo una lucha personal contra la cursilería: vivimos en un mundo muy cursi y hace falta un poco de literatura menos cursi. Yo quería hacer un muy buen libro literario, aparte de contar una historia personal y común.

Recuperó sus diarios de juventud y la correspondencia entre su hermano y sus padres. ¿Cómo fue enfrentarse a eso?
He quemado todos los diarios después de esto. Pero en la hoguera, literalmente los vi arder. Para mí ese fue el peor ejercicio, porque no quieres volver a verte de esa manera, entendí que este pasado ya está vivido. Hay que olvidarlo en el sentido de que no hay que volver al objeto para que te lo recuerde. Lo pasé muy mal, no los pude terminar. Llegó un punto que dije: “Basta, no hace falta flagelarse tampoco”. Yo esta cosa monjil no la tengo. Las cartas las llevé mejor.

¿Los vínculos familiares de sangre están sobrevalorados?
A mí los temas que más me interesan son las relaciones humanas y en literatura la familia es el temazo, puedes solo escribir sobre familias todo el rato. Es una cosa que genera mucha empatía porque, quién más quién menos, tiene familia.
Entre los fachas está muy de moda idealizar las familias. Sean del tipo que sean, ya puede ser heterosexual u homosexual, que al final la idea se impone. A mí el concepto mismo de familia siempre me ha dado terror porque yo he vivido cosas muy buenas y cosas muy malas con mi familia, pero me ha dado mucho miedo reproducir eso mismo. Hay un poema muy interesante de Paul Clay —que, aparte de pintor, era un gran poeta— que acaba diciendo: “Mi estirpe tiene que morir.” Y a mí eso me marcó mucho porque pensé lo mismo: “Ya está, hasta aquí hemos llegado, estamos todos como estamos, ya lo hemos hecho”.
En una familia numerosa hay mucho que explorar y cuando alguien, como fue el caso de mi hermano, da la nota más sonada, los demás vamos todos a remolque. Pero eso no solo pasa con enfermos adictos, sino también con otro tipo de enfermedades en las que uno tiene toda la atención y los demás son satélites.
La relación con los hermanos a mí siempre me ha parecido de las más extrañas que puedes tener. Es rarísimo, porque tienes confianza, pero al mismo tiempo no conoces de nada a esa persona y eso es muy chocante para mí. Incluso en familias que se entienden mejor que la mía, que no es el paradigma del entendimiento.

¿Ha mantenido la relación con el resto de sus hermanos? ¿Han leído el libro?
Ha sido un camino muy largo y todo ha ido por épocas pero, al final, con la mayoría es mejor mantener las distancias. Que yo sepa, se han leído el libro mi hermana mayor y mi madre. Ella, que es una persona escueta cuando quiere, dijo que era un libro precioso, nada más. Y mi hermana mayor, que es la que sale más en el libro, es la que me ha apoyado. Le dije que tenía esta necesidad y me dijo: “Haz lo que creas que tienes que hacer”. Cada visión de mis hermanos sería un libro distinto, yo defiendo la mía y no la pueden rebatir porque son mis recuerdos y es mi vida. Pero sí que creo que sería un ejercicio interesante ver cómo serían las de los hermanos respecto a este mismo tema.

Hay algunos paralelismos con Romería, la película de Carla Simón, en el tema del secretismo alrededor de una persona adicta en la familia.
Lo hablé con Carla porque me vi muy reflejada cuando describe a la familia del padre, que era de clase media. Ahí somos todos iguales, pillamos por los lados. La clase media, que más o menos se había acomodado, se mete la hostia de que está igual que los yonkis pobres. Fue novedoso decir que el silencio era mucho mayor en ese ámbito. Es como con la violencia machista: tienes menos datos de la que se da en las clases altas. Porque allí, vamos, les cierran la boca a sello.
Una cosa que me ha sorprendido mucho, que ha sido muy impactante, es que mucha gente aún mantiene el silencio. Es impresionante, a mí me han escrito unas cosas que me han hecho llorar. La compañía de la literatura sigue funcionando en un mundo tan loco: la gente te da las gracias porque has contado lo que ellos sienten y no sabían cómo decirlo y siguen sin poder hacerlo. Es de las satisfacciones más emocionantes. Yo sabía que escribía una historia común, pero me he dado cuenta de que era mucho más de lo que me imaginaba.
La clase media, que más o menos se había acomodado, se mete la hostia porque está igual que los yonkis pobres. Fue novedoso decir que el silencio era mucho mayor en ese ámbito.

¿Se juzga demasiado a las personas por sus adicciones?
Claro, está la religión ahí marcada a fuego para hacer juzgar. Pero si tenemos que criticar a alguien, podemos criticar a los curas por todo lo que han hecho y por la vida que llevan, que no es un ejemplo de nada. Hay un capítulo sobre la voluntad, que es un concepto que me gustaría ampliar más en otro sitio, porque nos machacamos mucho con la culpa. Esta frase ‘si quieres puedes’ a mí me genera violencia. Es como para decir: “Mira, te voy a pegar porque es el único argumento que tengo, si no lo has entendido hasta ahora es que eres gilipollas”.
He intentado, y creo que lo he conseguido, mirar sin juzgar a nadie. Me parecía superdifícil, porque yo creo que es imposible no hacerlo, aunque sea un poquito. Pero por eso me juzgo más a mí misma porque, en realidad, el libro habla de mí, de cómo vive una hermana todo esto. Me era mucho más fácil juzgarme a mí porque conmigo puedo, pero con los demás, no. Exponerme también era una necesidad, porque he sentido mucho odio y se te hace bola y hay que contarlo, porque no sabes cómo solucionarlo.

Dice en el libro que la rabia que sentía después se convirtió en tristeza. ¿No es mejor sentir lo primero que lo segundo? La tristeza puede ser paralizadora mientras que la rabia puede servir de impulso.
Son dos sentimientos que seguramente no quieras tener jamás. Estamos hablando de una historia que se alarga en el tiempo muchos años y no puedes vivir siempre con rabia, tiene que haber una evolución porque, si no, acabas mucho peor de lo que estoy yo. La terapia me ayudó porque yo no quería estar tan rabiosa, me afectaba en todos los aspectos de mi vida, en todos. Tenía que derivar esto hacia otro sitio, que fue la tristeza. En este caso la prefiero porque duele mucho menos. Y aparte la tristeza es una cosa muy necesaria en la vida.

¿Cómo se quedó después de escribir su historia y publicarla?
Me duele mucho menos la espalda. Y lo he notado mucho en el cerebro, ahora estoy pensando en escribir otra cosa que no tiene nada que ver porque tengo el espacio mental. Ha sido una liberación, en todos los sentidos, de una cosa que tenía pendiente y ha salido muy bien porque todo el mundo está contento con el libro. No quiero decir que lo tendría que haber hecho antes porque no había podido. Lo he hecho en la madurez y ahora ya tengo la cabeza para escribir otras cosas que no tengan nada que ver.

¿Más alegres a lo mejor?
La alegría no es mi objetivo en la vida, pero el humor sí, que no es lo mismo que la alegría. En todo lo que escribo siempre habrá feminismo y humor.

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https://www.tierragalana.es

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