28.9.2026.- Miguel Ángel Felipe Fidalgo escribe en andaluciainformacion.es: Un viaje a los años 90 y a los primeros pasos profesionales de un joven periodista asturiano en Radio La Isla, entre informativos, flamenco y anécdotas inolvidables.
Ha pasado tanto tiempo que me da vértigo recordarlo. Fue a comienzos de los 90 y, como consta en un informe con mis minúsculas aportaciones a la Seguridad Social española, no sólo ocurrió de verdad, que de eso mi memoria afectiva tiene suficientes pruebas, sino que legalmente y con un vínculo formal, un contrato. Algo que no era tan frecuente en aquella época y que habla de cómo se gestionaba Radio la Isla: con genuino interés de emprendimiento, con entusiasmo contagioso y con un compromiso real y tangible con la sociedad y los equipos de trabajo que nos desempeñábamos allí.
Alguno de estos compañeros, encabezados por la imprescindible Inma Forja, me contactaron para celebrar estos 40 primeros años de un medio de comunicación que ha cumplido su labor con una extraordinaria vocación social. Ilusionado y con emoción, aquí estoy tratando de hacer memoria de aquello años vividos con extraordinaria intensidad. Asturiano de nacimiento, estudié Periodismo en Madrid y fui a hacer las prácticas un verano al Diario de Cádiz. Al término de aquel periodo me ofrecieron quedarme en la delegación de San Fernando, que dirigía en aquel momento con criterios profesionales y humanos Fina Gimeno.
Fue en ese contexto que recibí el ofrecimiento para trabajar en la radio haciéndome cargo de los servicios informativos al comienzo y al final del día. Me desempeñaba en estas tareas junto a Paco López, una de las voces más emblemáticas de la radio, dotado para la locución y que le imprimía carácter a aquellos informativos. Del otro lado de la pecera, Jesús Morilla, con una chispa cañaílla que me hacía sonreír con frecuencia, hacía los controles técnicos y labores de producción.
Cada día me abocaba a mis dos “medias jornadas” laborales en la prensa y en la radio, mientras terminaba de estudiar. Experimentaba además la fascinación iniciática por San Fernando y por la Bahía de Cádiz, como un recién llegado desde la otra punta de la península. Me crucé por el camino con grandes amigos que hicieron las cosas mucho más fáciles. La primera de todas, María Antonia Carrasco, talentosa compañera de curso, mi novia en aquella época y la verdadera razón de mi presencia en aquellas tierras.
Uno de aquellos compañeros, el indescriptible y genuino Jesús del Río, ya tristemente fallecido, me habló de la santísima trinidad que había que manejar al menos rudimentariamente para practicar el oficio del periodismo en la provincia de Cádiz: el flamenco, el carnaval y la Semana Santa. En todas esas áreas, de las que ignoraba casi todo, salió en mi ayuda cuando fue necesario, especialmente en la primera donde era un cabal entendido. Otro flamenco, Salvador Aleu, de la Tertulia Flamenca de la Isla, venía con alguna frecuencia por la radio. Eran tiempos en los que comenzaban a despuntar figuras que después cautivaron al mundo entero: la Niña Pastori, una jovencísima Sara Baras. También fue la época en la que Camarón de la Isla cayó enfermo y finalmente murió. Su entierro en San Fernando es el acontecimiento periodístico más impactante que me ha tocado presenciar nunca. Su música sigue sonando en mi casa en Isla de Maipo, Chile, donde vivo desde el año 1996. He cambiado una isla por otra manteniendo vigentes todas las militancias. A aquella santísima trinidad de tema había que añadir en San Fernando el mundo militar y náutico. De esto, lo hermanos Hurtado, José María y Emilio, eran autoridades y sabían un rato.
Hay un montón de anécdotas de aquellos días en los que andaba cansadísimo y me quedaba dormido cada vez que íbamos al cine. La jornada radio-diario-radio se hacía especialmente intensa. Tenía algo maravilloso: comenzaba y terminaba con el medio más vibrante. La radio, lo saben quienes la hacen y quienes la escuchan, tiene una capacidad increíble de hacernos sentir vivos y presentes.
Encontré una solución a mis problemas de desplazamientos, vivíamos en aquel momento en la calle Almirante León Herrero, a través de la propia radio y el programa matinal de Inma Forja que tomaba la posta de los informativos. Una de aquellas mañanas, en lo que era una suerte de microespacio de avisos que la comunidad hacia a través de las ondas, escuché la voz de un caballero que por edad quería deshacerse de su vieja bicicleta. Se la compré: era una Orbea majestuosa de color concho de vino con un faro cromado y frenos de varilla y que había sido impecablemente tratada por su dueño. A partir de entonces mi llegada y salida veloz de la radio era a bordo de este vehículo. Cargaba entonces por costumbre, todavía lo hago pero no siempre en bicicleta, con una cámara de fotos cruzada. Paraba donde se me antojaba e iba tomando fotos. Llegaba a los micrófonos con esas imágenes que acaba de ver todavía en la cabeza. Por ahí estaba mi verdadera vocación profesional en este mundo. Sigo viviendo del periodismo, que ejerzo ahora y desde hace más de 25 años como editor gráfico del diario Las Últimas Noticias en Chile.
La memoria selectiva recuerda algunos momentos hilarantes de la radio, cómicos por lo ridículos, que motivaron situaciones divertidísimas en el estudio. En una de ellas, mientras entrevistaba al representante de una asociación geriátrica, pude escuchar por los micrófonos como sonaba de música de fondo El abuelo Vitor de Víctor Manuel pasado de revoluciones. Le había dado las indicaciones a Jesús Morilla respecto a cuál era el corte del disco que tenía que entrar en la presentación. El asunto es que mientras seguíamos con las preguntas y respuestas, trataba de hacerle entender que el vinilo de LP tenía que girar a 33 rpm solamente. Sobra decir que no había forma de concentrarse en el tema de la entrevista. Por suerte, Pedro Carrasco, el entrevistado, sorteó el asunto con humor y buena cintura después de darle las pertinentes explicaciones.
Otras veces, por una ambigüedad juguetona facilitada por las prisas o un error en un número de teléfono de contacto, descubrimos al final de una entrevista sin pulso que el interlocutor no era quién había sido contactado, sino simplemente alguien que iba pasando por ahí y al que se le ocurrió responder mientras su voz salía en directo.
A la vuelta de unas arriesgadas vacaciones por la extinta Unión Soviética en septiembre de 1991, justo cuando se desmoronaba el bloque comunista, viví una de las situaciones más surrealistas de mi vida. Camino al trabajo me detuve a tomar lo que me parecía una inocente fotografía de un niño que miraba el escaparate de una joyería frente a la Iglesia Mayor. Seguí caminando y a la altura de la calle Rosario pude sentir los brazos de un sujeto que me apresaba tratando de inmovilizarme. Era el dueño de la joyería que había recibido una carta de su seguro advirtiendo de bandas que fotografiaban antes de robar los locales. Pues bien, llegó la Policía Municipal, con los que yo trabajaba todos los días, y escucharon el relato de mi captor. Al consultar mi opinión al respecto hice lo que nunca debe hacerse. Confirmé con ironía sus presagios: “me pillaron, soy el jefe de una peligrosa banda”. Me llevaron en el coche policial hasta la comisaría de la Policía Nacional, que visitaba también a diario, y allí se aclaró el asunto. Un dato importante, andaba sin el DNI y acababa de entrar en vigor la Ley Corcuera. En la comisaría se personaron prontamente José Antonio Mallou y José Manuel Otero, como representantes de los medios en los que trabaja, para negociar mi libertad y rescate.
Conservo los mejores recuerdos de aquellos días y de la querida Isla de León, lugar al que he vuelto una sola vez desde que me fui. Quizás debiera disculparme con la audiencia, de quien solo recibí muestras de cariño y agradecimiento, por mis errores de principiante y neófito. Aprovecho para hacerlo ahora. También para enviarle un cordial saludo a todos los compañeros de la radio y la gente con la que interactué en aquellos días y para desearle, aunque es seguro que la tendrá, una larga vida a Radio la Isla, la radio con sal. Si me lo permiten, y desde el corazón, quisiera dedicar estas líneas con memoria a María Elba Alberca Urrejola, queridísima amiga de San Fernando desde aquellos días y recientemente fallecida.
92085

Sé el primero en comentar este artículo