Pilar Cisneros (COPE): «¿Sabes qué me gustaría contar? Que reabre una escuela en algún pueblo de Zamora que cerró hace diez o quince años»

Pilar Cisneros

16.9.2026.- Za49.es le ha entrevistado: Creció en Mahíde entre el sonido de la cafetera del negocio familiar, las partidas de cartas y un colegio que llegó a reunir a unos 300 niños antes de quedarse con apenas tres. Tras tres décadas en la radio, conserva intacta aquella necesidad de escuchar y emocionarse con las historias de los demás. A pocos días de recibir el reconocimiento de Zamorana Ilustre, hablamos con la periodista de la tierra que siempre la hace volver, de quienes faltarán ese día, de abrazos entre el barro que nunca ha olvidado y de la noticia que aún sueña con poder dar.

Antes de aprender a hablar para miles de personas, Pilar Cisneros aprendió a escuchar a unas pocas. Fue en Mahíde, entre el trasiego del negocio familiar, el tintineo de los vasos, el olor a café recién molido y esas conversaciones de barra en las que, sin saberlo, cabía la vida entera. Allí creció una niña callada que miraba hacia los kilómetros que la separaban de Zamora con ansias por descubrir qué había al otro lado. Se marchó para estudiar y terminó dedicando tres décadas a poner voz a las historias de los demás. Con los años, sin embargo, también aprendió que hay lugares que se entienden mejor cuando uno se aleja de ellos.

Desde que llegó a COPE en 1995, ha transitado por estudios, horarios y programas dispares hasta acabar recorriendo un curioso sendero de vuelta al origen del oficio: salir a la calle. Algunas de esas coberturas todavía le quiebran la voz al rememorarlas. Guarda un abrazo que sobrevivió al barro, una fotografía que vale más para ella que miles de horas de emisión y la certeza de que hay personas que siguen contigo mucho después de apagar el micrófono.

Mientras la radio la llevaba lejos, Mahíde nunca dejó de tirar de ella. Ha vuelto una y otra vez e incluso ha emitido desde Aliste, haciendo viajar su voz desde el mismo rincón donde comenzó a escuchar. Pero retornar también duele: obliga a mirar lo que permanece, lo que se ha ido quedando por el camino y aquello que algún día desearía ver regresar.

A pocos días de ser ella quien ocupe el centro de la historia (recibirá el Premio Zamorana Ilustre que entrega la Fundacion Caja Rural de Zamora), hablamos con Pilar Cisneros de raíces y ausencias, de treinta años de radio, de las huellas que dejan algunas personas y de un oficio sacudido por la tecnología que ella sigue entendiendo desde algo profundamente humano: salir, mirar y, sobre todo, escuchar.

PREGUNTA.- Pilar, has recibido premios relevantes a lo largo de tu carrera, pero las dos palabras que lleva este: “Zamorana Ilustre”, ¿pesan de otra manera?
RESPUESTA.- Desde luego que sí; sin lugar a dudas. Es el premio más especial que me han dado en todos estos años. Me siento superhonrada, orgullosa.. Pero no me lo acabo de creer porque me parece inmerecido. ¡Si hay mil personas o dos mil en la provincia que lo tendrían que recibir, probablemente, antes que yo! Me ha hecho mucha ilusión.

P.- El 25 de septiembre estarás delante de muchos zamoranos recogiendo el galardón. ¿Quién va a estar contigo, aunque no esté físicamente sobre ese escenario?
R.- Va a ser todo muy emocionante y muy duro. Desde luego, la primera persona que se me va a pasar por la cabeza es mi madre, que, afortunadamente, sí estará ahí conmigo. Después pensaré en mi único hermano; somos una familia muy pequeña. Él falleció en mayo y ha sido un palo muy gordo. También recordaré a mi padre, que tampoco está. Estos momentos tienen esa doble vertiente: emocionantes y felices, pero con mucha carga sentimental al notar las ausencias. Y profesionalmente… Es que hay tanta gente… Son muchos años, pero me acordaré de todos los programas por los que he pasado y de las primeras personas que me dieron una oportunidad.

P.- Vienes de un pueblo pequeño, de una panadería, de un bar familiar, de escuchar hablar a la gente. En un bar de pueblo se oye de todo: alegrías, problemas, discusiones, historias familiares… Mirándolo ahora con perspectiva, ¿tu primera escuela de periodismo pudo ser, sin saberlo, aquel mostrador de Mahíde? ¿Crees que allí aprendiste algo que después te ha servido muchísimo delante de un micrófono: escuchar?
R.- Nunca lo había visto de esa manera, pero, ahora que lo dices, sí. Aprendí sobre todo a escuchar porque yo en el bar no hablaba mucho. De hecho, esto es curioso: si tú preguntas a cualquiera en mi pueblo, te dirá que siempre les llamó la atención que yo me dedicara a la radio porque para ellos soy una persona bastante callada. Es un contraste raro. Pero escuchar… sí, mucho, mucho. Cuando era pequeñita, pero también después. Me fui dando cuenta de que cada vez que iba al pueblo y estaba en el bar, era allí donde escuchaba las conversaciones reales; lo que la gente piensa, siente, lo que le preocupa.
En el ámbito de los medios de comunicación estamos a veces metidos no te digo en una bubuja, pero sí en la inmediatez, en la última noticia. Y cuando regresas al lugar de reunión de un pueblo tan pequeño te das cuenta de lo que trasciende de verdad. Incluso con mejores comentarios que los de algunos tertulianos. Qué importante es tener un pueblo en profesiones tan de cara al público como la nuestra. Regresas a él y pones los pies en la tierra otra vez. Es un ejercicio que tenemos que hacer todos.

P.- ¿Qué significa para ti volver a Mahíde? ¿En qué momento sientes realmente que has llegado a casa?
R.- Siempre he llegado a casa en cuando pisaba la plaza. Aparcaba ahí el coche, abría la puerta del bar y ya estaba allí todo el mundo. Para mí casa y bar son uno porque el negocio y la vivienda estaban en el mismo sitio. Ese sonido de la gente hablando, del barullo, de la cafetera… Esas cosas a mí me sonaban a casa más que las golondrinas y la naturaleza porque es el ambiente en el que me he criado y donde también he ido a ayudar los veranos y los fines de semana durante muchísimos años. La partida de cartas, los gritos en un partido de fútbol, el molinillo del café, los cubiertos e incluso la manera de preguntar de los vecinos con ese acentito especial. Todo eso para mí también es pueblo.

P.- No me sorprende que alguien tan vinculado a la radio como tú se detenga en los sonidos. Supongo que cuando percibes las resonancias, los ecos, los murmullos o los crujidos que me detallas, al igual que cuando pruebas una comida de la zona o hueles aromas únicos, te plantas directamente en tu infancia.
R.- Totalmente. Y con nuestras tradiciones. Por ejemplo, con la Semana Santa, tan humilde y tan nuestra; con la misa especial durante las fiestas del pueblo o con la recuperación de los bailes tradicionales. De repente, viajas años atrás y recuerdas la época de tu abuela.

P.- Me hablas de tu tierra embelesada. ¿Siempre ha sido así o has aprendido a valorarla más precisamente porque un día te marchaste?
R.- Creo que sí, que he empezado a valorarla mucho más después de irme. Cuando estás ahí, te cuesta hacerlo, sobre todo cuando eres una adolescente en un pueblo de 150 habitantes en mi época. No podía ni ir al cine; mi pueblo está a 80 kilómetros de la capital, y la primera vez que fui sería ya estudiando el bachillerato en Zamora. Recuerdo ser una niña pequeña en el pueblo y querer ver La Guerra de las Galaxias o Grease y no poder. Esas pequeñas cosas hacen que el pueblo no sea a veces tan amable para alguien que va creciendo y que ve que hay otro mundo al que no tiene acceso. Yo reconozco que siempre quise salir y hacer algo fuera del pueblo. Lo tenía clarísimo: quería estudiar y quería salir. Pero es verdad que a medida que cumples años y vives en la ciudad, cada vez valoras mucho más lo bueno que es tener pueblo y todas las tradiciones que llevas contigo.

P.- Entiendo tu ilusión por el retorno, pero supongo que en esas visitas hay realidades que seguimos sin resolver en el medio rural y que duele comprobar: la falta de oportunidades, comunicaciones deficientes, la despoblación….
R.- Efectivamente, en mi pueblo y en tantos otros. En Mahíde había un colegio, el colegio de concentración. Yo empecé en la escuela, donde íbamos todos los niños de todos los cursos juntos y había una maestra. Pero en sexto de EGB ya pasamos al colegio de concentración, donde iban a estudiar todos los niños de los alrededores. Yo estudié ahí hasta octavo de EGB, cuando ya me tuve que ir al instituto a Zamora. Creo recordar que éramos como 300 alumnos de la zona; una barbaridad. No te lo sé decir con exactitud, pero ese colegio cerró, creo que hace ya cinco años. En la última etapa había tres niños. Obviamente, ya tuvieron que cerrar. También cerró un colegio de FP que levantaron en aquella época los curas.
Por desgracia, esto lo estamos viendo todos en primera persona. Somos una generación que ha asistido claramente a cómo todo eso ha ido hacia abajo. Y tampoco notas un relevo de cosas. Es decir, bueno, vale, a lo mejor hay menos niños, pero podrías decir: «Las comunicaciones han mejorado». Pues tampoco. Yo me acuerdo de ir a estudiar a Zamora el lunes por la mañana. Cogía el coche de línea a las siete menos cuarto, que era el único que podía coger, y volvía el viernes. Y sigue siendo igual. Es el único coche de línea que hay para ir y volver del pueblo. Hay uno que te lleva por la mañana a las siete menos cuarto; si te viene bien la hora, bien, y si no, se acabó. Y otro que te devuelve al pueblo a las ocho de la tarde, parándote por mil pueblos. Si te viene bien, bien, y si no, nada. Y es lo que hay.

P.- Se habla mucho de posibles fórmulas y de cómo conseguir que la gente se quede o regrese a nuestros pueblos, pero parece que nada termina de cuajar.
R.- No termina de cuajar. El otro día, precisamente, estuvimos comentando en Mahíde el tema de la despoblación. Yo no soy experta, pero creo que aquí la calidad de vida es mucho mayor que en muchos barrios y muchas zonas de grandes ciudades. Eso es una realidad. Pero ¿qué pasa? Primero, no hay trabajo. Si no hay trabajo, la gente no se puede quedar. Dices: «Bueno, pero está el teletrabajo». Se suponía que con la pandemia mucha gente elegiría vivir en los pueblos porque podría teletrabajar. Sí, pero para eso también tienes que tener unas condiciones. Tus hijos tienen que tener facilidad para ir al colegio. Si el colegio más cercano ya te pilla un poco lejos, te lo piensas. Si después, para seguir estudiando, se tienen que ir a Zamora, también te lo piensas un poco más. Es que son muchas cosas.

P.- Incluso con el teletrabajo sucede algo que hoy parece increíble: todavía hay zonas a las que internet no llega realmente en las mejores condiciones. Ni siquiera algo que parecería tan sencillo como trabajar desde casa está garantizado.
R.- Sí, es complicado. En mi pueblo, al menos, sí hay muy buena cobertura móvil. Yo, por ejemplo, tengo un equipo de radio allí con el que, de forma excepcional, cuando mi hermano estuvo enfermo y pasé tantos días en Mahíde, pude hacer radio desde ahí. Pero para que no se me cortara y tener calidad, tuve que comprar un router inalámbrico y utilizar ese router para trabajar, porque el otro no me valía. El de la fibra no me servía. En mi pueblo, en ese sentido, todavía hay suerte. A no ser, claro, que llegue una tormenta, se vaya internet, te quedes sin luz y entonces ya…
Y luego están también las carreteras. Mi pueblo está a 80 kilómetros de Zamora y, aunque teletrabajes, de vez en cuando tienes que ir a Zamora para hacer un montón de gestiones. La carretera que va a mi pueblo es de doble dirección y, además, ahora tiene un tráfico de camiones hacia Portugal bestial. Es una carretera peligrosa y complicada; tardas muchísimo en llegar a Zamora. Tardo más de lo que puedo tardar desde Villalba, por ejemplo, hasta venir aquí al centro de Madrid a trabajar.
Por eso las comunicaciones son fundamentales. Si no las tienes, si te ponen tantas dificultades, puedes decir: «Ay, qué bien se vive aquí», pero necesitas una calidad de vida alrededor, unas conexiones y unas facilidades que te permitan tomar la decisión de irte a vivir a un pueblo. ¿Cuántos pueblos están creciendo en población en mi zona? Que yo sepa, de todos los alrededores, solo dos: Rabanales y Bercianos, creo recordar ahora de memoria. Y crecen en cinco, diez o 20 personas. Pero, bueno, por lo menos suben. Eso ya es un éxito aplastante.

P.- Me cuentas que has estado trabajando desde el pueblo y quería llevarte ahora precisamente a tu profesión. Llegaste a COPE en 1995. Si pudieras entrar hoy en aquel estudio y encontrarte con la Pilar de entonces, cinco minutos antes de ponerse delante del micrófono, ¿qué le dirías?
R.- ¿Qué le diría? «Tira para adelante, no te preocupes, porque en esta empresa vas a poder hacer un montón de cosas diferentes que te van a encantar». La verdad es que, en ese sentido, no me puedo quejar, porque he disfrutado muchísimo de mi trabajo.

P.- Has hecho prácticamente de todo: mañanas, tardes, fines de semana… Has permanecido siempre en COPE, pero es difícil que hayas podido aburrirte. ¿Crees que precisamente haber cambiado tanto puede ser una de las claves para que todavía sientas ese pequeño cosquilleo cuando se enciende la luz roja? ¿O simplemente es que te apasiona la radio, independientemente del lugar que ocupes?
R.- Yo creo que para dedicarte al periodismo en general, sobre todo porque las cosas no son fáciles, y a la radio en particular, tienes que tener una gran capacidad de adaptación. Tienes que pensar que un año puedes estar muy arriba en un programa y, a lo mejor, al año siguiente o al otro no, porque hay miles de factores que determinan que tú estés ahí o no. Por supuesto, está la audiencia, los estudios del EGM y que el público respalde el programa que haces. También que a tus directivos les guste realmente lo que haces y cómo lo haces, aunque lo más importante es gustarle a la gente, porque si le gustas a la gente, al final te apoya y ahí tienes la fuerza.
Pero, sobre todo, tienes que tener una gran capacidad de adaptación y pensar: «Vale, pues este año estoy haciendo esto». Yo estuve muchos años haciendo un programa local para Madrid que tenía muchísima publicidad. Era un programa de hora y media o dos horas, dependiendo del momento, y muchas veces estaba lleno de los clásicos microespacios publicitarios, que eran como pequeñas entrevistas. Puedes pensar: «¿Cómo pudiste aguantar tanto tiempo haciendo eso?». Bueno, a mí me gustaba hacerlo. Después pasé a la tarde, primero con César Lumbreras; luego volví a local; después regresé a la tarde con Fernando de Haro y más tarde estuve en el mediodía. He hecho muchas sustituciones y lo bueno es que en cada una de las etapas siempre he tenido cosas nuevas que hacer, cosas nuevas que aprender y cosas que me gustaban.
Y en esta última etapa de mi trayectoria en la radio me ha ocurrido algo curioso. Estoy haciendo precisamente aquello por donde normalmente se empieza en esta profesión: salir a la calle. Cuando llegas de becario a un sitio, normalmente lo primero que hacen es mandarte a ti: «El becario, que vaya a la calle a preguntar y a hacer un reportaje». Pues yo, curiosamente, estoy casi acabando en ese lugar, saliendo más que nunca a la calle. Es verdad que ahora sales para cubrir cosas muy importantes, acontecimientos que te gusta contar porque puedes verlos de primera mano. Estuve en la erupción del volcán de La Palma, he estado en Valencia con la DANA, con el fallecimiento del papa Francisco y, después, durante el viaje del Papa, sin parar de un lado para otro… Es mucha labor de reporterismo y a mí me parece apasionante porque creo que, en el fondo, en el periodismo no hay nada como salir a la calle y hablar con la gente. Ahí es donde te das cuenta de verdad de lo que está pasando. Yo he hecho todo esto al revés y ahora, sobre todo durante los últimos años, estoy haciendo algo que me gusta muchísimo.

P.- Precisamente ahora que hablas de salir a la calle, internet nos permite acceder prácticamente a todo y, al mismo tiempo, en muchas redacciones cada vez somos menos. Tengo la sensación de que estamos perdiendo algo tan básico como salir, mirar a los ojos de la gente y buscar allí las historias y los detalles. ¿Te preocupa que estemos haciendo demasiado periodismo desde una pantalla y demasiado poco desde la calle?
R.- Sí, me preocupa. Creo que la tecnología está ahí y que todos los medios que tenemos ahora son fabulosos. Tenemos que utilizarlos, obviamente, porque si no, te quedas atrás. La capacidad que tenemos ahora para obtener documentación e información es impresionante. Y también la capacidad para verificarla, ojo. Aunque es verdad que la última verificación siempre está en la llamada, en la comprobación, porque, si no, a lo mejor la fastidias. Como se ha hecho toda la vida. Tenemos acceso a tantísima información que nuestra labor también consiste en filtrarla. Pero como perdamos la calle, lo perdemos todo. Estoy convencida de eso.
Lo que te da simplemente salir a ver qué está pasando no tiene nada que ver con tener delante mil pantallas o mil inteligencias artificiales que te hagan los resúmenes que quieras. Nada tiene que ver con salir a la calle y encontrarte las historias. Porque es que te las encuentras. Simplemente, teniendo capacidad de observación y curiosidad. Empiezas a mirar qué sucede en este corrillo, qué están diciendo en el otro, quién es esa persona de la que están hablando, qué ha perdido… Y solo con eso ya tienes mil cosas que contar de lo que está ocurriendo. Eso no se puede perder. Si perdemos eso, perdemos la esencia.

P.- Quizá, llegue un momento en el que lo verdaderamente revolucionario para un periodista vuelva a ser algo tan antiguo como salir a la calle, preguntar y escuchar.
R.- Seguramente. Pues bienvenido sea, ¿no? Ojalá.

P.- Centrándonos en el ahora; hoy tenemos acceso a millones de datos y la inteligencia artificial ya escribe, resume, traduce e incluso imita voces. Tú llevas décadas viviendo precisamente de la palabra y de la voz. ¿La inteligencia artificial te produce curiosidad, respeto, preocupación…? ¿O crees que aquello verdaderamente importante de este oficio sigue estando a salvo?
R.- Sinceramente, no lo sé. Yo, de momento, utilizo la inteligencia artificial básicamente como buscador, como si fuera un Google más avanzado, y luego intento comprobar también lo que busco, por si acaso. No sé si llamarlo amenaza o simplemente asumir que el mundo va a ser así y no nos va a quedar más remedio que adaptarnos. Yo confío en que las personas tengamos siempre un hueco. No sé cuál, pero que tengamos un hueco para estar ahí, para darle nuestro toque personal a las cosas, y espero que en el periodismo ocurra lo mismo.
Ahora, que hay veces que… No quiero utilizar la palabra ‘miedo’, pero me parece asombroso lo que ya se hace. Yo conozco radios musicales hechas totalmente con inteligencia artificial. El locutor no está. Hay una voz, pero no es un locutor real, está hecha por IA. Y las plataformas de música tienen un problema enorme porque les cuesta ya muchísimo detectar, cuando les llega música, si está hecha por inteligencia artificial. Y hay mucha gente que consume esa música y no le importa. No la diferencia, les da igual. Tú les dices: «Pero está hecha con IA, no hay una personalidad, no hay un cantante, no hay una mente creativa». No les importa porque les gusta la canción y la escuchan.
Entonces, yo no sé qué va a pasar, de verdad. Prefiero no vivirlo con temor. No quiero vivirlo con temor porque es lo que nos va a tocar vivir. Confío en que la persona, el ser humano y, en este caso, el periodista, tenga un encaje ahí. Pero un encaje importante. No sé cuál, pero que sigamos siendo importantes para los medios, porque, si no, me da un ataque.

P.- Supongo que seguiremos siendo importantes porque habrá cosas que ninguna inteligencia artificial pueda sustituir. Por ejemplo, sentarse delante de alguien, escucharle y conseguir que te cuente una historia.
R.- ¿Tú estás segura?

P.- Bueno… ahora mismo te estoy entrevistando por teléfono, así que quizá este no sea el mejor ejemplo. Pero sí salir físicamente a la calle, que es precisamente lo que decías antes.
R.- Hombre, desde luego, espero que la empatía siga siendo una condición humana durante muchos años y, si es posible, durante siglos. Creo que ahí tenemos un baluarte, porque la empatía también es muy importante a la hora de preguntar y de ser periodista.

P.- Si tuvieras que elegir un momento profesional en el que hayas pensado de verdad «qué suerte tengo de dedicarme a esto», ¿cuál sería? No tiene por qué ser el acontecimiento más importante ni la entrevista al personaje más conocido, sino quizá aquel en el que hayas sido más feliz o que más te haya emocionado.
R.- Mira, te voy a hablar de dos momentos muy distintos. Tuve la oportunidad de entrevistar a Michael Bublé, que me encanta. Me parece un artista brutal. Le entrevisté no hace mucho, cuando estaba haciendo por la mañana Herrera en COPE, de diez a dos, en un momento en el que no estaba Alberto. Me encantó entrevistarle. Y, además, es cierto eso que dicen; muchas veces, cuanto más importante es la gente, más fácil resulta entrevistarla. No sé por qué pasa, pero pasa. Me hacía muchísima ilusión y me alegró muchísimo poder hacer aquella entrevista.
Pero si tengo que decirte el momento que más me ha emocionado de mi carrera como periodista y en la radio durante los últimos años, elijo uno sin ninguna duda. Fue durante la DANA de Valencia. Nosotros, el equipo de Mediodía COPE, fuimos de los primeros en llegar a algunos de los pueblos afectados. Llegamos cuando todavía estaba prácticamente todo cortado y era casi imposible acceder. En muchos lugares acababa de llegar la UME. Era tremendo: las calles llenas de barro, los coches todavía apilados unos encima de otros… En Utiel, nosotros íbamos por la calle viendo qué nos encontrábamos. Había zonas con medio metro de barro. La gente estaba sacando de las casas todo lo que podía, absolutamente inservible, y acumulándolo fuera. Se formaban esas montañas de objetos, muebles y cosas echadas a perder porque no había otro lugar donde dejarlas.
Llegamos a una casa donde había siete u ocho personas ayudando a sacar todo. Era una vivienda pequeña, de dos plantas, y el agua y el barro habían llegado prácticamente hasta el tejado. La familia que vivía allí se había salvado porque había conseguido subir al tejado. Tremendo. La dueña de la casa se llamaba Arantxa. Afortunadamente, pudieron recuperar la vivienda, aunque después han tenido muchos problemas para recibir las ayudas y todavía no han podido volver a vivir allí.
Yo estaba entrevistándola. Estaba muy afectada, pero en aquel momento también se encontraba muy arropada por toda la gente que había ido a echarle una mano. Me iba contando lo que había ocurrido, cómo habían tenido que subir al tejado, cómo todo había quedado inservible. Y, de repente, sacó un cuadro. Era un jarrón de flores pintado, completamente lleno de barro, pero no se había roto. Y me dijo: «Mira, ese parece que podemos salvarlo. Es el cuadro de mi abuela. No sabes lo importante que es para mí que podamos salvar el cuadro de mi abuela». Entonces, empezó a contarme la historia del cuadro: cuándo lo había pintado su abuela, por qué lo había hecho, por qué estaba allí, en el salón… Y se te caen las lágrimas.
Cuando estás contando las cosas, cuando te colocas en el papel de periodista, muchas veces tomas cierta distancia. Pero allí era imposible. Estábamos llenas de barro y, cuando terminamos la entrevista, nos dimos un abrazo. Mi compañero Ángel Correas, que iba con nosotros, estaba haciendo fotografías y nos hizo una en ese momento. Creo que la foto de ese abrazo con Arantxa en la DANA es la foto a la que más cariño tengo de todo lo que he hecho en la radio durante todos estos años. De hecho, mantengo el contacto con ella. De vez en cuando nos llamamos. Ese momento siempre me viene a la cabeza. Siempre. Me parece tan especial que sé que lo llevaré conmigo para siempre.

P.- Cuando vuelves a mirar esa fotografía, supongo que piensas que fue uno de esos días en los que apagas el micrófono y dices: «Hoy la radio ha dolido, pero qué suerte tengo de dedicarme a esto».
R.- Sí. Me pasó también con el volcán de La Palma. Fue diferente porque aquello era impresionante. Tú puedes haber visto imágenes de un volcán en erupción, pero estar allí… La colada, la lava que va saliendo, en realidad no era esa lava líquida que ves, por ejemplo, cuando entra en erupción el Etna, toda roja. De noche sí se veía roja, pero durante el día lo que veías era una especie de río enorme y negro, de pedruscos, que iba avanzando muy despacio, muy despacio, pero seguía avanzando. Y tú estabas allí con la gente de La Palma esperando a ver por dónde iba a pasar. Dependiendo de que avanzara unos metros hacia un lado o hacia otro, se llevaba por delante una casa o no; se llevaba la plantación de plátanos de la que vivían o conseguían salvarla.
Recuerdo estar con ellos en un montículo, una especie de montaña, simplemente mirando, porque no podías hacer nada. Una vez que habían sido desalojados y sus vidas estaban a salvo, ya no quedaba nada más que hacer. Solo mirar y esperar a ver por dónde iba a pasar aquel monstruo. Esa sensación también te genera una conexión con toda esa gente. Fue otro momento muy especial.
Al final vas recopilando momentos y, si te fijas, recuerdo mucho más las historias que he contado desde la calle. Y mira que me habrán pasado cosas en los programas, en directo, aquí en el estudio, pero en la cabeza se me quedan mucho más esas historias.

P.- Hay algo que me llama la atención: las tres experiencias que acabas de elegir —Michael Bublé, la DANA y La Palma— son relativamente recientes. Después de treinta años de profesión, quizá eso demuestre que todavía conservas intacta la capacidad de sorprenderte, la curiosidad y las ganas de encontrarte con nuevas historias. Parece que todavía quedan muchas por llegar.
R.- Bueno, a lo mejor también es falta de memoria, ¡ojo! (ríe). Pero, sí, ojalá queden muchas historias. Esperemos que no tan dolorosas como las que te he contado, aunque muchas veces también tienen un punto de esperanza, que es lo que intentas transmitir; intentas buscarlo, porque si no, es muy triste. Ojalá, como dices, me queden muchas historias que contar. Y ojalá que algunas sean en Zamora y que sean positivas y buenas. También me gustaría. ¿Sabes qué me gustaría contar? Que reabre una escuela en algún pueblo de Zamora que cerró hace diez o quince años. Esa sería una buena historia para contar.

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