6.3.2026.- Isabel Morillo le ha entrevistado para elcorreoweb.es: Se levanta cada día a las tres de la mañana para empezar en Canal Sur Radio a las cinco con El Club de los Primeros. «No sabes qué bonita es la gente de Andalucía». Charo Padilla (Sevilla, 1962) contagia pasión. Su energía es infinita. Nos abre las puertas de su casa y se cuenta sin protegerse. Es generosa aunque ella diga que es malaje. Habla como habla la radio cuando se hace bien: con una frase que avanza, otra que se detiene y una pausa que no es silencio, sino intención. Padilla es reportera. Si la mandas a cubrir un incendio, acaba subida a la escala de los bomberos para sentir el calor de las llamas. Periodismo en estado puro y del bueno.
Siete años después de aquel pregón de la Semana Santa de Sevilla —el primero pronunciado por una mujer y, de momento, el único— todavía se emociona al darse cuenta del legado que dejará a sus hijos: «Van a pasar los años, yo me moriré, mis niños tendrán nietos y siempre seré la primera mujer pregonera».
Ni lo buscó ni lo soñó. Había cubierto decenas de pregones «desde la trastienda», micrófono en mano, y por eso mismo la propuesta le pareció una locura. La primera vez que se lo planteó el entonces arzobispo Juan José Asenjo, dos años antes, respondió un no rotundo. «Casi me da un jama, me subió la tensión». El arzobispo se lo repetía cada vez que la veía y ella se escondía. En ese intervalo empezó a escribir artículos en Diario de Sevilla y se dio cuenta de que tenía mucho que contar: «Llevaba muchos años contando la Semana Santa, que es una manera de vivirla».
PREGUNTA. ¿Por qué acabaste diciendo que sí?
RESPUESTA. Porque yo daba mucha guerra con eso: «¿y dónde está la mujer?, ¿por qué la mujer no da el pregón?, ¿dónde están las mujeres en las hermandades?». Y claro, cuando llega el momento y te dicen «tú lo das», ¿cómo voy a decir que no? Me parecía feo. Entre que me convencieron, entre que pensé que tenía cosas que contar y por vergüenza torera… lo di. Si no, no lo habría dado en mi vida. No era mi idea, ni mi intención, ni mi sueño.
«Ahora pienso: qué inconsciencia la tuya»
Con los años entendió el peso simbólico, y también el riesgo: subir a ese escenario requería arrestos o inconsciencia. «Visto desde la perspectiva de los años, pienso: qué inconsciencia la tuya. Pero no me arrepiento en absoluto». No volvería a dar el pregón, como sí ha dicho su compadre Carlos Herrera, pero si lo hiciera, daría exactamente el mismo. Hay un orgullo que se sostiene en lo concreto, en la idea de legado: que sus hijos puedan decir que su madre abrió una puerta. Ser «la primera» es hermoso; ser «la única», no. «Vendrán más y será pronto, espero».
El vértigo le paso factura física. Una semana antes, el cuerpo le dio un aviso: mareos, agotamiento, una especie de tirón que ella atribuye a la tensión y al trabajo acumulado. «Yo decía: no es que no vaya a poder decir el pregón, es que me voy a caer». Fisioterapia, masajes, y tres inyecciones los días previos; la tercera se la puso su marido la víspera «por si acaso». Al día siguiente, el cuerpo estaba con ella.
P. ¿Qué te obsesionaba más cuando estabas en las vísperas?
R. El tiempo. El pregón tiene una medida. La atención no la mantienes más de hora y veinte, hora y veintipico. Yo llegué a una hora veintidós, veintitrés… y no quería pasarme.
En sus hojas, en mayúsculas y repetido, dejó escrito: no correr. Como la inmensa comunicadora que es sabe que lo que se dice importa, pero importa más cómo se dice. «El pregón hay que masticarlo». «Un texto brillante se puede estropear si no lo dices bien. Un texto apañado puede ser brillante si lo dices bien. Hay que pararse, hay que interpretar».
Recuerda su pregón como un trabajo de interior. «Me arañé por dentro». Un mes largo de escritura que termina pareciéndose a una revisión de vida. Ella no pretendía un texto «literario en mayúsculas». Quiso un pregón «del pueblo», de quienes miran a pie de calle. Para que aquello funcionara tenía que tirar de lo auténtico, y eso exigía exponerse: «Me abrí en canal».
P. ¿Qué significa abrirse en canal delante de un teatro entero?
R. Que conté cosas íntimas. De mi familia, de mi madre… y lloré muchísimo. Si quieres transmitir verdad, no hay tutía, te cogen enseguida.
«Durante días eres más que el alcalde»
«La ciudad te eleva», dice, «te presta unos meses de cariño», te trata «como si fueras más que el alcalde». Y de pronto termina la Semana Santa y vuelves a ser anónima. Ella lo tuvo claro, el lunes siguiente se dijo, “Charo, que tú eres solo una periodista”.
Para ella, cada acto previo al pregón tuvo el mismo valor: lo mismo la Macarena que Torreblanca. «La pregonera está al servicio de Sevilla entera». De ahí que cuidara los detalles como se cuida un reportaje: no por vanidad, sino porque sabía que la mirada iba a ser distinta.
P. ¿Sentías que iban a mirarte con lupa por ser la primera?
R. Con dos anteojos. Tenía que ir sobria, pero no aburrida; elegante, pero no sosa. Y había mensajes: quería que mis zapatos fueran de una mujer sevillana, trabajadora, luchadora. Los hizo Nuria Cobo. Y me vistió otra mujer sevillana, Lina. Era un pregón de una mujer dicho por una mujer. No era una cosa feminista de pancarta, pero la mujer estaba permanente. Todo tenía un mensaje.
Las críticas llegaron, como llegan siempre. Pero ella tiene un don que a veces es virtud y a veces defensa: la mala memoria. Sus amigos periodistas tienen una tertulia que llaman El despelleje. La despellejaron, pero no recuerda ni una frase. De fuera le llegó algún comentario: que aquello no era un pregón, que era un reportaje. Ella encoge los hombros: su pregón fue, justamente, una forma de contar desde la calle. «Hoy en día hay gente que me habla del pregón y hay una cosa que me llegó: la emoción». La emoción, además, de quienes no suelen escuchar pregones y, sin embargo, lo entendieron.
P. ¿Te han pedido consejo los pregoneros que vinieron después?
R. No. Eso es muy personal. Pero yo siempre los llamo cuando los nombran y les digo: disfruta de la experiencia desde el principio, desde que te nombran hasta que das el pregón.
Los primeros años, confiesa, sintió «una envidia… de pecado» cuando llegaba el siguiente pregonero. Se le pasó con el tiempo. «Termina el Domingo de Ramos y el lunes siguiente vuelves a ser un ser anónimo». «Yo me escondía: quería seguir siendo la reportera de Canal Sur». El rótulo de «periodista pregonera» duró poco.
La Semana Santa crece, la ciudad se estrecha, y cada año la pregunta vuelve con otro nombre: aforo, vallas, seguridad, recorridos… A ella, la idea de limitar por decreto le produce rechazo.
Rosario Padilla
Charo Padilla con el pregón que dio en 2019 / Pepo Herrera
P. ¿Se deberían poner “númerus clausus” en las hermandades?
R. Es ponerle puertas al campo. Si para mucha gente la máxima expresión es salir en su cofradía, ¿cómo le dices ‘este año no’? Eso sería feísimo. A lo mejor hay que hacer otras cosas: exigir preparación, un cursillo, que la gente entienda lo que hace… pero una cofradía con cuatro nazarenos no es una cofradía.
Padilla entró en Canal Sur en 1990 y se hizo reportera: «Mi periodismo ha sido muy de calle. Si hay un incendio, me meto y me subo con el bombero si hace falta». La Semana Santa la empezó a contar en la Cuaresma, cuando aún no se contaba: la plata que se limpia, las flores que se montan, el traslado de un paso cubierto con una sábana. «Soy periodista de la etapa analógica», se define. Entonces no había móviles que lo grabaran todo: “Antes todo era sorpresa”.
En ese terreno nació El Llamador, el programa radiofónico de Canal Sur que cambió la manera de narrar la Semana Santa: la previa, el trabajo invisible. Ella lo recuerda como un «antes y después». Y también como un sitio donde, sin proponérselo, abrió puertas: se metió bajo un paso en un ensayo de costaleros en una época en la que la presencia femenina era rara.
P. ¿Te costó que te respetaran en un mundo tan masculino?
R. Hay una clave: haz bien tu trabajo. Estás hablando de sentimientos, de tradiciones heredadas. Ahí hay que pisar con pies de plomo, tener tacto en cómo se dicen las cosas. Y a mí me respetaban.
«Yo le hablo a alguien sentado en su mesa de camilla»
Esa ética del tacto se convierte, cuando habla de radio, en un pequeño decálogo. Le indignan los micrófonos invasivos dentro de una iglesia, pegados al llanto de alguien, o el periodista que se planta al lado del capataz como si el sonido mejorara por proximidad. «Ponlo abajo, se escucha igual y no rompes la intimidad». Lo más difícil, dice, han sido las lluvias: contar una retirada digna, sostener la retransmisión cuando «no hay nada que contar» sin aburrir. Y aquí vuelve su imagen favorita: ella imagina a una persona sentada en una mesa camilla, alguien que no puede salir, y cuenta para esa persona. «Ese es el objetivo».
La Semana Santa, como todo lo vivo, ha cambiado. Y ella, que rechaza el lamento nostálgico, lo asume sin dramatismo: «Ha evolucionado como la sociedad». Hay vallas, hay bullas, hay móviles interpuestos entre los ojos y el paso. «Prefiero la memoria del alma y del corazón que la memoria de una fotografía». Sabe, sin embargo, que eso no va a desaparecer.
«Al techo de cristal hay que darle una ‘pataíta'»
El cambio más visible está en las mujeres. Hoy hay más, pero a ella le interesa la letra pequeña: el techo de cristal y la carga mental. En una junta, el teléfono suena con la lista doméstica; muchas renuncian por esa doble agenda. Ella misma dejó El Llamador por sus hijos. No lo cuenta como sacrificio heroico, sino como vida.
P. ¿Y tú cómo quieres vivir la Semana Santa ahora?
R. Yo ya mismo me tengo que retirar. Tengo 64 años. Antes hacíamos catorce o quince horas al día. Ahora hago uno o dos días, como mucho.
«La salida del Cerro es muy especial”, dice. Y «cualquier cosa de la Macarena» le sigue pareciendo preciosa. «Cada año es distinto porque tú estás distinta. Falta alguien, cambia la vida, cambian las emociones. La Semana Santa es la misma y no lo es».
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