Ponferrada, ciudad de radio: el nacimiento de sus primeras ondas

Celina Correa

25.1.2026.- Sonia Bardón escribe en elbierzodigital.com: Una mirada a Radio Juventud, nacida en los años de la prosperidad minera, cuando la radio era compañía diaria, escuela de voces y un miembro más de la familia.
Una mirada nostálgica nos devuelve a los primeros pasos de la radio en Ponferrada, aquella ciudad del dólar que vivía un tiempo de prosperidad impulsado por la minería, la puesta en marcha de la MSP y el empuje de Endesa. Eran años en los que la radio no solo informaba, sino que también acompañaba y abría una ventana al mundo: voces amigas que entraban en nuestros hogares y se convertían en un miembro más de la familia.

Radio Nacional comenzó su andadura en 1952 bajo el nombre de Radio Juventud de Ponferrada, integrada en una amplia red de emisoras públicas que marcaron profundamente la vida cotidiana durante el franquismo.

El pasado 29 de diciembre de 2025, cerca de un centenar de emisoras de Radio Nacional de España dejaron de emitir en Onda Media. Entre ellas, la histórica emisora de Ponferrada. Con ese apagado se cerró una forma de escuchar —y de sentir— la radio. La señal continúa en FM, pero la AM, la que sonó durante décadas, se ha callado para siempre.

Luis del Olmo, Yolanda, Benigno, Linares, Ernesto, Gabaldón, Amalita, Sarita, Yolanda, Celina, Fidalgo, “El Cuco”, … voces que aún hoy resuenan en nuestra memoria. Con medios técnicos modestos y las limitaciones propias de la Onda Media, lograron llegar a todos los rincones del Bierzo.

Supieron crear una red de corresponsales estratégica y bien distribuida por toda la comarca. Todavía perdura en nuestro recuerdo cómo cerraba sus crónicas radiofónicas el corresponsal faberense: Y desde Fabero y su cuenca minera, habló como siempre para ustedes Manuel Pérez Álvarez.

En otros puntos de la comarca, sus voces eran igualmente reconocibles: en Bembibre, Rivera Merayo; en Toreno, Paco Buelta; en Villafranca, Ramón Cela; en Cacabelos, Primitivo Quiroga; en Noceda, Felisa Rodríguez; y en Toral de los Vados, Manuel Rodríguez.

Un caudal de recuerdos que hoy recuperamos de la mano de Celina Correa, pionera en el control técnico y protagonista de aquellos días en los que las ondas se construían con oficio, paciencia y mucha vocación, en los que cada emisión era una pequeña aventura diaria.

La radio vista desde dentro
Aunque siempre se ha sentido berciana de pura cepa, el destino quiso que Celia Correa, hija de un alférez provisional, naciera en Zaragoza, en la Academia Militar, y fuera bautizada en El Pilar. Poco después, su familia se trasladó a Vigo, ciudad que enmarca sus recuerdos infantiles más felices. Ya en 1947, durante su juventud, llegaría a Ponferrada, tierra de todas sus raíces maternas.

Su llegada a Radio Juventud fue casi casual, gracias a su amistad con Merce Mato, administrativa de la emisora. “Iba a verla y me escondía porque llegaba Ernesto, el director, y preguntaba si no tenía otra cosa que hacer que estar todos los días allí. Así que cuando él llegaba, me hacían la señal de un bigote y yo me escondía” relata entre risas.

Antes incluso de trabajar en la emisora, era una oyente fiel. Escribía con frecuencia al programa Escoge tu música selecta, solicitando la emisión de sus canciones favoritas. Por entonces sentía una admiración especial por Dolores Pradera. “Mi madre cantaba mucho y me enseñó a querer con locura a Dolores Pradera”, recuerda.

Su presencia habitual en la emisora hizo que, cuando surgió una vacante en el control, Sigifredo, el administrador, pensara en ella y le ofreciera el puesto. Así comenzó una etapa en la que Celina se convertiría en pionera: durante muchos años fue la única mujer encargada del control técnico de la emisora. Aún recuerda la sorpresa de algunos compañeros de Madrid cuando la veían manejar los equipos.

Confiesa que siempre le fascinó el control técnico y la música, carecía de conocimientos previos y todo lo aprendió allí, guiada por la curiosidad y las ganas.

Empezó trabajando de forma intermitente durante algunos meses y, más adelante, le ampliaron la jornada a seis horas. Las condiciones laborales eran muy precarias. “Por entonces nadie estaba fijo; nos daban como una propina, no había un salario como tal ni seguridad social”, explica. Para lograr un contrato estable fueron necesarios tres años de práctica, hasta que finalmente consiguieron una nómina, gracias a la presión de los sindicatos.

Todo se sostenía en la vocación, la entrega y muchas horas de trabajo. “Íbamos porque nos gustaba muchísimo; yo siempre antepuse la emisora a todo lo demás”, asegura.

En aquellos años, todo se hacía de forma manual y en directo. La tecnología era básica y los equipos, sencillos. Aprender a manejar el control no le resultó complicado, sobre todo porque le apasionaba y ponía todo de su parte. “Si cometías una pifia, casi no se notaba y nos lo perdonaban todo”, comenta entre risas.

El aprendizaje era constante y rápido. A medida que la tecnología avanzaba, también lo hacía el equipo. La llegada de las cintas de casete permitió realizar montajes que antes requerían un trabajo completamente manual. “Venían de Valladolid y nos daban cuatro indicaciones: esto es aquí, allí y allí. Asentíamos, pero al día siguiente ya no nos acordábamos muy bien de cómo era”, recuerda divertida.

Un papel fundamental tenía la discoteca de la emisora, cuidada con mimo por Sarita (Sara Fernández), la discotecaria. “Gracias a ella teníamos muchísimos discos. Llamaba a Madrid y pedía grabaciones de conciertos y orquestas a RNE”, explica Celina. “Nuestra discoteca era impresionante, la envidia de otras emisoras, como la de León”.

Los discos en aquella época se compraban en Mariano Arias, ubicado en la Avenida de España y en la Gafa de Oro que estaba en la Avenida de la Puebla. No había dinero en metálico y todo se conseguía intercambiándolo por publicidad. “Sellos no pagábamos ni uno. En las dedicatorias que nos pedían, algunas desde el extranjero, en vez de dinero nos enviaban sellos”, explica Celina.

Pedro Blanco: crecer con la emisora
La mirada de Pedro Blanco, marido de Celina, completa el retrato de aquellos años. Llegó a la emisora con tan solo doce años y permaneció en ella hasta 1963, cuando apenas había alcanzado la mayoría de edad. “En esa casa hice de todo”, recuerda. “Empecé llevando la correspondencia: iba a Correos o a recoger cartas a casa de Luis del Olmo, hice control, fui discotecario…”

Entre risas, evoca también las limitaciones técnicas de la época. “Las grandes sinfonías ocupaban ocho o diez discos. A veces nos equivocábamos: en lugar de poner la cuarta parte sonaba la quinta, y luego volvíamos a la primera…”, cuenta. Recuerda además cómo la programación se adaptaba al calendario litúrgico: “Durante la Semana Santa, la emisora emitía exclusivamente música clásica o saetas”.

Programas para recordar
La programación de Radio Juventud de Ponferrada en los años 50 y 60 respondía al modelo común de las emisoras públicas locales de la época. Se estructuraba en bloques reconocibles, muy ligados a la vida cotidiana, la propaganda oficial y el entretenimiento popular. Era, además, la única emisora existente, lo que le garantizaba una amplia audiencia.

Por las mañanas se emitían boletines informativos locales y nacionales, junto a programas musicales en los que sonaban pasodobles, copla, música española y algo de música ligera. Tenían un gran éxito los espacios femeninos, dedicados a consejos domésticos, cocina, costura y familia, que solían incluir dedicatorias musicales enviadas por carta o entregadas directamente en la emisora.

Al mediodía se emitía el Ángelus y no faltaba la publicidad local de comercios, bares, talleres, almacenes o academias. Entre los anuncios más recordados figuraba el célebre spot de “Almacenes Bodelón, los grandes almacenes… de la región”.

Uno de los espacios más escuchados eran las necrológicas. “En Valladolid no se creían el dinero que entraba aquí por necrológicas”, recuerda Pedro. A las dos de la tarde se ofrecía la cartelera de cine y, a las dos y veinte, El Ventanal de la Ciudad, un magazine de tono ameno y divulgativo, muy pegado a la vida cotidiana. A las dos y media se conectaba con Radio Nacional.

Las tardes estaban dedicadas a programas juveniles, con concursos sencillos, música moderna y peticiones, así como a espacios culturales e infantiles. También se realizaban conexiones con campamentos y actividades de la OJE.

En la franja de tarde-noche había espacio para el radioteatro, los consultorios sentimentales —como el célebre Elena Francis— . Muchos bercianos encontraban compañía escuchando sus consejos. Fue uno de los programas más emblemáticos y longevos de la radio española, emitido entre 1947 y 1984 y fiel reflejo de la moral oficial de la época. La programación se completaba con espacios musicales nocturnos como Ronda, concebido para acompañar la noche y el descanso.

Entre los programas musicales locales destacaban espacios muy populares como Al viento las canciones, presentado por Pili, Ricardo y Benigno. Ricardo Correa disfrutaba realizando programas infantiles en directo. La emisora contaba con una sala llena de butacas, y una de las secciones más celebradas era El hombre invisible, en la que Pedro decía una frase conocida y los niños tenían que adivinar quién la había pronunciado.

Yolanda Ordás presentó durante muchos años La ballenísima alegrísima, con gran éxito entre el público infantil. Pedro recuerda también su trabajo en programas como el del Mago Chalupa.“Yo le hacía el control a Ignacio Linares cuando leía las cartas de los niños. Me encargaba de los efectos especiales, imitábamos el trote de los caballos o el sonido del agua. También hacíamos telenovelas y radioteatro, con un grupo de unas treinta personas. Todo estaba en el guion; se escribía mucho en aquella época. Para mí fue un aprendizaje continuo”, explica Pedro.

En aquellos años, Ponferrada era una ciudad muy próspera. Mientras muchos pueblos cercanos carecían de comercio u opciones de ocio, la capital berciana ofrecía espectáculos y actuaciones traídas por locales como la Magel, el emblemático espacio de ocio nocturno de la calle Ancha, que se anunciaba en la radio. Los cines también aportaban importantes ingresos publicitarios. Aun así, la mayor fuente de ingresos seguía siendo las necrológicas: a las dos de la tarde, casi toda la ciudad sintonizaba la emisora para escucharlas.

Otro de los apartados más exitosos era el de las dedicatorias musicales, especialmente en fechas señaladas como el Día de la Madre, San José o la Primera Comunión. “Teníamos que grabar las cintas porque una sola dedicatoria podía durar una hora o más. Si era Madrecita María del Carmen, aquello era tremendo”, recuerda Celina.

Más que una emisora, una familia
El ambiente en la emisora era excepcional. Celebraban santos, cumpleaños, cualquier excusa valía para compartir pasteles comprados en la confitería Pili y una botella de Málaga Virgen.“Agarrábamos unas tortas…. Luego se me nublaba la vista. Vivimos tiempos muy buenos”, recuerda Celina entre risas.

Yo con Benigno discutía todos los días, luego solo se despedía de Maribel, “a esa criqueira no le digo nada” (refiriéndose a Celina), recuerda la protagonista de la anécdota.

En ese entorno coincidieron con profesionales tan queridos y reconocidos como Yolanda Ordás, Cito Linares y Luis del Olmo. “Luis estaba estudiando en el Gil y Carrasco, pero lo escucharon en la emisora, les encantó su voz, se fue para Asturias y fíjate donde llegó. De aquí salían grandes voces”, recuerda Pedro.

La emisora era una verdadera cantera de grandes voces. “Benigno Crespo, Porfirio Fernández de los Cobos, Rodolfo Mosquera, Ricardo Correa … voces impresionante, voces inconfundibles… ”, explica Pedro.

Anécdotas que hoy son memoria
Celina atesora mil anécdotas de aquella etapa: “nos llamaba la gente y decía: ¿qué pasó en la emisora que no salís? Nada, sí que estamos saliendo… les respondía. No, no, ah bueno será que no tengo pilas, contestaban”, narra riendo.

En otra ocasión, en pleno directo, los discos “lloraban”. Los oyentes llamaban para quejarse de que sonaban mal, y es que, tras una celebración con Málaga Virgen, Celina había olvidado colocar el adaptador en los discos pequeños, que en lugar de sonar correctamente emitían ruidos extraños.

Cuando se producía un corte de agua o de luz, llamaban a la radio para preguntar qué había pasado y hasta cuándo iba a durar. “Antes, al pasar por el Montearenas, si algún camión derribaba un poste nos quedábamos sin luz”, explica Celina.

“A veces los oyentes venían a la emisora a pedir discos sin saber exactamente cómo se llamaban, así que les pedíamos que nos los cantasen. Recuerdo un par de casos divertidos: una vez nos dijeron que la canción mencionaba ‘la esterilla de David’, cuando en realidad querían decir ‘la estrella de David’; en otra, alguien pedía ‘la zorra del griego’, cuando en realidad era ‘Zorba, el griego’. Algunas eran prácticamente imposibles de adivinar”, añade Celina entre risas.

Celina asegura que nunca llamó nadie para insultarles o enfadarse por cualquier fallo. “Si lo decía la radio, era palabra de Dios. Lo dijo Yolanda, lo dijo Benigno y aquello iba a misa”.

Otro de los episodios dignos de mención fue el ocurrido en los años 60, en el que la emisora sufrió un incendio que obligó a trasladarse temporalmente a un piso encima de la farmacia Layal, en la calle República Argentina. Los daños fueron importantes y las instalaciones tuvieron que reconstruirse por completo. La causa del incendio fue la calefacción, que estaba muy cerca del control y del locutorio, y que también afectó a la sala de audiciones.

Juntos en la radio y en la vida
Celina Correa y Pedro Blanco se conocieron en 1959, en la escalera de la emisora. Pedro llevaba ya algunos años trabajando allí, aunque justo un año antes de que ella entrase, se incorporó a la marina. Se casarían años más tarde, allá por 1972.

Las condiciones económicas iniciales en la emisora eran casi simbólicas. “Por trabajar tres meses me dieron 300 pesetas, con las que pude comprarme unos zapatos”.

Con la estabilidad laboral llegaron también mejores sueldos. Al hacerse fijos, los salarios pasaron a situarse entre las 2.000 y las 2.500 pesetas, una cantidad media para la época. Celina recuerda especialmente el año de su boda: “En 1972 trabajé hasta el día antes de casarme y cobraba 4.500 pesetas. Fuimos de luna de miel y, al volver, me llevé una gran sorpresa: nos habían subido el sueldo, pensé que a 5.000 pesetas… ¡pero la subida fue mucho mayor, hasta 12.500 pesetas, y además ¡con carácter retroactivo! Me sentí millonaria”, comenta riendo.

40 años de radio
Celina permaneció en la emisora casi 40 años: “Entré el 1 de noviembre del 58 y me fui el 1 de octubre de 1998”. Se prejubiló tras una buena oportunidad ligada a un ERE, aunque confiesa que al principio le costó adaptarse.

Hoy, 27 años después, recuerda con cariño aquella etapa. “Pasaba más tiempo en la emisora que en casa, y a mis compañeras les contaba cosas que ni siquiera le había dicho a Pedro”, añade entre risas. Compatibilizar tantas horas de trabajo con la vida personal y familiar no era tarea fácil; cuando llegaron los hijos, contaban con la ayuda de sus madres, suegras y otros familiares cercanos.

Asegura que nunca barajó la posibilidad de irse a Onda Bierzo, como sí hicieron su marido, Pedro Blanco, Yolanda Ordás o Ignacio Linares. Ante la pregunta de sus compañeros, respondía con firmeza:“¿Cómo os voy a dejar a vosotros? Si me voy de aquí me muero (ríe). Tenía antigüedad y un buen sueldo… nunca pensé en irme”.

Hoy, con la Onda Media ya apagada, queda la memoria. Esos recuerdos nos permiten reconstruir no solo la historia de una emisora, sino también la vida cotidiana de la ciudad y de quienes hicieron posible que la radio se convirtiera en compañera, guía y confidente de generaciones enteras.

Gracias a personas como Celina Correa y Pedro Blanco, pioneros y testigos de aquellos primeros años, podemos comprender cómo Radio Juventud de Ponferrada no solo emitía programas, sino que se coló en los hogares y se convirtió en un miembro más de cada familia berciana.

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