Miguel Ángel Oliver (ex Cadena SER), el hombre tras la controvertida política de comunicación de Pedro Sánchez

Miguel Ángel Oliver

Silvia Cruz Lapeña ha repasado su trayectoria para revistavanityfair.es:
Los informadores critican al Gobierno por su forma de informar en la crisis del coronavirus: exceso de comparecencias o de control sobre la prensa son algunos reproches que hacen a una estrategia diseñada por este discípulo de Iñaki Gabilondo.

«Es el nivel superior. El lugar inalcanzable, la estrella polar.» Así se refirió en una ocasión Miguel Ángel Oliver a Iñaki Gabilondo, el maestro a quien parecía llamado a suceder. La gran oportunidad para hacerlo se le presentó en 2005, cuando el locutor más admirado de la Cadena SER dejó Hoy por Hoy después de 20 años de éxitos para presentar un informativo en Cuatro. Pero algo ocurrió porque finalmente fue Carles Francino quien asumió la responsabilidad –y el honor– de sentarse ante el micrófono que dejó vacante uno de los grandes de la radio española.

Un excompañero de Oliver define ese episodio como «una humillación». Es la misma palabra que emplea alguien que trabajó con él en Cuatro, donde también acabó recalando el periodista nacido en Madrid hace 56 años: «Lo humillaron y luego, lo tuvieron dando vueltas para acabar dándole un informativo de 15 minutos». De ahí, al Gobierno de Pedro Sánchez, donde llegó en 2018, cuando tras la moción de censura a Mariano Rajoy, el nuevo presidente lo nombró secretario de Estado de Comunicación. En ese cargo, Oliver no ha tenido un mes tranquilo.

Nada más aterrizar, tuvo que gestionar la dimisión de los ministros Máxim Huerta (Cultura) y Carmen Montón (Sanidad), uno por motivos fiscales, la otra a cuenta del plagio de un trabajo de máster. El responsable de comunicación también ha vivido en Moncloa crisis en apariencia más livianas, como la que le hizo dar la cara para decir: «Yo hice la foto del Falcon», en referencia a la imagen de Pedro Sánchez con gafas de sol departiendo con José Manuel Albares a bordo del avión del Ejército del Aire en el que el mandatario realiza muchos de sus viajes. La toma fue tachada de frívola y origen de muchas burlas. “En mi ingenuidad, jamás pensé que una foto del presidente iba a suscitar esa polvareda. Mi error fue mi candidez”, arguyó Oliver. Algo parecido le pasó con la foto de las manos del presidente que publicó en la cuenta de Twitter de Moncloa en junio de 2018 con esta frase: «Las manos del Presidente marcan la determinación del Gobierno».

Cara conocida, poco polémico
A Miguel Ángel Oliver le gustan las alturas y las profundidades. Así se lee en la página de Transparencia del Gobierno, donde explican que es aficionado al montañismo y al submarinismo. También que le apasionan la arqueología, la egiptología y los objetos antiguos. De su vida personal se sabe poco. Está casado con Charo González, periodista que trabaja como jefa de prensa del ayuntamiento de la localidad madrileña de Boadilla. Como su pareja, estudió Ciencias de la Información en la Universidad Complutense de Madrid y pasó por la Cadena SER. Pero está en la «oposición»: no trabaja para el PSOE sino para el PP, partido con el que también fue jefa de prensa en la Asamblea de Madrid de 1995 a 2001, según indica su curriculum. Con ella tiene Oliver tres hijos. El mayor, Álvaro, nació en 1996, tiene hoy 23 años, y su nacimiento fue noticia en el diario El País.

La discreción va asociada al oficio de informador, que tiene entre sus máximas que el periodista nunca debería ser noticia. Pero el caso de Oliver es algo diferente. No solo porque su cara es conocida por los años televisivos; por sus labores de pregonero en fiestas como la de la Almeja de Carril o por su actividad en el pasado al frente de la ONG Amanecer por África, en cuya presentación involucró a la reina Letizia, entonces princesa de Asturias. Si Oliver no es como sus predecesores es por el modo en que asume un puesto que hasta ahora, requería de mayor anonimato. Por eso a casi nadie fuera del mundillo informativo le suenan nombres como los de Carmen Martínez Castro o Fernando Moraleda. Sí dejó más eco el de Miguel Ángel Rodríguez, pero fue porque, además de secretario de Estado, era el portavoz del Gobierno de José María Aznar.

Oliver no tiene ese papel, pero en la crisis del coronavirus se le ha podido ver frente a las cámaras ejerciendo de moderador en las ruedas de prensa en las que da paso a los periodistas y los introduce para que pregunten a los ministros como si fuera un presentador de televisión. Según algunos de los informadores más veteranos que cubren Moncloa, también se cita a sí mismo como fuente de información, algo que no hacían los anteriores secretarios pues entre las labores de Oliver –que diseña la estrategia de comunicación, organiza los actos informativos y tiene informado al Gobierno de la actualidad– no consta la de ser fuente ni portavoz, sino la de ejerer de enlace, un papel más neutral del que desempeña.

Por eso, casi 300 periodistas firmaron un manifiesto titulado #LaLibertaddePreguntar, en el que criticaban su papel: no le creyeron cuando adujo que faltaban medios técnicos para hacer ruedas de prensa telemáticas y calificaron esa explicación como «excusas para controlar a la prensa». Poco después, al general de brigada José Manuel Santiago Marín se le escapaba que la Guardia Civil estaba trabajando «para minimizar» las críticas en Internet contra el Gobierno.

La política como espectáculo
Ese perfil más expuesto concuerda con algo que comentan las mismas fuentes: que Sánchez descartó para el cargo a la mujer que lo aupó primero a candidato del PSOE y luego a presidente, Maritcha Ruiz Mateos, porque quería un fichaje mediático. Y enlaza con la elección de Huerta, otro presentador, como ministro de Cultura. También con la progresiva espectacularización de la política.

Así definía Oliver como era para él un buen informativo cuando aún era editor de Noticias Cuatro: «Tiene que reunir actualidad, sorpresa, verosimilitud y entretenimiento». La última palabra es clave, pues era la idea central del programa de política con hechuras de espectáculo que dirigió en esa misma cadena: «La sociedad española está totalmente polarizada. ‘Toma Partido’ quiere reflejar ese estado de opinión que todos estamos observando”, explicó. Para denunciar la polarización, sin embargo, presentó un espacio polarizado y maniqueo. «Los invitados mostrarán por parejas sus opiniones en un duelo dialéctico en el que elegirán una posición respecto a una serie de preguntas formuladas, siempre a favor o en contra. Sí o no».

La idea era competir con El Intermedio que presenta Gran Wyoming en La Sexta, pero en lugar de usar el humor para abordar la actualidad de manera desenfadada, acudió a periodistas y polemistas como Miguel Ángel Rodríguez –antecesor suyo en el cargo y hoy asesor de Isabel Díaz Ayuso– a la crispación y a estrados con pulsadores como si fuera un concurso. Es solo un ejemplo de cómo se retroalimentan hoy política y periodismo en su creciente espectacularización, como indican Elena Cebrián y Tamara Vázquez en su estudio «Telerrealidad y política se unen», donde analizan el modo en que los propios políticos contribuyen de manera activa a convertirse en actores. Un fenómeno que empezó con la televisión y que las redes sociales, con su mayor velocidad, solo han exacerbado.

Tras la exhumación de Franco
La persona que trabajó con Oliver en Cuatro cree que en su elección como secretario de Estado de Comunicación además de su perfil mediático influyó otra cosa: «Había otras caras conocidas con más carácter en una cadena que es afín al Gobierno, pero ni a Javier Cintora ni a Javier Ruiz le habría ofrecido un puesto así el Gobierno. Oliver tiene un perfil como polemista mucho más bajo», dice incidiendo en que no es conflictivo.

Efectivamente, Oliver ha generado más debates públicos como secretario de Comunicación del Gobierno que como periodista. En la profesión, además, los compañeros hablan bien de él y su talante. «Es un tipo encantador, cercano, bien valorado como docente y dispuesto a echar una mano siempre en todo», explica a Vanity Fair Alfonso Palazón, jefe del Departamento de Comunicación de la Universidad Rey Juan Carlos donde Miguel Ángel dio clases en el grado de Periodismo y en el máster de Reporterismo.

Esa imagen de persona próxima, amable, y buena gente la resaltan todas las personas consultadas que han trabajado con él o lo han conocido en alguna ocasión. «En la universidad le pedimos que condujera el funeral de Ricardo Pérez Amat [vicerrector y catedrático de Periodismo de la Universidad Rey Juan Carlos fallecido en 2018] y no solo se prestó sin dudar sino que medió para que Gabilondo enviara un vídeo de recuerdo». En los mismos términos hablan algunos colegas que firmaron el manifiesto #LaLibertadePreguntar.

Que entre los de su gremio tiene buena prensa se nota también en que no son pocos los que dice que su fallos son en muchas ocasiones culpa de quien manda en él: Iván Redondo, asesor de Sánchez para todo. Hacia él apuntaron todos los dedos esta semana tras conocerse el acuerdo con EH Bildu que ha provocado el malestar no ya de la prensa sino de miembros del Gobierno como la vicepresidenta, Nadia Calviño.

Pero que Redondo mande y Oliver esté más de una vez a expensas de su poder, no quiere decir que él no lo tenga. Además de controlar los equipos de comunicación de todos los ministerios, ha estado detrás de momentos tan decisivos como la exhumación de Francisco Franco. No solo fue el encargado de guionizar la ceremonia junto a Félix Bolaños, secretario general de presidencia, sino que la idea de difundir un vídeo haciendo un ensayo fue suya: cinco minutos que algunos medios tacharon de propaganda, sobre todo por estar el Gobierno en funciones. También en esas imágenes aparecía Oliver ante las cámaras organizando y dando instrucciones.

Su idea del periodismo
«Cuantos más filtros ponemos, más lejana e inaccesible ponemos la realidad», decía Oliver en 2015. ¿Ha cambiado mucho lo que piensa del oficio que ejerció durante 30 años ahora que presta servicios en el lado que antes debía fiscalizar? En esa entrevista, cuando aún era editor del telenoticias de Cuatro, se expresaba así sobre las presiones que sufren los informadores: «Yo lo asumo con naturalidad. (…) Nosotros formamos parte de empresas que tienen una determinada línea editorial y es el empresario o la empresaria quien asume su sacrificio y esfuerzo para poner en marcha una idea».

El entonces editor audiovisual seguía de esta manera: «Entonces llegas tú como un currito y dices: ‘No, yo es que tengo otra idea completamente contraria’. Y claro, ‘oiga, pues váyase usted a la empresa que sostiene la idea contraria’. Evidentemente tiene que haber un condicionamiento editorial o ideológico en función de a qué empresa sirvas.» Apuntaba a uno de los caballos de batalla de cualquier periodista. Por eso, lo que dijo no es chocante, lo es la flexibilidad con la que lo asumía y que aplicó al llegar al Gobierno.

Así lo demuestran las declaraciones de noviembre de 2019 –estando en funciones– en las que llamó «tertulianos» a los periodistas que cubren Moncloa. Lo hizo en el marco de unas charlas sobre periodismo: «No tiene nada que ver con la información. Tiene algo que ver con que cada uno tiene una cuota de protagonismo o activismo mediático», dijo y levantó ampollas, no solo por las palabras, también por el tono. En los 15 minutos que duró su intervención Oliver fue muy irónico al referirse a la necesidad «insaciable» que tienen los periodistas de interrogar.

También cuando a continuación, y para poner a los asistentes un ejemplo de mala praxis periodística, aludió a una información publicada por un digital irrelevante que genera contenidos que nunca llevan firma. De ese modo, Oliver colocaba a los profesionales de la información y las noticias en el mismo saco de las webs inidentificables y los bulos, algo que también hacen políticos como Santiago Abascal. La diferencia es que Oliver es periodista.

«Está fallando en la coordinación y en la información», dijo Gabilondo en la COPE esta semana indicando cuáles eran para él los errores del Gobierno en esta crisis y señalando sin nombrarla a la secretaria que dirige su excompañero de emisora. Gabilondo no ha contestado a la petición de entrevista de esta revista para hablar de Oliver. Pero en 2015, el mismo año que el discípulo se refería a él como «la estrella polar», el veterano locutor señalaba en una conferencia en la Univesidad de Barcelona algunos males del oficio. Acabó con este: «El periodista es un enviado especial de la sociedad al control del poder. No un enviado especial del poder al control de la sociedad como en demasiadas veces en la idas y vueltas del periodismo ha terminado por ocurrir», expuso aludiendo a un viaje del que Oliver ya anunció en la polémica charla que tiene intención de regresar.

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