José María García, cuarenta años de bomba informativa



José Maria García

Teledeporte dedicó su «Conexión Vintange» a José María García. Volvimos a ver a Óscar, el legendario perro de Pablo Porta, y Paco Grande recordó sus «correividiles» y «abrazafarolas».
El riesgo con García es quedarse en eso, en el locutor para quien los equipos eran «transatlánticos del fútbol mundial»; los restaurantes, «emporios gastronómicos» y los saludos, «cordiales». Era la forma en la que envolvía una ciencia del periodismo.
Bobby Deglané consideró que García, con su tono de flauta, no servía para la radio y lo recomendó al diario «Pueblo». En pleno franquismo se podía hacer periodismo y de Emilio Romero aprendió la forma: rigor envuelto en sensacionalismo, noticia envuelta en show. Una noticia contrastada y algo más: el interpelado, el poder. La vieja definición: noticia es lo que alguien no quiere que se publique, lo demás es publicidad. Buscaba, como Quijote o como un boxeador aspirante, un poderoso contra el que medirse, lo que en lenguaje deportivo era «el dirigente»: ministros de Franco, presidentes federativos, Núñez, Mendoza y hasta Bernabéu. Y cuando los deportistas se le desmandaron, Perico y la Quinta.

Periodista primero, deportivo después. En la Olimpiada de México vio que estallaba Mayo del 68 y se acercó a una tal Oriana Fallaci diciéndole «soy un piccolo giornalista». El 23-F le pilló en el médico y se fue directo al Palace, y cuando en Valencia se desbordó la presa de Tous mandó a Gaspar Rosety al «epicentro de la noticia».
En el deporte, García pasó de reportero estrella a creador. En el boxeo empezó revelando los tongos alrededor de Urtain, en el futbol inventó «el partido de la jornada» metiéndose en los banquillos, y en el ciclismo convirtió la etapa en un espectáculo radiofónico con «unidades móviles motorizadas» y cronometradores al grito de «¡Top!». Delgado se lo reconoció al biógrafo Ferrer Molina: «En carrera era Dios. Dios con el carácter del Butano».
Tras el Mundial 82 y dejar la SER hubiera preferido la información generalista, pero la llamada de Martín Ferrand le mantuvo en el deporte. Una FM con cuatro postes iba a convertirse en la radio de una generación. Los transistores de FM se agotaron y cuando Antena 3 superó a la SER, la compraron. Prisa se quedó su archivo y el «Antenicidio» marcó su obsesión por competir con el «Imperio del Monopolio». COPE, Onda Cero después. El PP no construía un sistema de medios para equilibrar España, sino un multimedia de taquígrafos. Florentino y Aznar son los últimos molinos de García, que un día se fue sin despedirse. Tan improbable es su vuelta como su despedida.
En su programa destituían en directo a un entrenador o se arreglaba la huelga de Iberia y solo faltó que se le pusiera el Papa. Nunca más nos interesó la Ley de Patrocinio. García se extralimitaba, dicen, pero en eso consistía. «Los periodistas no tenemos poder ejecutivo, no lo tenemos». Su carrera fue elevar el periodismo hasta mirar a los ojos al poderoso. Ahora, en España, al poder se le mira más abajo. «Estamos preñados de propagandistas», le dijo a Grande. Da pudor imaginar lo que pensará del panorama.

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