Ignatius Farray (SER): “Algún día terminará La Vida Moderna”

Ignatius Farray

Ignatius Farray (Granadilla de Abona, Tenerife, 1973) es un humorista inclasificable. Su estilo pasa por llevar las bromas a los extremos más delirantes. Y esta extravagancia lo ha situado como uno de los cómicos más exitoso. Es uno de los conductores del programa de radio La Vida Moderna, tiene una serie en Comedy Central, triunfa en los programas de Movistar+ y ahora vuelve a su formato preferido, el stand up, en el Espai Rambleta en Valencia. Un lugar que le da mucho juego en sus monólogos, salpicados de expresiones recurrentes como fascismo del bueno que podrían herir la sensibilidad de jueces que para él “no están a la altura de la gente”. La justicia y los medios “han tratado a la gente como niños y como tontos (…) y no se dan cuenta de que la gente está muy por encima de ellos”, explica por teléfono alguien para quien normas como la Ley Mordaza han convertido este país en “un caramelo humorístico”.

P – Vuelves a Valencia, ¿te vas a llevar a alguien de aquí para las cárceles de Modernia –país imaginario del programa de radio La Vida Moderna–?
R – Jajaja, sí, Valencia es la cuna del fascismo del bueno. Ahí empezó todo. Hay que meterse en la boca del lobo, si queremos exterminar el mal hay que venir a Valencia, erradicarlo de raíz. Me siento muy cómodo ahí. De hecho la primera vez que como programa salimos del estudio fue a La Rambleta y nos fue tan bien que nos venimos arriba. Ahí nació la gira de La Vida Moderna.
Además la gente ya me conoce y sabe que hay muchas partes de improvisación y viene con una actitud muy participativa. El show se basa en la complicidad con el público, hablo de temas delicados que a lo mejor en otro contexto quedaría muy desagradable y la complicidad lo hace avanzar.

P – Has dicho “temas delicados”. ¿De verdad hay temas delicados para ti?
R – Todos, todos los temas son delicados. Yo intento no ser superficial, no tomarme las cosas a la ligera. Creo que hay temas más delicados que otros, pero los más delicados exigen un chiste a la altura, tiene que ser un buen chiste. Porque si tratas un tema delicado con un chiste simplón no funciona. Hay límites para la comedia. Se puede hablar de cualquier tema, pero no se puede hablar de cualquier manera para hacer comedia.

P – Justo una de las cosas que te caracteriza es que parece que no tengas límites…
R – Sí, ya sé que esa es la imagen que se tiene de mi, pero yo puedo meter la pata y derrapar muchas veces, pero después siento muchos remordimientos, lo paso muy mal. Soy muy consciente de que existen límites para la comedia. Por eso es un arte, porque no todo vale. Lo bonito es caminar en ese alambre, haciendo esa especie de equilibrismo. Se puede hacer comedia más estándar, más convencional, pero ahí traicionas el espíritu de la comedia. El público te da el privilegio y, también el deber, de pasarte de la raya.

P – ¿Cuando te has caído del alambre?
R – Constantemente, últimamente me pasa menos, porqué a lo mejor la gente me concede más margen y después de tantos años, tu también aprendes a medir. Pero al principio me estrellaba contra un muro una y otra vez, y acababa la actuación siendo consciente de que había metido la pata y me sentía mal.
Por ejemplo le he dicho cosas muy íntimas a personas que en ese momento no me estaban dando la confianza necesaria para hablar del tema, o yo he perdido los nervios al ver que la actuación estaba saliendo mal y entonces me he puesto agresivo. La gente nota esa agresividad y no es bonito. Demuestra mis carencias como cómico. Nunca he conseguido ser el cómico guay que me imaginé. He sobrevivido como he podido.

P – ¿Cómo sería ese cómico guay?
R – Yo pensé que podría ser un cómico que mantuviera cierto ritmo en la actuación, esa dignidad de guardar un poco las formas, jeje, llevar las riendas de la estructura del show, dominar ese estilo, digamos… Eso es lo que estaba en mi fantasía. Pero cuando me subí al escenario me di cuenta rápidamente que no iba a ser así, sino que me esperaba un camino de histeria, de nervios y de ansiedad. Y he intentado mantenerme a flote como he podido. La histeria me ha podido, me pone muy nervioso el escenario. Pienso que soy una persona muy ensimismada a la que le pagan dinero para estar fuera de sí.
Eso crea una tensión con mi propia manera de ser, soy una persona muy tímida pero en el escenario me tengo que venir arriba. Y a veces me puede la histeria y no sé dominar la situación y acabo pasándome de la ralla y para mal. Tengo la suerte que la gente me ha perdonado muchas cosas, me ha dado mucho margen. Pero eso no quiere decir que yo esté feliz con ese estilo. Es mi estilo a pesar de lo que yo haya podido imaginarme. Al final tienes que tener los pies en la tierra y darte cuenta que no das para más, de tus limitaciones.

P – Algunas de tus idas de olla se han convertido en tu estilo, por ejemplo eso de chupar los pezones a la gente…
R – Sí, hago virtud de mis errores. Por ejemplo, el grito sordo es un tic nervioso que tengo desde los 12 años, y por ansiedad, me salía cuando estaba arriba del escenario. No es una cosa premeditada pero al notar que la gente se ríe con eso, lo exploto y lo introduzco en el show. Chupar pezones, me imagino que al principio fue una ida de olla, me dio por ahí y al final la gente es tan amable que le ha encontrado la gracia a eso. Pero todo nace del descontrol y de la ansiedad.

P – ¿Cómo ha cambiado Ignatius de los escenarios alternativos a los grandes medios?
R – No tengo la sensación de haber rebajado la intensidad de mi show, al menos conscientemente. Creo que me toleran porque piensan que no soy un puto loco, que sí se puede confiar en mí, que, detrás de como me comporto en el escenario, hay otra persona. Pero yo no he tenido que pasar por el aro para abrirme paso.

P – De hecho La vida moderna es de lo más irreverente que podemos encontrar en la radio. ¿Aguantará?
R – Algún día terminará, como todo. De momento nos lo estamos pasando bien y cabalgamos la ola. No va a durar para siempre, pero lo estamos disfrutando y lo más bonito es que lo estamos haciendo a nuestra manera. No tenemos cortapisas de ningún tipo, somos nosotros quiénes marcamos el ritmo. Y sentimos el respaldo de la Cadena SER y también tiene un plus de tensión que la gente le llame la atención que lo hagamos en la puta SER, como decimos en el programa.

P – Por cierto, ¿como acabó aquella broma de tu historia de amor con Pepa Bueno?
R – Bueno, ya ves… Yo lo digo todo en serio. Me parece una mujer bellísima, una profesional increíble y la admiro. A partir de ahí ella ha pasado de mi como de la mierda, jajajajaja. Nos siguió el rollo y vino al programa, como también lo hace Iñaki Gabilondo. La verdad es que tenemos el respaldo de gente grande en la cadena y eso te da confianza también.

P – Sí, de hecho sólo te falta presentar la Nochevieja…
R – Jajajaja. Lo hice en un largometraje. Me invitaron para presentar las campanadas haciendo de Ramón García con mi capa y todo en una película basca, La noche del virgen. Así que al menos en la ficción ya lo he hecho, jajajajaja.

P – ¿Crees que Ignatius podría haber triunfado en España en una época sin redes sociales?
R – Cada época tiene su circunstancia. Faemino y Cansado, que para mi y todos los cómicos de mi generación son una inspiración, vivían en un mundo distinto al nuestro en los 80. Internet se empezó a notar con La hora Chanante que se emitía por una televisión por satélite y gracias al youtube se convirtió en un fenómeno de culto. La hora Chanante fue el buque insignia para nosotros. Ahora la gente ve La Vida Moderna más por youtube que en la radio y pasa un poco lo mismo. Somos conscientes que somos la excepción a la regla, no es normal que nos podamos comportar como lo hacemos en nuestro programa.

P – Y además en un momento de hipercorrección política…
R – Bueno, vivimos en un momento de todo. Hay mucha gente que se siente ofendida sin motivos y utiliza las redes sociales como un altavoz para sentirse protagonistas. Y esa ola choca con otra ola de gente que decide expresarse muy libremente por las redes y que tiene esa convicción. A veces se puede meter la pata, pero ese derecho debe prevalecer. Ambas visiones generan una tensión que gracias a la comedia se puede diluir. La comedia interpreta esa tensión y da una respuesta de alivio. Ese fenómeno marca nuestra época.

P – De hecho tú has tenido varios rifirrafes con algunas feministas por comentarios en redes.
R – Sí, sí ha sucedido. Yo no soy orgulloso, noto muy fácilmente cuando he metido la pata pero en este caso soy consciente que no le puedo gustar a todo el mundo. Sé que cuento con la complicidad de muchas mujeres que entienden mi manera de expresarme y otras a las que no les gusta para nada, y también me parece normal. Me dicen que soy sexista. Yo creo que no, intento ser desagradable con todo el mundo por igual. Aspiro a una ofensa que no discrimine a nadie.
Muchas mujeres me han entendido en ese sentido. Que el feminismo pueda hacer broma del feminismo. No significa que lo esté infravalorando, cuando el feminismo pueda reírse de si mismo será un paso adelante, se trascenderá. Hay feministas como Caitlin Moran (Cómo se hace una mujer, 2011) que incorporan la comedia y lo llaman la cuarta ola del feminismo. Yo tengo la ilusión de participar en esa ola.

P – Ahí estás hablando de la fuerza de la comedia…
R – La comedia es fuerza, es una energía, y para hacer un buen uso de esa fuerza ha de sevir para conciliar posturas. Cuando tú te puedes reír de algo tuyo es que estás por encima de eso. La comedia es un punto de vista muy maduro de las cosas. Viene cuando está stan seguro de algo que incluso puedes reírte de ello.
Pero en este país parece que no hay mucho sentido del humor, sobre todo entre los jueces.

P – ¿Te refieres a la gente presa por cantar o por chistes en twitter?
R – Los jueces no están a la altura del nivel que deberían, no entienden el contexto. Cuando un juez es alguien que justo debe darse cuenta de esas circunstancias. Lo que se ha demostrado es que la justicia ha menospreciado a la gente. Trata a la gente como niños y como tontos, igual que hacen los medios de comunicación en general. Y no se dan cuenta de que la gente está muy por encima de ellos. La gente se da cuenta cuando algo es una broma, cuando algo es permisible o no. Pero la justicia no, es descorazonador.

P – ¿Pero esto coarta de alguna manera la comedia?
R – Para un cómico esto es un caramelo. Somos tan inconscientes y tan ingenuos, que cuando nos ponen la raya tan clara, la tentación de pasarla es tremenda, porque eso significa ser cómico. No ser capaz de controlarte ante la raya. Lejos de atemorizarnos, es un estímulo.

P – ¿Presuponemos también que la gente tiene menos humor del que tiene? Pienso por ejemplo en el día que invitasteis a la diputada del PP catalán Andrea Levy…
R – Andrea Levy fue bastante guay en las circunstancias, porque no sabía donde se metía. Nosotros hacemos esa broma de “eso es fascismo del bueno” desde hace tiempo, y cuando ella entró en el estudio y empezamos a corearlo, nos dimos cuenta que para ella era la primera noticia de que nosotros hacíamos eso. Así que bastante nos aguantó.
Sí, presuponemos que la gente tiene menos humor, que hay ciertas fronteras y alguien como ella nos demuestra que no. Nosotros ponemos la comedia por encima de todo y tanto Andrea Levy como Raul Gay o Rita Maestre…, hay personas tanto de la derecha como de la izquierda que nos han entendido y eso para nosotros es un estímulo. No pretendemos ir contra nadie en concreto. Disparamos en todas direcciones.

Ignatius Farray actúa este sábado 12 de mayo a las 23h en el Espai Rambleta, en Valencia.

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