Crónica de la fiesta de Ttan Ttakun Irratia

De un tiempo a esta parte, Donostia Kultura ha relegado el grueso de su oferta musical de pequeño formato a Intxaurrondo. Por eso resulta gozoso regresar de ciento en viento a la Sala Gazteszena, más céntrica, de inmejorable acústica y con mayor solera. Medio millar de personas asistieron el sábado a la tradicional fiesta de Ttan Ttakun Irratia, la primera cita rockera de enjundia del año y una inmejorable forma de arrostrar la ominosa cuesta de enero.
A medianoche, el garito recordaba al tiempo en que Jareño fue gaztetxe hace tres décadas. Los integrantes de Bamms prefirieron no subir al escenario y tocaron a ras de suelo, con el público a medio palmo de distancia. El joven quinteto hernaniarra entró a degüello con una ración de punk-rock sudoroso lleno de rabia y ‘punch’. Sonaron inéditas como ‘My Dose’ y versiones como ‘Long Way To Go’ (Alice Cooper) o ‘Ain’t Gonna Take It’ (Tom Robinson Band), aunque casi todo fueron temas de su maqueta: ‘Gettin Ready’, ‘Parasite On Me’, ‘Bidai ilunak’, ‘I’ll Never Trust On You’… La energía fue tal que parecía la última actuación de la velada en vez de la primera.
Cada vez mejor engrasados y con un sonido verdaderamente robusto, los donostiarras Pelax protagonizaron una sesión de rock mastodóntico con trazas de folk, boogie y blues. Una tras otra cayeron piezas como ‘Turbio II’, ‘Dena delitua’, ‘Sua’, ‘Sugea’ o ‘Traba’, en las que lo mejor fueron las jams de un cuarteto cuyo sonido serpenteante crece hasta alcanzar cotas de intensidad bestial. Hubo guiños a Neil Young, Jimi Hendrix y otras leyendas, y en ‘Ebatzia’ Jon Agiriano (Rukula) sumó una tercera guitarra al akelarre que culminó con ‘Talka’ y ‘Turbio’. Unai Pelayo y sus secuaces jugaban en casa, Egia, y ganaron con holgura.
Rukula no se quedó atrás y trajo de su huerta de Usurbil una loca ensalada de música instrumental que también incluyó lechuga (stoner-rock), escarola (funk) y canónigos (metal), todo aliñado con aceite de calidad, vinagre acidísimo y mucha sal. Y es que la de Martxel Arkarazo y sus compañeros fue la función más osada y heterodoxa de la noche, con un irresistible punto experimental y bailable que convirtió la empinada cuesta de enero en un tobogán por el que el público se precipitó gustoso, cuesta abajo y sin frenos.
Curiosamente, el exceso de velocidad desenfrenada provocó el abrupto fin de fiesta. Era muy tarde, casi las cuatro de la mañana, cuando los veteranos Nuevo Catecismo Católico (NCC) encadenaban himnos como ‘Prefiero estar en el suelo’, ‘En llamas’ o ‘Generación perdida’. La banda de los hermanos Ibáñez, icono del punk-rock donostiarra, tocaba con la furia y eficacia habituales hasta que se produjo un visible rifirrafe entre algunos de sus miembros a cuenta del ritmo de la batería. Interrumpieron la actuación, se retiraron unos minutos a bastidores y regresaron con ‘No quiero obedecer’, ‘Soy un aberrante’, ‘Aquí llega Dios’ y ‘Detrás de tu mirada’. Pero la falta de entendimiento continuaba, se produjo un breve apagón y optaron por concluir la actuación sin tocar los dos últimos temas. Este hecho no debería empañar la impecable hoja de servicios de uno de los mejores combos europeos en su género: el rock and roll es así y hasta el mejor escribano echa un borrón.

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