Andrés Caparrós: «Ya soy un hombre mayor. Pero nunca seré viejo»



Andrés Caparrós

«De Almería, yo soy de Almería / me siento orgulloso de ser andaluz / qué bonicos los pueblos tan blancos / parecen palomas de paz y de luz / de paz y de luz / tierra mía te llevo en el alma / y en cada palabra que digo estás tú”. Así empieza el artículo publicado en Diario de Almería.

Muchas de las canciones que he escrito y grabado están impregnadas de añoranza. De una añoranza casi atroz que se me va por los ojos y la voz, me hace llorar a veces, recordando. Llevo vivo, audible en mi memoria el sonido de mis pasos cruzando el puente metálico de La Rambla: Plaza de Santa Rita, Méndez Núñez, Plaza de San Sebastián, Puerta de Purchena, calle de Las Tiendas, calle Gerona y, ¡por fin! Plaza de San Fernando. Noviembre de 1961, martes, de noche. La ciudad desierta, y un chaval de diecisiete años atravesándola como una saeta que tiene que llegar a la diana de las once en punto para decir con el corazón en la garganta… “El Mundo del Disco” María Rosa Granados y Fidel Felices en el locutorio, y José Miguel Fernández y Pedro Úbeda del Águila en el control de sonido. Los cuatro eran testigos cada martes de mi enloquecido afán por aprender el oficio. No sé si los demás creían que lo conseguiría. Pedro sí, desde el primer momento. Y fue mi maestro, severo a veces, el hermano mayor, el confesor y el confidente. En definitiva, el amparo de un adolescente que vivía solo en el “barrio de la brocha”, Pintor Rosales 18, 2B.

Han pasado sesenta años; pero cuando por la mañana bajo a mi estudio juro que cada peldaño de la escalera es un pequeño trecho de aquel itinerario de mi galopada nocturna de los martes. Y a las siete de la mañana digo “¡Avante toda!” con el mismo temblor de aquel “El Mundo del Disco”.

Las cosas no son lo que parecen. En realidad, así, corriendo desesperadamente y de punta a punta, empezaba a ingresar en la universidad de las palabras. Palabras que, como nos dijo Matías Prat Cañete – ¿verdad Alberto? – “acaso intrínsecamente no valen nada; o mejor, sin acaso: no valen nada. Es una lástima que las palabras no sean un sentido como la vista, el oído o el tacto. Lástima, porque si lo fueran yo les sentiría a ustedes tantas veces como ustedes me siente a mi”

Ya sé, parece una estupidez pretender que las palabras tengan su propio latido. Y sin embargo lo tienen. Su propio latido, su propio corazón.

Ya soy un hombre mayor. Pero nunca seré viejo. No mientras la voz, más abierta y menos clara que entonces, me sirva y os sirva.

Dejo escrito aquí para que lo atienda quien pueda y quiera, mi deseo ferviente de volver a Almería con una frecuencia de radio escuela cuyo indicativo sería Radio PÚA – Pedro Úbeda del Águila.

Porque en cada palabra que he dicho y digo están Almería y él. Así será mientras yo vida, mientras el mundo gira.

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