Carlos Alsina recuerda la «historia de amor» con la radio de Fernando Ónega en un conmovedor monólogo: «El director de directores era él»

Carlos Alsina

4.3.2026.- El director de Más de uno ha despedido al histórico periodista que ha fallecido este martes a los 78 años y entre otras muchas responsabilidades fue director general de Onda Cero.

Hoy la historia que podría contarles duraría seis horas, o doce, o todo el día. Porque es la historia de una vida y de un amor. La vida, muy fecunda, muy dichosa, muy laboriosa, se terminó ayer. Era la vida de Fernando Ónega. Y su historia de amor, la que yo puedo contar, no es la del mayor amor de su vida -porque el mayor amor de su vida fue su familia, Ángela, Cristina, Sonsoles, Fernando (que sigue siendo el pequeño aunque pequeño ya no es)-, sino que es la historia -la que yo puedo contar- de su segundo mayor amor, que fue la radio.

Ónega me relativizaría esto porque él era muy de relativizar algunas cosas y me diría que fueron varios los amores: el periodismo, la libertad, Galicia (no me olvido de Galicia, hermano mayor de la cofradía de los gallegos afincados en Madrid), no me olvido de España -el amor por la convivencia en España-, pero, querido Fernando, en el fondo tú sabes que era la radio lo que latía (o te latía) cada minuto ahí dentro.

Te era tan necesaria, era tan tuya, que con permiso de Sonsoles y de Cristina me atrevo a decir que la radio fue tu tercera hija y que, como hija que fue, te dio grandísimas alegrías y unos cuantos disgustos. Ganan por goleada las alegrías a los contratiempos, pero algunos de los contratiempos… fueron tela.

Ónega habló cada día en este micrófono, incluso varias veces al día. Y Ónega escribió para la radio cada mañana y cada tarde. Escribió mucho. Escribió tanto que habríamos de ponernos ya a la tarea de reunir todos aquellos folios y darles nueva vida para que no se pierdan.

Fernando nunca fue un nostálgico pero siempre fue un cultivador celoso de la memoria. La memoria como escuela y la memoria como prevención para no cometer los errores, los abandonos y los atropellos que otros cometieron antes que nosotros.

Esta historia de amor, con una parte de la radio que en España somos nosotros, Onda Cero, comenzó en el año 91, treinta de septiembre, con una carta. Ónega, el escribidor de cartas.

El escribidor que luego fue director general, o sea, director de todos en esta radio. Encargado de templar gaitas -eso sí que fue un desafío- en aquella temporada en que aquí se juntaron personalidades tan firmes, y tan celosas de lo suyo, como Del Olmo y García.

Y ocupado en enseñar radio a quienes entonces empezaban con el procedimiento revolucionario de abrir los ojos y dar ejemplo, sin lecciones magistrales ni cátedras ni púlpitos ni nada, porque nada de todo eso necesitó nunca Ónega, por más que bromeara, y bromeáramos, con la manía que nos había entrado a todos de dar sermones. Lo de Fernando lo habría llamado Amón magisterio atmosférico. El que no se ve, pero se respira. El que no se hace notar, pero se percibe. Se percibe en la obra de los discípulos.

La historia de amor de Ónega con la radio (y en concreto con ésta, la nuestra) empezó en el año 91 y no se terminó ya nunca. Siguió ejerciendo siempre de enamorado. También cuando se despidió de este micrófono hace ahora tres años: dejó el micrófono pero permaneció a ese otro lado, es decir, a nuestro lado.

No me perdonaría Fernando Ónega que siguiera hablando de él sin contarles ya la actualidad de este nuevo día. Y como recordábamos anoche con Rafa en La Brújula, programa que bautizó él, aunque Fernando siempre tenía la deferencia de tratar al conductor del programa en el que entraba como director -buenos días, director-, el director de directores era él.

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