Se cumplen 30 años de la publicación del poemario ‘Agenda’ de José Hierro (ex RNE)



José Hierro

Álvaro Romero lo destaca desde El Correo de Andalucía: A José Hierro del Real, madrileño de nacimiento pero cántabro de espíritu, infancia y juventud, se le complicó la vida cuando terminó la Guerra Civil. Con solo 17 años, fue encarcelado por pertenecer a una “organización de ayuda a los presos políticos”, uno de los cuales era su padre, Joaquín Hierro, funcionario de Telégrafos que el día del alzamiento interceptó el cable con que la Capitanía militar de Burgos quería sublevar a la guarnición de Santander. Cuando el poeta fue liberado en enero de 1944, ya era poeta aunque probablemente no lo supiera. Apenas tres años después, dejó testimonio en carne propia con sus dos primeros poemarios, Tierra sin nosotros y Alegría, y algunos poemas que han pasado a la posteridad como emblemas líricos de aquellos difíciles años del tremendismo desde el trasluz de la temporalidad, el hondo asunto de toda la poética de este escritor también a rachas que siempre consideró que la poesía sopla donde y cuando quiere, como el amor, y que, como Bécquer, solo escribía cuando no podía hacer otra cosa.

Sus poemas, siempre escritos en el bar de enfrente, le iban surgiendo “al hilo del vivir”. “Duerme. Ya tienes en tus manos / el azul de la noche inmensa. / No hay más que sombra. Arriba, luna. / Peter Pan por las alamedas. / Sobre ciervos de lomo verde / la niña ciega. / Ya tú eres hombre, ya te duermes, / mi amigo, ea…”, escribirá en “Canción de cuna para dormir a un preso”.

José Hierro no sospechaba aún –ni lo pretendía- que iba a ganar el Premio Adonais, el Premio de la Crítica, el Príncipe de Asturias, el Nacional de las Letras y aun el Premio Cervantes. Ni mucho menos que sería elegido miembro de la Real Academia Española, cuyo discurso de ingreso (sobre su admiradísimo Juan Ramón Jiménez) se resistió a pronunciar por tres humildes razones: porque él vestía de paisano y no con la pomposidad de los académicos, porque no era filólogo y porque no podía ocupar la silla de otro maestro al que él, según él, no merecía desatarle la correa de sus sandalias: Gerardo Diego. Sin embargo, salvo el ingreso en la RAE (porque murió al año siguiente, de un enfisema pulmonar) todo llegaría para un poeta que convirtió su propia agenda en un poemario escanciado densamente.

Precisamente este año se cumplen 30 de la publicación de un poemario suyo que marcó un antes y un después en su propia trayectoria. En 1991, cuando José Hierro publicó Agenda, llevaba desde 1964 sin publicar un solo verso. Y no por ello había dejado de ser poeta, sino todo lo contrario. El título surgió, como todo el libro, porque los textos había ido saliendo así, “igual que apuntas lo que tienes que hacer o lo que has hecho”, dijo entonces. Algunos de aquellos poemas habían surgido una década o dos atrás; otros eran del último mes. “A la poesía, como al amor, no se la puede forzar. A base de voluntarismo puedes escribir notas, o prosa, pero no poesía”, dijo alguna vez. “Es la diferencia entre salir a ligar o enamorarte”. Pepe Hierro era así, tal y como lo conocían sus compañeros de Radio Nacional de España, donde trabajó tantos años de guionista y hasta de locutor, o sus compañeros de mucho antes, porque Hierro desempeñó mil y un oficios pane lucrando y jamás se avergonzó de ellos. “Siempre he preferido lo que no tuviera relación con la literatura, y así, cuando salía a la calle me sentía libre para dedicarme a lo mío”, decía. Y escribía, maestro de los encabalgamientos: “Eres mi amor, Paula, mi amor, Paula. Clara quise decir. / Y cuánto tiempo, Paula, digo Clara, / sin ti y sin mí. Las diligencias / parten sin mí y sin ti”. Y más adelante: “Esa casa no es la que era. / En esta casa había antes / lagartijas, jarras, erizos, / pintores, nubes, madreselvas, / olas plegadas, amapolas / humo de hogueras… / (…) Qué pensarán cuando se sepan / olvidados de quienes fueron / la prueba de su juventud, / el signo de su eternidad, / el pararrayos de la muerte. / Esta casa no es la que era. / Compasivamente, en la noche, / sigue acunándonos”.

Tertulias, revistas, charlas: comunicación
Hierro, como todo poeta excelente, sufrió toda su vida la obsesión por comunicarse. Prefería llamar a sus conferencias “charlas”, porque solo así podía presentarse “sin papeles”. En Valencia, donde vivió nada más salir de la cárcel, participó en una tertulia literaria con Vicente Gaos y Angelina Gatell, entre muchos otros. Ejerció desde aquella época la crítica pictórica –le encantaban Vermeer y Velázquez- en diversos medios de comunicación, y estuvo a punto de dedicarse a pintar, pero prefirió hacerlo con palabras. En 1949, con solo dos poemarios publicados, se casó con María de los Ángeles Torres y fundó la revista Proel. No fue hasta cuando se instaló en Madrid cuando recuperó su carrera de escritor, aunque muy lentamente. Entretanto, trabajó en el CSIC y en la Editora Nacional, colaboró en revistas de mucho renombre como Espadaña, Garcilaso o Juventud creadora, y participó en los míticos congresos poéticos de Segovia (junio de 1952) y Salamanca (julio de 1953). En 1952 aparecería un poemario fundamental en su vida, Quinta del 42, una pica en la poesía social de la que también es representante: “Yo, José Hierro, un hombre / como hay muchos, tendido / esta tarde en mi cama, / volví a soñar”.

Ya para entonces sus poemas se dividían en reportajes o alucinaciones. Como habría de apuntar Francisco Umbral, “en las alucinaciones libera la palabra con toda su ala de belleza y luz, de conquistada verdad panteísta o cotidiana. En los reportajes cuenta en verso el caso de su madre que ya no ve al enhebrar la aguja, el caso del español anónimo muerto en inglés”. Se refería Umbral con esta última alusión al poema “Requiem”, de Cuanto sé de mí (1957), que empieza: “Manuel del Río, natural / de España, ha fallecido el sábado / 11 de mayo, a consecuencia / de un accidente. / Su cadáver / está tendido en D’Agostino / Funeral Home. Haskell. New Jersey”, y que termina: “Me he limitado / a reflejar aquí una esquela / de un periódico de New York. / Objetivamente. Sin vuelo / en el verso. Objetivamente. / Un español como millones / de españoles. No he dicho a nadie / que estuve a punto de llorar”.

Precisamente del Libro de las alucinaciones (1964), el último que había publicado hasta que 30 años después apareció Agenda, es el poema “Los andaluces”: “Decían: ‘Ojú, qué frío’; / no ‘Qué espantoso, tremendo, / injusto, inhumano frío’ / Resignadamente: ‘Ojú, / qué frío…’ Los andaluces. / En dónde habrían dejado / sus jacas; en dónde habrían / dejado su sol, su vino, / sus olivos, sus salinas. / En dónde habría dejado / su odio… Parecían hechos / de indiferencia, pobreza, / latigazo… ‘Ojú, qué frío”.

A José Hierro le gustaba viajar a ciudades para decidir si podría vivir o no en ellas, pero siempre con un límite: “No viajo donde no llegaron los romanos o sus descendientes”, dijo alguna vez. “Comprendo que la India, Japón, lo exótico, es interesante, pero no es lo mío”. Aunque también hizo algunos intentos con la novela y el cuento breve, los desechó todos. Lo lógico en alguien que podía llevarse años, sin prisas y sin envidias, para escribir un soneto como con el que remata su último libro, Cuaderno de Nueva York. Ahí se resume absolutamente todo, un testimonio de “Vida”, y un epitafio:

Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
supe que todo no era más que nada.

Grito ¡Todo!, y el eco dice ¡Nada!
Grito ¡Nada!, y el eco dice ¡Todo!
Ahora sé que la nada lo era todo.
y todo era ceniza de la nada.

No queda nada de lo que fue nada.
(Era ilusión lo que creía todo
y que, en definitiva, era la nada.)

Qué más da que la nada fuera nada
si más nada será, después de todo,
después de tanto todo para nada.

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