Luis Del Val (COPE): «Querida Radio: Gracias por estar ahí 24 horas al día»

Luis Del Val

Querida Radio: Te conocí de galena, cuando unos pelos de alambre rozaban una lágrima de cuarzo, y según la posición, sonaban voces dentro de unos auriculares que pesaban como cascos de acero. Parecía magia, o, mejor dicho, era magia, porque no hay nada más mágico que una voz humana saliendo de una limosna de mineral gris.

Después te hiciste grande, enchufada a la electricidad, con un cristal tras el que se paseaba el dial, y mis ojos, todavía infantiles, leían el nombre de ciudades que creí que no vería nunca, y me parecía que ese cristal era la ventana al mundo, o puede que fuera cierto, porque otro mundo de risas y de canciones salía de allí, mucho más risueño.

Querida Radio, te conocí por dentro muy temprano, a los dieciséis años, grabando un programa semanal sobre noticias juveniles en Radio Zaragoza, y desde entonces, con algunas intermitentes lejanía, siempre has estado en mi vida, y, gran parte de la mía la he pasado contigo.

Recuerdo cuando llegó la televisión, y los que trabajábamos en la radio éramos observados con la lástima con la que hace más de siglo y medio se miraba a los que conducían las diligencias, cuando aparecieron los primeros automóviles. Nos iba a devorar. Pero, al cabo del tiempo, la televisión lo que ha devorado, no ha sido a la radio, ni al teatro, sino a su hermana mayor, la Cinematografía, a la que cada año sustituye más a medida que las salas se cierran. Eso sí, querida Radio, cuando llegó la televisión te quitaron del salón para poner el televisor y te llevaron a la cocina. Ya eras de tamaño más pequeño, hasta que vinieron los transistores, conseguiste la autonomía de liberarte del cable y, hoy, eres tan diminuta que estás en los ordenadores, en los teléfonos, en los automóviles y hasta en los relojes. Y es, precisamente, esa pequeñez, la que te hace más grande.

Querida Radio, te conocí cuando Juanito Valderrama, en el espacio de discos dedicados, salía de España y volvía la cara llorando porque lo que más quería atrás se lo iba dejando, y cuando Matías Prats padre enseñaba geometría sobre los verdes campos del edén futbolístico o sobre el albero de las plazas de toros, donde suenan los clarines del valor y del miedo.

Y hoy, cada día, gracias a Radio Nacional de España, Cadena SER, Onda Cero, Cadena COPE, las emisoras sectoriales y el puñado de estaciones locales y autonómicas, toda España, de Costa a Costa -como le gustaba decir a Luis del Olmo- es un inmenso cuarto de estar, donde se ríe, se cuenta, se dan noticias, se chismorrea, se protesta, y hasta lanzamos al aire nuestra tristeza, cuando se ha marchado uno de los nuestros.

Cada día es un día de radio, porque a través de la Radio suena la vida, y el día que deje de recoger ese latido, dejará de ser tal como la conocimos, tal como la conocemos. Gracias por estar ahí 24 horas al día. Y felicidades, mi admirada, mi querida Radio.

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