La radio, otro modo de ver

Artículo de Guillermo Busutil en La Opinión de Málaga:
La radio ha cumplido voz en el aire. Todas las emisoras han soplado las velas de febrero festejando su día entre anécdotas y memoria, cada cual en vivo su programa reivindicando de la radio su edad de siglo y su cercanía en nuestros oídos. Su magia de ser intrusa en cualquier hogar y en medio de todo lo que podemos hacer sin tener que deteneros a escuchar la imagen conceptual de la palabra. Trabajar, conducir, preparar la comida, hacer el amor, estar a la fuga, despertarse del todo a favor o a la contra de la jornada política y bursátil –no juego a bolsa pero muchas veces así me confunden lo maltés de mi apellido-, incluso morirse hacia dentro clásica, María o en fuera de juego al límite. No hay labor, descanso, horario ni estado de ánimo, que no pueda ocupar la radio con todas las variantes de su lenguaje, de sus temáticas y la personalidad de sus voces. «Es usted como de la familia»- me dijo una vez una señora cuando en la sobremesa me colaba a través de la ventana de Onda Cero para contar cómo sonaba a esa hora Andalucía –las chicharras, la lengua lagartija de un riachuelo, la respiración ronca de un tractor cargado de campo, la lluvia alocada o el juego de los niños en un patio con sombras y risas- antes de convidarlos a una hora de cultura con escaleta de entrevistas, música, actualidad, reportajes, buscando el equilibrio entre el rigor informativo, la puesta en marcha de la imaginación del oyente, la credibilidad de lo narrado y la seducción al contarlo.

Es lo que debe tener todo buen programa de radio si se desea su éxito, que a su cita cada vez más personas sintonicen con su oferta o que otros se bajen los audios para escucharlos al menú de su tiempo. La calidad de sus contenidos, la espuma de su atmósfera, la piel de su música, la capacidad de su locutor para tomarle el pulso a las palabras, al convertir el silencio en personaje y hacer interesante para el oyente cualquier asunto y materia. Estilo y creatividad indispensables para que un programa sea una huella en la identidad cultural de nuestra manera de construir el paisaje mental de los acontecimientos, la reconciliación con nuestro ánimo y el diálogo con nuestra época y el envés de las cosas. Muchos son los que albergo en mi bitácora de oyente. Tiempos Modernos; Caravana de Hormigas; Con los ojos cerrados para leer oyendo de Fernando Argenta; Hora 25 con el gran Manolo Martín Ferrand; Carrusel deportivo, incombustible Pepe Domingo Castaño; Medianoche en busca de ovnis y escudriñando las estrellas con Antonio José Alés; Las mil y una donde Fernando Poblet leía poemas y me enseñó que todo entrevista ha de ser una conversación de estilo sencillo, personal y creativo a dos voces. El último gato del que Andrés Aberasturi decía que limitaba al norte con la ternura y el Cantábrico; al este con la luz, al oeste con la bruma, la nostalgia y la tolerancia y al sur, con el mismo mar y el estrecho de Gibraltar. Flor de pasión de Juan de Pablos; El loco de la colina, con los espléndidos guiones de Javier Salvago el mejor poeta negro con el alma a un vampiro para salvar a la familia y a sí mismo. Y mis primeras madrugadas de Radio 3 intentado ponerle rostro a Lola Calderón, a Guillermo Estrella, a Artemio Espada Clark, a Manuel Montano, a Ruiseñor-que-Duerme-en-la-Palma-de-mi-Mano y a la Muchacha de las sandalias doradas de aquel maravilloso Tris Tras Tres que dirigían Carlos Faraco y Fernando Luna, y a cuya sombra de sus dicciones de aventuras estaban José Luis Troyano, Eduardo McGregor y Lourdes Guerras entre otros. Cada noche lo esperaba después de grabar en casetes las mejores piezas de Jazz porque sí de Juan Claudio Cifuentes, frente a los apuntes de la carrera estudiando con mi amigo Montesinos y un flexo entre los dos, o con una copa de coñac en compañía femenina otras noches de Cortázar y con mi Antino Lauso felino negro, echándome una zarpa y un ronroneo en las conquistas de calle Loarte 10, buhardilla en Elvira.

A la voz sólo hay que ponerle atención, respeto y la distancia necesaria entre creer y soñar, me enseñó mi abuelo que sentaba mi primera infancia en su rodilla para escuchar junto a un viejo aparato de la República el Diario Hablado de España en blanco y negro, y más tarde, con oído clandestino Radio Pirenaica, atento, adusto, con una tristeza cabizbaja la punta de su cigarro arrugado de cenizas. Muchos años más tarde, cuando me había dejado solo después de enseñarme todo lo imprescindible para navegar por los libros, entender los mutismos, el coraje y la inteligencia de las mujeres, y del mundo las luces engañosas de sus focos, las promesas de cartón piedra, la dignidad y la ética en cada batalla, lo sentí cálido fantasma de la guarda aquella noche de los transistores en la que todos nos asomamos al vacío de la democracia asaltada a punta de pistola, y a cuyo abismo no hemos sabido cerrarle los odios, las mentiras, la violencia en todas sus armas.

Crecí con todas las radios de la radio. En el vientre de mi madre que cosía sueños de lana y en punto de arroz con aguja del 8 mientras escuchaba discos dedicados con la Luna de miel de Gloria Lasso; Di papa dónde está el buen Dios de José Luis Guardiola, y a Matilde Conesa, Juana Ginzo y el timbre grave y lento de Teófilo Martínez galán de los dramas sentimentales de Guillermo Sautier Casaseca. A su lado, erguida sobre la penumbra de la hora de la plancha, explicándome de los números sus más y sus menos, jugando con aquellas voces de fondo a las que no sabía dibujarles la edad, el gesto, la cara, exceptuando a Luis del Olmo que sonaba como era por dentro. Una vez, cuando trabajaba en una emisora donde hice de la cultura un programa de doce años en antena y en la que también hacía un conocido análisis de política que se llamaba La Puntilla, un taxista me preguntó a bordo de una carrera que si se trataba de mí porqué por la voz creía haberme reconocido. Al confirmárselo me respondió defraudado que por mi tono grave me había imaginado más mayor de edad, muy corpulento y de pelo blanco, y sin embargo era mucho más joven y poquita cosa. Entre risas le comenté que no sabía si tomármelo como un piropo o pedirle que parase el coche para bajarme. Cuánto se reía con esta anécdota Concha García Campoy, una de las grandes del medio de la que nunca se dejaba de aprender método, elegancia, emoción. Lo mismo que con Julia Otero o con Iñaki Gabilondo con el que siempre quise trabajar y aprender clase y serenidad. Igual que con Pepa Fernández, fantástica durante años los fines de semana de los que incomprensiblemente ha sido desplazada a otro tono y tempus de a diario. Es mujer la radio desde aquel 14 de noviembre de 1924 en el que desde el Hotel Colón de Barcelona, la estación EAJ-1 arrancó sus emisiones con la voz firme de María Sabater. A ella le siguieron otras profesionales de la talla de Josefina Carabias con su espacio La palabra.

Veinticuatro millones de personas escuchan cada día la radio en España. Sólo hay que sintonizar el dial o seguir las emisiones por streaming a través de la página web de cada medio. Cada cual a su manera contribuye al buen estado de salud de un medio del que se dijo que desaparecería ante el poder de la imagen de la televisión, y a finales del siglo pasado por el periodismo de internet a través del móvil. Ni una amenaza ni otra han conseguido que la radio se acalle al abrirse el torno de las calles y surgir las primeras inquietudes de la política; cuando la violencia golpea inesperadamente cobrándose la libertad de una mujer con el corazón magullado, o la muerte o la naturaleza hacen de los accidentes y del clima su propia selección de víctimas. Tampoco cuando las tardes apaciguan el ruido de las mañanas y las conversaciones echan raíces, ni al adentrarse la madrugada en el insomnio de los solitarios, en el trabajo noctívago en hospitales o en carreteras. La radio es entonces un taxi en mitad de ninguna parte al que uno puede subirse para escapar de sus vacíos o disfrutar de historias que tienen mucho de literatura y de hechizo. Amplio es el dial y larga la nómina de amigos y compañeros de cuyo trabajo disfruto en El Ojo Crítico, Historias de papel, Biblioteca Pública, El Marcapáginas, La estación azul, La Brújula, Cowboys de medianoche, nombres de oasis en mitad de la barahúnda y de la bruma, áreas de descanso en las autopistas del aire. A sus mundos pertenezco de trayectoria, voz y experiencia. Su inmediatez, su capacidad de entretenimiento y el sonido real en debate con los hechos siempre me acompañan como otro modo de ver las cosas.

Que bien estamos acompañados. Lo ha dicho la radio.

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