Iñaki Gabilondo (Cadena SER): «Estoy prácticamente despidiendo este tiempo que he dedicado a comentar la actualidad política»



Infolibre.es publica que para muchos españoles, Iñaki Gabilondo es la figura más relevante del periodismo en nuestro país. Sus opiniones diarias en la Cadena SER han sido durante años un referente ineludible para entender el devenir de la vida política. Mujeres y hombres de varias generaciones se sienten reconocidos en una bienhumorada frase: «Yo escucho a Iñaki Gabilondo para saber qué opino». Sus juicios personales, siempre directos, comprometidos e independientes, han servido de forma cotidiana para centrar el debate público en sus aspectos más trascendentes. A sus 78 años, declara que está ya más interesado en “escuchar a gente joven que tiene cosas nuevas que decir” que en oírse a sí mismo.

Mi proyecto vital
Me pilláis en un momento muy particular de mi larguísima vida profesional porque estoy ya prácticamente despidiendo este largo tiempo que he dedicado a comentar la actualidad política, de forma más o menos regular. Podríamos decir que esta conversación es a modo de repaso, porque voy a iniciar un tiempo distinto. Creo que ya estoy un poquito harto de oírme y creo que es necesario que pasemos de hablar a escuchar y vamos a empezar a dedicar especial atención a la gente más joven. A ver si el último tramo de mi vida lo puedo dedicar a eso. A escuchar a gente joven que tiene cosas nuevas que decir. Así que, ¡en ese momento me pillas! ¡Año nuevo y cambio de paso!

Asalto al Capitolio
Sentí tristeza, vergüenza y dolor. Que vaya a quedar para la historia la imagen de ese señor con un casco con cuernos de bisonte, una especie de vikingo despechugado o ese otro que se sienta en el despacho de Nancy Pelosi, profanando un lugar sagrado, no puede más que producir un verdadero dolor a cualquier persona, a cualquier demócrata en el mundo entero. Pero también nos debe conducir a reflexiones. La democracia es un valor muy importante, pero de una gran fragilidad si no se defiende. Esto es como andar en bicicleta, dejas de dar pedales y te caes. La democracia está demostrando hace mucho tiempo signos de flaqueza, de fragilidad. Necesita ser releída, reestudiada, reforzada.

Trump y el ‘trumpismo’
Trump siempre me pareció un fascista y un loco. Su locura hacía ocultar su fascismo. Su fascismo hacía ocultar su locura. Es un ser extraordinariamente peligroso, que siempre lo pareció y que nunca, sin embargo, fue tomado lo suficientemente en serio. Es difícil entender lo que ha pasado porque todavía no ha pasado. No sabemos ni cómo va a reaccionar Trump en los días que le quedan antes de dejarlo definitivamente el día 20. No sabemos cómo va a reaccionar el “Gran Viejo Partido Republicano”. No sabemos cómo va a reaccionar la propia sociedad, esa muchedumbre que le apoya pero no sabemos hasta qué punto es capaz de acompañarle en este delirio. Queda en el fondo un drama muy profundo, de una sociedad dividida, envenenada de una manera inexplicable que no sabemos a dónde pueden conducir. El trumpismo, como algunos ya dijimos, no era solo la causa de algo. Era también la consecuencia de algo. Era la persona en la que se sustancia algo que venía andando por detrás. No va a desaparecer aunque él desaparezca, si desaparece.

Populismos exacerbados
Hace mucho tiempo que se está jugando con fuego. Estos populismos exacerbados, esta extrema derecha enloquecida, este neofascismo rampante, que no sé por qué estamos siempre con miedo de decir las cosas como son y llamarlas por su nombre, está creciendo dirigido por gente con una enorme imprudencia. En los últimos años estamos asistiendo a movimientos políticos, alimentados por ese fondo de pensamiento fascista, ultraderechista, y otros no exactamente por ese mismo color, pero manejados por gente con una gran imprudencia que no está controlando lo que está haciendo. Que no está entendiendo los riesgos que corre lo que emprende. Como si de pronto el mundo estuviera sobre un fondo de base de populismo, ultraderechismo, semifascismo y además, dirigido por niños con una antorcha en una era. El problema está ahí.

Paralelismos con España
Algunos políticos en España han hecho paralelismos muy rápidos entre lo que ocurrió, el asalto al Capitolio, y los casos que se han dado en Cataluña o en Madrid, como las llamadas de «Rodea el Congreso». Se olvida el pequeño detalle de que en el caso de EEUU el que estaba incitando era el presidente de los Estados Unidos. Marcar ese paralelismo es sencillamente insensato, no tiene ningún sentido. Forma parte de las miserias en las que estamos teniendo que vivir demasiado a menudo, de las que yo ya estoy absolutamente harto, que no tienen en principio ningún sentido. Qué duda cabe de que cualquier llamada al buen juicio va a ser oportuna. A cuenta de lo que ha ocurrido en EEUU, todos debemos avanzar por el camino del buen juicio en todos los capítulos. Todos y cada uno de nosotros. Pero hacer paralelismos así, tan rápido, me parece una bobada y además se descubre muy claramente que tiene una intención demasiado oportunista y no viene a cuento.

La vacuna
No entiendo cómo de pronto a la gente le ha dado por convertirse en especialista en la materia para decidir si se vacunará o no. La relación con los médicos ha estado siempre basada en el principio de la confianza. Tú vas al médico, te receta y vas con lo que te ha recetado a la farmacia, compras y te lo aplicas sin que se te ocurra por un segundo dudar. Y cuando estás en el hospital, una enfermera viene y te pincha, otra te da una pastilla y tú haces todo lo que tienes que hacer sin la más mínima duda. De pronto, le da a la ciudadanía por convertirse en experta en la materia y decidir que esto me gusta, que esto no, que esto que me receta no me conviene… ¡Patético! Porque forma parte también del material con el que se juega la batalla política, porque si no tendría muy poco sentido esa discusión técnica respecto a ponerse o no la vacuna. Lo que sí se está demostrando es que la política tiene que empezar a dejarse de tonterías.

Disputas políticas
Estamos perdidos en una especie de fronda de discusiones y de contradiscusiones sin detenernos a mirar lo que debemos hacer para que las cosas funcionen. Miedo da imaginar cómo vamos a gestionar ahora toda la ayuda de los fondos europeos, que necesitan a su vez coordinación, orden, disciplina, sentido de la realidad, eficacia, etc. Estamos viviendo una política condicionada por muchos factores menos por el de la eficacia, que es el que finalmente llega a la ciudadanía. Y el colmo es con la vacuna. Que cuando llega la vacuna, esperadísima, la gran esperanza, la gran ilusión, se convierte también en otro elemento de la disputa y la discusión porque no sabemos qué hacer con ella o cómo hacerlo, y se utiliza también como arma arrojadiza. La política tiene que empezar a cambiar. Tiene que cambiar.

El Estado social
Un Estado moderno, si no es un Estado social no es un Estado. No es que no sea moderno, es que no es un Estado. Con la pandemia lo hemos comprobado. Un Estado, para serlo, tiene que tener un fuerte cimiento social. Tiene que tener una sanidad potente, unos servicios públicos serios y, a partir de ahí, podemos empezar a hablar. Tenemos que considerar preideológicos algunos asuntos que están todavía siendo ideológicos. El entendimiento de la salud, de la educación, de los servicios sociales como algo en lo que se disputa ideológicamente debe ser superado. Se puede disputar ideológicamente a partir de un cierto tramo, pero hay un suelo que no podría discutirse, el derecho a unos servicios sociales potentes.

La sociedad post-covid
¿Habremos aprendido algo o no? Algunos dicen: «Esto no se nos olvidará nunca». Otros dicen: «Esto se nos olvidará ipso facto, en cuanto tengamos la primera oportunidad de relajarnos y disfrutar». Se pueden poner en común muchas cosas. Cada cual las ve desde su posición, su ideología, su edad, su economía, pero tenemos que llegar a una conclusión compartida. No podemos seguir viviendo una relación equivocada con la naturaleza. Tenemos que ponernos en una dirección correcta con la naturaleza, con la ciencia y la investigación. Y tenemos que convenir todos a la vez en que un Estado sólo puede serlo y puede ser así llamado si acepta que tiene que tener una fuerte base social pública, sin la cual no puede llamarse Estado. Me gustaría que llegáramos a esa conclusión. Creo que va a haber una apariencia de que «no ha pasado nada» con un «ha pasado muchísimo», que iremos viendo poco a poco en multitud de campos.

Elecciones catalanas
Estamos ante unas elecciones que, en caso de celebrarse el 14 de febrero, presentan emociones en todos los capítulos. Ahora, parece que el PSC con Illa asoma colocándose en disputa por el primer o segundo puesto. A mí lo que me parece fundamental es que en Catalunya se cambie el chip de la sociedad. Cataluña vivió un delirio y se trata de ver si lo recoloca en un sitio razonable y coloca el sueño en el lugar de los sueños y regresan al terreno de las realidades donde habitan los seres humanos en su día a día. Cataluña tiene que entender que no puede seguir viviendo el delirio en el que vivió en 2017 y toda España tiene que entender que tenemos un problema que hemos de tratar de abordar, de mirar. Que no podemos tratar de convertirlo solamente en un problema. Los problemas no se prohíben. Los problemas se tienen que afrontar.

Oposición y Gobierno
Estamos aceptando todos en España con la más absoluta naturalidad que una oposición tiene por misión demoler todo lo que le rodea y eso me parece un verdadero error. Es una patología de la política. Un país no puede pretender vivir con el arrastre de medio país viviendo todos los días con el sueño de ver si se hunde todo lo que el Gobierno haga. Es absurdo. Es la depravación final de la democracia. Tienen que corregir el punto. Tiene que llegar a acuerdos, a entender que su posición y su sueño de la victoria no es, en modo alguno, contradictorio en cosas fundamentales y decisivas. El PP, que está en la oposición, tiene todo el legítimo derecho a soñar con la victoria, a ir tratando de oponer toda la resistencia que pueda a la acción del Gobierno, pero no puede interpretar que su papel consiste, sencillamente, en derribar todo lo que el Gobierno proponga porque eso es una degeneración de la democracia.

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