Diario Vasco dedica un artículo al dx-ismo

DX-istas

Casi se puede considerar una noticia en si misma el hecho que un medio escrito generalista, en este caso el Diario Vasco, haya dedicado un artículo a la afición del dx-ismo. José Antonio Guerrero ha indagado en el tema y lo ha explicado así a los que no lo conoician:

Aquella aparatosa radio de la abuela abría la puerta a la libertad en muchos hogares españoles de los años 60 y 70. Por su dial, ancho como el estuario un río, discurría un caudal de emisoras extranjeras de lo más evocador: París, Luxemburgo, Londres, Andorra, Roma, Lisboa… y otras más allá del Telón de Acero, desde donde se lanzaba por ejemplo, La Pirenaica, la más conocida de las radios clandestinas que los antifranquistas escuchaban en secreto en la España del dictador. Aquellas vetustas radios de válvulas son hoy piezas de coleccionista, y aunque muchos siguen buscando su espacio de libertad en las ondas, ya no lo hacen con el miedo metido en el cuerpo.

En plena era de internet, en la que es posible acceder a cualquier emisora del mundo desde el móvil, aún queda un puñado de gente aficionada a rastrear, sintonizar y escuchar radios de todos los rincones del planeta, utilizando equipos analógicos de lo más modestos. A esta insólita práctica se le llama diexismo, un nombre que suena a enfermedad rara pero que, con los tiempos que corren, goza de una salud razonable. Son pocos, pero muy entusiastas. El ‘palabro’ proviene de las letras D (distancia) y X (incógnita), di-ex en inglés. Castellanizando la expresión tenemos como resultado diexismo, es decir, la búsqueda e identificación de señales desconocidas que llegan desde la lejanía. Muchos diexistas son también radioaficionados, si bien los primeros sólo escuchan; no hablan ni se tratan de comunicar con nadie.

Escuchan, no hablan
«El diexista es aquel que escucha por el simple placer de captar transmisiones de radio lejanas, el radioaficionado debe disponer de un equipo distinto para poder comunicarse con otras personas», explica Alejandro Remeseiro, muy versado en una materia de la que ha hablado largo y tendido en Naukas, la mayor plataforma online de divulgación científica en español. A este traductor coruñés de 39 años licenciado en Historia y experto en lengua y cultura de Indonesia ya le tiraban, como se ve, las lenguas de países bien remotos. De hecho, por ahí llegó al diexismo. «Comencé en 1994. No tenía radios antiguas, pero sí un viejo casete Sanyo con cuatro bandas de radio (FM, AM, MW, y SW). No sé por qué, pero me gustaba escuchar voces en otros idiomas». Otros diexistas como el físico Pablo Rodríguez (Guadalajara, 35 años) entraron a través del cine. «La película ‘Contact’ espoleó mi imaginación infantil. Mis padres tenían una radio, y simplemente empecé a trastear con ella. Descubrí un botón con las siglas FM, AM, SW, MW y LW… no tenía ni idea de lo que era aquello, pero las señales que captaba en SW (shortwave, onda corta) eran las más extrañas e interesantes de todas». En ‘Contact’ (1997), Jodie Foster interpreta a una científica que rastrea transmisiones de radio con el objetivo de localizar señales de vida extraterrestre.

Ni Pablo, que trabaja como experto en computación científica en Ámsterdam y que en breve será doctor en matemática aplicada, ni Alejandro, han detectado nunca ruidos de procedencia alienígena, pero en sus años de batidas nocturnas por todo lo ancho del espectro radial han oído sonidos «que en mitad de la noche pueden acojonar bastante». Los más enigmáticos proceden de las llamadas estaciones numéricas como la UBV-76 o la S06, en las que una voz repite una extraña secuencia de cifras en lo que parecen ser mensajes codificados. También es conocido ‘el zumbador’, un corto, monótono y misterioso zumbido que, en muy contadas ocasiones, se interrumpe para dejar paso a un mensaje en ruso con números y palabras que parece dirigido a sus servicios de inteligencia. Este tipo de transmisiones, muy habituales durante los años de la Guerra Fría, han ido perdiendo relevancia, pero aún hoy sigue habiendo alguna operativa. «Cuando estás por la noche con tus auriculares puestos escuchando bandas de la onda corta y se te cruza una de estas estaciones con sus zumbidos y sus mensajes en clave, se te ponen los pelos de punta», ilustra Remeseiro.
El misterioso pájaro carpintero

Los diexistas más veteranos aún recuerdan la señal del ‘pájaro carpintero’ soviético, operativa desde 1976 a 1989, cuando desapareció con la caída del Muro y la desintegración de la URSS. Emitía desde Ucrania, que entonces formaba parte del gigante ruso, y martilleaba las ondas con un ‘cla-cla-cla-cla-cla’ que sonaba como un pájaro carpintero. «Hoy, en pleno siglo XXI, todavía te topas con alguna emisora que en un español con acento caribeño pronuncia una serie de letras sin sentido, y que parecen mensajes cifrados». Así lo cuenta Martín Estévez, de 62 años y jubilado de una empresa pública de aguas, que se enamoró del diexismo gracias a uno de esos viejos receptores de válvulas que ocupaban un lugar destacado en su casa de Puertollano, en Ciudad Real. «Era una Philips de sobremesa de los años 50 y me llamaba la atención ver en el dial nombres de ciudades extranjeras… ¿Pero estos países se pueden escuchar?, le pregunté un día a mi padre. Me dijo que probara a poner un cable por la antena y en ese instante se me abrió un fascinante mundo sonoro de idiomas que no conocí, con ruidos que iban y venían. Era 1972, tenía 15 años y así fue cómo me inicié en el diexismo». Martín mantiene viva su afición. Aunque conserva su vieja Philips, ahora peina las ondas con un receptor algo más moderno y con el mismo buen ánimo que cuando era un adolescente. Es consciente de que las nuevas tecnologías han reducido a los diexistas a un puñado de frikis, concretamente 648 en toda España, según las cifras oficiales de la Asociación Española de Radioescucha (AER). ¿Quién quiere buscar avanzada la noche un programa de radio de Guatemala teniendo internet? Pues, por ejemplo, él mismo, aunque en su casa lo miren como un bicho raro. «Esto me sigue apasionando. Me encanta quedarme hasta las tantas de la madrugada rastreando emisoras cada vez más débiles y lejanas. Esa es la esencia del diexismo. Hace poco logré escuchar Radio Verdad, de Chiquimula (Guatemala) y no sabes la satisfacción que te da cuando consigues localizar una emisora que está a miles de kilómetros. En este caso tuvo que ser de noche porque para obtener la mejor recepción posible conviene que tanto el lugar de transmisor como el del receptor se encuentren en zona oscura para que la onda rebote en la ionosfera sin ser absorbida por la luz solar», detalla.

Para Pablo Rodríguez, las tres uvedobles tampoco han restado un ápice de magia al asunto. «El diexismo ya tenía mucho de romanticismo antes de la era de internet. De hecho, yo empecé hace veinte años, coincidiendo con el boom de internet. Para mí, era una forma de introducir algo de magia en lo cotidiano, de acceder a un mundo de cierto exotismo sin necesidad de salir de casa», apunta el físico alcarreño, que, como su amigo Alejandro Remeseiro, también colabora en Naukas, donde mantiene el blog Fuga de cerebros.

Las emisoras que los diexistas persiguen provienen de todo el orbe. Muchas emiten en castellano, si bien es verdad que con la irrupción de internet se ha perdido la emisión en español de radios tan importantes como la BBC, Radio Moscú o La Voz de América. Aunque las condiciones atmosféricas influyen, con paciencia y perseverancia (y afinando el oído frente a ruidos e interferencias) se puede disfrutar de la sintonía de emisoras cuya señal puede tener su origen en las antípodas. Martín está particularmente orgulloso de haber dado, una de esas noches en blanco, con Radio Nacional Arcángel San Gabriel, que emite desde la base Esperanza, en la Antártida argentina. «Para un diexista esto es un gustazo, sé que es difícil de comprender, pero es así».

Tarjetas QSL, los ‘cromos’ de los diexistas
Hay diexistas que convierten su pasatiempo en un desafío que toma cuerpo con la recopilación de tarjetas QSL, otra de esas tradiciones encantadoramente anacrónicas de este mundillo. Los certificados QSL provienen de los primeros tiempos en los que las emisoras solicitaban a sus radioyentes, allá donde estuvieran, que les comunicasen por carta desde qué puntos del globo y con qué calidad les recibían. Ese informe de recepción debe indicar el día, las horas de inicio y fin de la escucha, la frecuencia de sintonía, la situación geográfica y el equipo receptor empleado. Los diexistas también pueden evaluar, puntuando de 1 a 5, la calidad de la recepción a través del código Sinpo, acrónimo en inglés de Strength (intensidad de la señal), Interference (la interferencia de otras emisoras o equipos eléctricos), Noise (el ruido o las interferencias de tipo natural), Propagation (las condiciones de la señal, incluyendo su desvanecimiento) y Overall (la apreciación en su conjunto de la recepción). Un Sinpo 55555 equivaldría a una recepción perfecta.

Como muestra de agradecimiento por tantas molestias, las emisoras suelen enviar a sus oyentes la tarjeta QSL, una especie de postal de verificación que los diexistas coleccionan como si fueran cromos. Al fin y al cabo son sus particulares ‘trofeos’ y cotizan en función de la rareza del emisor, es decir vale más una postal de Radio Nueva Zelanda Internacional que una de Radio Vaticano. En casi medio siglo de diexismo, Martín Estévez presume de una colección de 1.200 QSL procedentes de un centenar de países distintos, entre ellos Corea, Sudáfrica, Surinam y Canadá. «Las tarjetas QSL son como un ‘regalo’ que envía la emisora cuando recibe tus informes de recepción. Yo debo de tener más de cincuenta, pero creo que las perdí en la última mudanza, jejejeje. Me hizo muchísima ilusión la que recibí de Radio Praga en 1996 porque fue la primera estación que escuché. Recuerdo también las de Radio Taiwan, Radio Moscú y los calendarios de Radio Vaticano. La última que recibí fue de la NHK de Japón», dice Alejandro. Quién sabe si alguna de esas madrugadas a estos rastreadores de ondas hertzianas les llegará, como a Jodie Foster en ‘Contact’, una respuesta más allá de la ionosfera. «Sería un puntazo», concluye Martín.

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