15.9.2026.- Esther Mucientes escribe en elmundo.es que Jorge Bustos, Rafa Latorre y Aimar Bretos toman el relevo de una generación histórica con otra forma de competir en el ‘prime time’ de las ondas: «Nos felicitamos cuando al otro le sale bien, ojalá no perdamos nunca eso».
Hay algo en la fotografía que acompaña este reportaje que igual a algún lector le resulta insólito. Jorge Bustos, Rafa Latorre y Aimar Bretos están sentados alrededor de la misma mesa. Se ríen. Se interrumpen. Se lanzan alguna pulla. Se escuchan. Se elogian. Se conocen. Y, lo más extraño de todo, ninguno parece tener intención de degollar al de enfrente.
Dentro de tres meses, cuando se publique el próximo Estudio General de Medios (EGM), los tres querrán ganar. Los tres mirarán los números del otro. Los tres sabrán exactamente cuántos oyentes les separan. Los tres quieren ser los más escuchados. Pero hoy, apenas dos semanas después de haber arrancado una temporada que ha cambiado por completo las mañanas de la radio española, los tres rivales han aceptado sentarse juntos. No es una pose.
Bustos cuenta que Bretos le escribió después de un programa que le había salido especialmente bien y que aquel mensaje le hizo más ilusión porque llegaba precisamente de alguien situado en un espacio editorial distinto al suyo. Él hizo lo mismo antes del estreno de Aimar al frente de Hoy por Hoy.
«Ojalá no perderlo nunca», dice. Bustos pone nombre a esa relación: «Yo creo que hay un fair play muy sano en la radio ahora mismo».
Y ahí está posiblemente lo más interesante de esta fotografía. Porque los tres quieren ser los más escuchados. Nadie disimula la competencia. Pero antes de disputarse un oyente creen que existe una batalla más urgente: conseguir que esa persona escuche la radio. «Competimos entre nosotros, pero nos alegramos más de traer un oyente que no estaba en la radio y que caiga en cualquiera de nosotros», explica Latorre. «Es tan feroz el mercado de la atención que primero hay que traerlos a la radio y luego ya nos pelearemos por él».
El pasado 31 de agosto comenzó para ellos una temporada distinta. Aimar Bretos asumió Hoy por Hoy, el buque insignia de la Cadena SER, tras la más que comentada salida de Àngels Barceló; Rafa Latorre dejó las noches de La brújula para ponerse al frente del primer tramo de Más de uno, antes de Carlos Alsina; y Jorge Bustos arrancó un nuevo curso con un peso creciente en Herrera en COPE, junto a Carlos Herrera y Alberto Herrera.
Pertenecen a la misma generación y han aterrizado casi al mismo tiempo en un territorio que durante décadas pareció propiedad de voces eternas. Pero ninguno acepta del todo la idea de haber venido a sustituir a alguien. «No llegamos para relevar a nadie, sino para evolucionar», explica Bretos. Habla de Hoy por Hoy, un programa que cumple cuatro décadas y que seguirá existiendo cuando él ya no esté.
«Esto es una carrera de relevos. Yo lo acabo de tomar y lo soltaré en unos años. Y Hoy por Hoy me trascenderá, pero muchísimo». Lo contrario sería caer, dicen, en uno de los pecados de su generación: «El adanismo. Gente que se cree que viene a inventarlo todo». Los tres saben que se han subido a hombros de gigantes. Gabilondo, Del Olmo, Herrero, Herrera, Alsina, Francino, Pepa Bueno, Carlos Llamas…
En pocas profesiones se puede entrar en una fonoteca y escuchar literalmente a quienes construyeron el lugar que ahora ocupas. Y ellos no heredan ruinas. El último EGM dejó Hoy por Hoy con más de tres millones de oyentes y como líder de las mañanas; Herrera en COPE, como su gran perseguidor; y Más de uno, asentado entre los grandes programas radiofónicos con un crecimiento que otros para sí quisieran. Reciben marcas consolidadas, equipos enormes y, sobre todo, oyentes que llevan años acostumbrados a otras voces. Cuando algo está roto siempre queda la posibilidad de reconstruirlo. Cuando algo funciona, el primer desafío es no romperlo. Hubo un tiempo en el que la guerra de las ondas fue bastante más literal. Prácticamente con bayoneta. José María García y José Ramón de la Morena llevaron durante años su duelo por las noches deportivas hasta el terreno personal. Insultos, acusaciones y querellas formaban parte del espectáculo. Luis del Olmo, Encarna Sánchez, Antonio Herrero… La historia de la radio española está llena de gigantes, pero también de enfrentamientos que hoy parecen de otra época.
Ellos crecieron escuchando aquella radio. Y la recuerdan entre risas. «Se cruzaban unos insultos… Era una locura». Hasta «se citaban en duelo», exageran. Ésa no es la radio que quieren heredar. Lo que sí quieren heredar (y mantener) es su grandeza. Cuando se les pregunta qué hace mejor el rival, desaparece cualquier prevención. Latorre se define como «un poco molusco emocional» y admite que envidia de Bretos su capacidad para sacar lo que lleva dentro y convertirlo en conexión con el oyente. De Bustos destaca «un análisis finísimo», hasta definirlo como «uno de los bisturíes más precisos del periodismo». Bustos, subdirector de El Mundo, periodista de periódico antes que hombre de radio, mira a los otros desde el aprendiz que todavía considera ser. De Bretos admira «la técnica vocal», la modulación, haber entendido que «la opinión no va con la palabra, va con el tono». De Latorre, la naturalidad con la que consigue que un texto escrito deje de parecerlo cuando atraviesa el micrófono: «Que tu voz resbale sobre los guiones y parezca una conversación. Eso es la radio». Bustos va todavía más lejos: quiere robarles. «Las virtudes que veo en mis compañeros rivales quiero robárselas». Y también las de quienes estuvieron antes: escuchar a Antonio Herrero, bucear en la fonoteca, aprender la historia del medio.
Se considera «un converso tardío de la radio». Su vocación inicial era escribir. Ahora asegura: «Sólo pienso en la radio». Tal vez el relevo generacional sea exactamente eso. No que hayan cambiado los nombres, sino la forma de competir. Curiosamente, en el día que debía simbolizar ese cambio generacional no hubo demasiado tiempo para solemnidades. Latorre y Bustos estrenaron temporada en Ceuta. Y en el mismo Parador. La imagen tiene algo de anticipo de este encuentro: dos rivales desayunando juntos antes de marcharse cada uno a su emisora para empezar una nueva etapa. Latorre, columnista de este diario, durmió sorprendentemente bien. La actualidad lo había absorbido de tal manera que casi consiguió olvidarse de que al día siguiente estrenaba. Y encontró una ventaja inesperada: «Cuando haces tu primer programa en una playa en la que se está despertando gente encima del capó de un coche, el segundo programa es facilísimo». Bustos lo recuerda «supertranquilo» aquella mañana. Él también lo estaba. Llevaba horas reporteando, escuchando testimonios, viendo lo que ocurría en la ciudad. Además, tenía a los Herrera a su lado y un año de rodaje en el prime time radiofónico. El verdadero vértigo lo había sentido antes, un año antes. Lo compara con un futbolista convocado por primera vez con la selección española: pasas la noche imaginando la jugada que harás y, cuando llega el partido, nunca sucede como la habías ensayado.
Bretos tuvo un estreno diferente. Él estaba en el estudio y le esperaba la primera entrevista del curso al presidente del Gobierno. El arranque no podía acarrear más presión. Pero su primera frase al frente de Hoy por Hoy no fue política: «Ojalá pueda transmitirles la emoción que tengo ahora mismo y lo agradecido que me siento de saber que están ahí». Esa emoción que envidia Latorre. Casi se rompe. No era miedo, explica ahora. Era «un respeto casi reverencial» hacia un programa cuya historia conoce perfectamente. «No voy a decir esa frase si no la siento. Y la sentía tanto que casi se me quebró la voz», confiesa. Latorre había optado por todo lo contrario: «La mejor presentación es nuestro trabajo». No cree demasiado en las grandes proclamas. La radio no se conquista el primer día. Se conquista al siguiente. Y al siguiente… Hasta que una voz deja de ser nueva, se convierte en familiar y termina formando parte de la rutina de alguien.
«Es una carrera de fondo». Ahí está uno de los secretos de un medio que lleva décadas sobreviviendo a quienes anuncian su muerte. En televisión, un fracaso puede sentenciar un programa en días. La radio todavía concede algo que se ha convertido en un lujo: tiempo. Tiempo para que el oyente te conozca. Para convertirte en acompañante. Para conseguir que vuelva mañana. Bustos lo entendió en Ceuta cuando encontró a unas 200 personas esperando desde las 5.30 de la madrugada para vivir en directo el programa. Personas que habían puesto el despertador sólo para verlos hacer radio. Bretos recuerda otra clase de oyente: el que se acerca después de un programa y le cuenta que lo escuchaba durante las noches que pasó acompañando a su madre en un hospital. Ésa es la extraña intimidad de este medio. La televisión hace que la gente te conozca. La radio consigue que la gente crea que te conoce. Te hace suyo. Aunque para conseguirlo haya que levantarse a horas poco compatibles con la vida humana.
Entre los tres, los despertadores suenan a las 2.20 (la de Aimar), las 4.00 y las 4.05. «¿Lo tuyo es sadomasoquismo?», preguntan los no tan madrugadores. Ríe el trío. Lo harán mucho durante la charla. Hay que llegar, tomar café, leerlo todo, prepararse. Bustos lo ha elevado incluso a categoría filosófica: «Madrugar es una categoría moral». El prime time radiofónico obliga a vivir al revés. Acostarse cuando otros cenan y cruzar una ciudad vacía mientras duerme casi todo aquel que unas horas después estará escuchándote. Luego llega el directo. Y ahora, además, el directo tiene cámaras. La radio ya se ve. Los monólogos terminan troceados en TikTok o Instagram. Hay jóvenes que nunca escucharán tres horas de programa, pero sí consumirán sus vídeos. Bustos admite que antes del monólogo va al baño a comprobar si está compuesto». Una mancha en la camisa puede tener tanta o más circulación que una frase brillante. Pero la imagen no ha cambiado el misterio fundamental: la voz. «Eso es la radio», repite Bustos cuando habla de la naturalidad de Bretos. Porque el lenguaje escrito y el hablado son casi contrarios. Un texto repleto de metáforas puede funcionar en una columna y resultar insoportable al oído. «La gente apagaría el transistor». La radio tiene que parecer una conversación. Incluso cuando hay horas de trabajo detrás. También tiene que parecer fácil algo que no lo es: hablar cada mañana para millones de personas sin pensar demasiado en que son millones.
Cuando se les pregunta por la influencia, ninguno parece sentirse cómodo con la palabra. Tan siquiera quieren pensarlo porque, coinciden, «no podríamos con ello». Prefieren imaginar a una persona: un panadero trabajando de madrugada, un frutero, un barrendero, un marinero… Alguien que conduce hacia el trabajo. «Pensar en ministros, dirigentes o millones de oyentes puede paralizar. Pensar en una persona obliga a hablarle», afirman. La responsabilidad, sin embargo, existe. Sobre todo cuando la actualidad atropella.
El programa preparado puede desaparecer en segundos. Una noticia rompe la escaleta y todo acaba en la basura. Para Aimar Bretos, el objetivo es más sencillo y más difícil: «Poder volver dentro de seis meses al programa que hizo hoy y defenderlo. No tomar atajos». Los tres desconfían además de otra tentación generacional: creer que jamás se había trabajado con semejante intensidad. Los periodistas mayores se ríen cuando los escuchan. Los últimos años de Felipe González. El Sindicato del crimen. Barrionuevo. La liberación de Ortega Lara. El 11-S. «Ni la crispación empezó con nosotros ni el frenesí informativo tampoco», señala Latorre. Antes no llegaba una notificación al móvil. Salía un teletipo, alguien lo arrancaba y corría con él. El apagón les permitió viajar por unas horas hasta aquella radio. Cayeron internet, las pantallas y buena parte de las comunicaciones. Los programas preparados acabaron en la papelera. Las emisoras funcionaron con generadores mientras calculaban cuánto combustible quedaba. Y fuera aparecieron coches con las puertas abiertas y la radio a todo volumen. Vecinos reunidos alrededor de transistores. Pilas agotándose. «Somos las cucarachas», bromean. Puede caer todo. La radio sigue. Mucho más complicado es sobrevivir a las trincheras.
SER, COPE y Onda Cero tienen líneas editoriales distintas. Ellos también discrepan. Sus oyentes, por supuesto, también. El problema llega cuando la discrepancia exige enemigos. Latorre reconoce que él mismo ha tenido «un discurso demasiado apocalíptico» sobre la polarización. Una democracia, recuerda, no consiste en que todos estén de acuerdo. «La democracia no es el consenso, la sacralización del consenso, sino la gestión del conflicto, la convivencia entre distintos». Lo peligroso es perdonarle cualquier cosa al propio porque no es el otro. Y utilizar un micrófono para alimentar esa lógica. Preparando el 40 aniversario de Hoy por Hoy, Bretos encontró una entrevista a Iñaki Gabilondo de 1996. El titular parecía escrito para 2026: «La radio debería huir de las trincheras».
Treinta años después, Bretos lo hace suyo: «Deberíamos huir de las trincheras. O por lo menos no utilizar nuestros micrófonos para cavarlas». Eso no significa renunciar a las ideas. Todo lo contrario. Hay que defender aquello en lo que uno cree, sostiene, pero sin convertir el micrófono en una pala con la que profundizar la división. Bustos habla entonces del oyente que quiere sangre. El que termina una entrevista y reprocha al periodista que no haya «destrozado» al político. El que confunde dureza con gritos. La demanda de «gore». No piensan satisfacerla. Una entrevista puede ser mucho más incisiva desde la educación. La dureza periodística no está en los decibelios. Está en las preguntas. Y, sobre todo, en las repreguntas. Quizá por eso resulta tan significativa esta mesa. En un momento en el que parte del público exige elegir bando incluso para escuchar la radio, tres competidores pueden pensar distinto sin necesitar despreciarse. «Habrá alguno que no nos lo perdone», bromean.
Probablemente. Lo que no van a perdonarse ellos es perder oyentes. ¿Piensan en el EGM?
«Sí». «Mentiríamos si dijéramos que no», aseguran. «Cada uno de nosotros quiere ser el más escuchado. Esto es una premisa fundamental, casi contractual», dice Latorre. No hay falsa modestia. Quieren ganar. El EGM será imperfecto, pero sigue siendo la herramienta con la que se mide el medio. Y su llegada los convierte, bromea Latorre, en «dislocados emocionales»: una oleada te convence de que todo funciona; la siguiente te obliga a preguntarte qué has hecho mal. Los tres saben ya cuándo llega el próximo: 10 de diciembre. Para Bretos será el primer gran examen de Hoy por Hoy. Para Latorre, el de su nueva mañana. Bustos medirá hasta dónde llega su crecimiento en COPE. Ese día volverán a ser rivales. Como debe ser. Quizá su forma de entender la competencia tenga que ver también con la generación a la que pertenecen. Crecieron en un mundo analógico y trabajan en otro completamente distinto. Recuerdan una infancia sin smartphone, pero hoy hacen programas que también viven en TikTok. Pueden entender las preocupaciones del oyente de 65 años y saben que tienen que encontrar la manera de llegar al de 20.
«Somos un nexo». Un puente entre dos radios y dos mundos. Porque la gran pelea ya no es sólo SER contra COPE contra Onda Cero. Es la radio contra todo lo demás: Spotify, YouTube, Netflix, TikTok, un podcast, un videojuego, WhatsApp… Cualquier cosa capaz de quedarse con 10 minutos de atención. Los tres saben demasiado bien que ningún medio es inmortal. Latorre y Bustos compartieron años atrás ZoomNews, uno de aquellos proyectos nacidos en plena crisis del periodismo. Latorre fichó a Bustos después de que Manuel Jabois -al que ahora Bretos ha fichado y «ha conseguido que madrugue»- le hablase de un joven periodista que había dejado de ver firmar.
El proyecto quebró. Latorre llegó a pensar que no volvería a trabajar en los medios. Quiso montar un gimnasio de boxeo. Después, un bar. «Fíjate qué locutor se habría perdido», se ríen. «Lo sorprendente es estar vivo», les responde. Profesionalmente vivo. Bustos recuerda otra decisión. Vivía en un «cuchitril» en Huertas, sobrevivía como freelance y tenía problemas para pagar el alquiler cuando le ofrecieron convertirse en speechwriter de un político importante. Necesitaba el dinero. Dijo que no. Todavía quería cumplir un sueño mucho más pequeño que dirigir una mañana radiofónica: ser columnista de un gran periódico. «Año y medio después, Jabois se va a El País y a mí me llaman para El Mundo». Ninguno imaginó esta mesa. Al final se les propone que se miren en un espejo. Al otro lado está el chaval que eran a los 22 años. ¿Qué le dirían? Bretos lo tiene claro: «Dale, que va a ser muy bonito». Latorre tampoco querría pensar como pensaba entonces. Viajar, leer, conocer personas y vivir sirve precisamente para cambiar. Se ríe de quienes le reprochan no defender exactamente las mismas posiciones que hace 15 años. «Si pensara como a los 15 o 16 sería un ser humano inconstitucional andante».
Bustos mira las decisiones que pudieron llevarlo a otros lugares y concluye que alguna buena habrán tomado «para estar hoy aquí». Quizá también alguna dosis de azar. Un proyecto que cerró. Una oferta rechazada. Una llamada inesperada. Una radio que apareció cuando no estaba en los planes. Una buena dosis de talento. Y ahora, casi al mismo tiempo, los tres ocupan algunos de los micrófonos más importantes del país. Los nuevos reyes de las mañanas. Aunque ninguno se comporte demasiado como un rey. Hablan más de aprender que de mandar. Más de quienes estuvieron antes que de sí mismos. Más de lo que hace bien el rival que de sus defectos. Y mucho, muchísimo, de radio. El 10 de diciembre llegará el EGM y habrá un primero, un segundo y un tercero. Cada emisora celebrará lo suyo. Cada subida y cada caída se estudiarán al milímetro. Los tres quieren ganar, por supuesto. Pero dos semanas después de empezar la temporada dejan una fotografía más poderosa que cualquier dato de audiencia: tres rivales alrededor de una mesa. Uno envidia la voz del otro. Otro define al competidor con loas inesperadas. Otro quiere robarles sus virtudes. Se escriben cuando alguno hace un gran programa. Se escuchan todos los unos a los otros todos los días. Piensan diferente. Trabajan para empresas diferentes, con líneas editoriales diferentes. Quieren al mismo oyente. Y no necesitan odiarse. Ellos se felicitan cuando el rival hace un gran programa. Parece un detalle. Puede que ése sea precisamente el relevo.
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